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La odisea del empleo en Estados Unidos

La Gran Recesión ha puesto en entredicho la reputada flexibilidad del mercado laboral estadounidense. Por un lado, el salario real promedio se ha mantenido relativamente estable a pesar de la persistente debilidad de la actividad. Por otro, y más preocupante, la duración del paro y la languidez de la recuperación del empleo resultan inéditas, tanto en relación con crisis anteriores como en relación con otras economías avanzadas. Ante los últimos datos de empleo, certificando un práctico estancamiento del mercado laboral, la Reserva Federal ha optado por escalar el tono expansivo de su política monetaria con el objetivo explícito de reducir significativamente la tasa de desempleo. La efectividad real de tales medidas dependerá, sin embargo, de qué factores se esconden detrás de la anémica trayectoria del empleo. Este recuadro pretende arrojar algo de luz en torno a dicha cuestión.

Empecemos, pues, por el principio y remontémonos a la fase recesiva. Entre principios de 2007 y octubre de 2010, las pesimistas expectativas de crecimiento que siguieron al estallido de la burbuja subprime provocaron un fuerte ajuste de plantillas que acabó multiplicando el número de parados por dos, desde los 7,5 millones hasta los 15,4 y elevó la tasa de paro desde el 4,9% hasta el 10,1%. Por otra parte, la destrucción de empleo durante la fase recesiva del ciclo fue muy heterogénea entre los distintos estados. Dada la naturaleza de la crisis, dicha heterogeneidad aparece estrechamente vinculada a la severidad de la implosión inmobiliaria: aquellos estados cuyos precios de la vivienda registraron mayores caídas, también sufrieron un mayor deterioro del empleo. Mientras Texas o Luisiana, donde el precio de la vivienda cayó menos de un 15%, acumularon un retroceso del empleo inferior al 4% desde máximos precrisis a mínimos posrecesión, en California, Florida o Michigan, donde el precio de la vivienda se hundió más de un 40%, el empleo acumuló una caída superior al 8%.

El drástico y súbito ajuste de la ocupación durante la recesión y su marcada heterogeneidad interestatal contrasta con la languidez de la creación de empleo, generalizada en todo el país, durante la fase de recuperación. Esa languidez ha hecho que, a fecha de hoy, la tasa de desempleo se mantenga por encima de su nivel precrisis en todos los estados –incluso en aquellos donde ha crecido el empleo– y que el número de parados no haya bajado de 12,8 millones, una cifra que, además, ofrece una imagen excesivamente benigna de la situación real. En primer lugar, porque excluye los 8,1 millones de subempleados, trabajadores que querrían trabajar a jornada completa pero que lo hacen a tiempo parcial por razones económicas, y que también se han duplicado desde que empezó la crisis. En segundo lugar, porque se ha visto mitigada por la caída de la tasa de actividad –la proporción de personas mayores de 16 años que está en la población activa, ya sea trabajando o buscando trabajo–, del 66,4% de febrero de 2007 al 63,5% en agosto de 2012. De no ser por el declive de este periodo y con los niveles de empleo actuales, la tasa de paro podría haberse acercado al 11%.

Dicha caída de la tasa de actividad obedece, en parte, a factores estructurales, como el envejecimiento de la población o una propensión a alargar los años de estudios, pero, también a factores cíclicos, como el aumento del número de parados desanimados que han abandonado la población activa. A tal desánimo ha contribuido, sin duda, la mayor duración del desempleo, una tendencia que empezó con la recesión pero que se ha agravado durante la fase de recuperación a raíz de la lenta creación de empleo. Además, ese proceso se retroalimenta: la débil creación de empleo alarga la duración del desempleo, los desempleados de larga duración ven como sus habilidades se quedan obsoletas, ello dificulta su recolocación y demora aún más la recuperación del empleo. La persistencia de este círculo vicioso durante la crisis reciente ha hecho que la proporción de parados que llevan más de medio año sin empleo alcanzara el 40,0% en agosto de 2012, casi el doble que el máximo precrisis de 1982 (22,8%), a pesar de que durante ese episodio recesivo, la tasa de desempleo tocó techo en un nivel superior (10,8% versus 10,1%).

La mayor duración del desempleo refleja cambios en la medición, características demográficas de los desempleados y la disponibilidad de mayores beneficios de desempleo. Sin embargo, según estimaciones de la Reserva Federal de San Francisco, un 50% del incremento de la duración del desempleo respecto a la crisis de los años ochenta se atribuye a la severa destrucción de empleo durante la fase recesiva del ciclo combinado con la persistente debilidad de la demanda de trabajo. De hecho, la extraordinaria severidad de la destrucción de empleo durante la recesión explicaría, en parte, por qué Estados Unidos, aun acumulando un mayor crecimiento que la eurozona desde que empezó la crisis (3,9% versus –0,4%), acumula un deterioro similar en términos de desempleo: la tasa de paro se mantiene 3,4 puntos porcentuales por encima de su nivel precrisis versus los 3,5 en la eurozona.

De todos modos, lo que más preocupa hoy es la debilidad de la demanda de empleo desde que empezó la recuperación. Las principales hipótesis que se barajan con relación a qué frena esa demanda son: las restricciones de crédito típicas en un contexto de desapalancamiento privado tras el estallido de una burbuja financiera; el agotamiento de los estímulos fiscales; la mayor incertidumbre acerca de las perspectivas económicas de futuro, y un entorno de baja inflación que, combinada con las rigideces a la baja del salario nominal, reduce la capacidad de las empresas de ajustarse a las fluctuaciones de actividad vía salarios. Cabe anticipar que la inflación se mantendrá contenida y que la contracción en el ámbito fiscal proseguirá pero, en contrapartida, todo apunta a que la tendencia en términos de crédito e incertidumbre irá a mejor, corrigiendo lentamente el efecto cíclico sobre la demanda de empleo. De todos modos, dicho proceso se anticipa largo y tedioso: en julio de 2012, el empleo se mantiene un 3,5% por debajo del nivel precrisis (véase gráfico anterior) y, de continuar el promedio de creación de empleo de los últimos 12 meses, dicho nivel solo se recuperaría a finales de 2015, lo que supone una duración de nueve años, muy superior a los 2,3 de las crisis anteriores.

Un periodo tan largo de elevado desempleo no se vivía en Estados Unidos desde la Gran Depresión, lo que ha llevado a un sector de expertos a asociarlo no solo a efectos cíclicos sino también a cambios en la estructura de la economía que habrían mermado su potencial de crecimiento y aumentado la tasa de paro estructural, es decir la tasa de paro que no se disipará una vez retorne la normalidad en términos de crecimiento. En particular, hacen referencia a rigideces en el mercado laboral y a la discordancia entre habilidades de los trabajadores y los puestos de trabajo disponibles en un contexto de la reasignación de recursos en el sistema productivo tras el estallido de la burbuja inmobiliaria. Con todo, la evidencia empírica sugiere que el elevado y duradero nivel de desempleo se debe, fundamentalmente, a efectos cíclicos relacionados con la severidad de la recesión y a su agudo impacto sobre la demanda agregada: se estima que factores estructurales relacionados con rigideces del mercado laboral solo habrían aumentado la tasa de paro estructural en 1-1,5 puntos porcentuales, del 5% al 6%-6,5%, de los cuales solo 0,5 podrían atribuirse a la discordancia en habilidades y tenderían a diluirse en el tiempo.(1)

En definitiva, en términos de desempleo, esta crisis supera en amplitud y duración a las otras cinco fases recesivas que ha sufrido la economía norteamericana desde 1945 y la propia Fed espera que se mantenga por encima del 7% aun en 2014. Aun así, todo apunta a que la persistencia del desempleo se debe, principalmente, a factores cíclicos relacionados con la demanda y que la tasa estructural de desempleo se mantiene muy por debajo del 8,3% actual. Ello respalda la decisión de la Fed de dar luz verde a una nueva ronda de estímulos, ya que le da argumentos para defender que puede afectar el empleo sin generar excesivas presiones sobre precios. 

(1) Véase, por ejemplo, Williams, J.C. (2012), «The slow recovery: It's not just housing», Economic Letter 2012-2011, Federal Reserve of San Francisco.

Este recuadro ha sido elaborado por Marta Noguer y Jordi Singla

Departamento de Economía Internacional, Área de Estudios y Análisis Económico, "la Caixa"

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