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En la antesala de unas cruciales elecciones a la vuelta de este verano, parece oportuno reflexionar sobre Alemania, país clave de la zona del euro. ¿Qué factores críticos de su economía la convierten en referente y, al mismo tiempo, en fuente de controversia en toda Europa?

El Dossier de este mes examina las reformas laborales que abordó hace diez años, las fuentes de su potencial exportador y el papel que juega el país en la construcción europea. Se analiza también algo intangible, pero sin duda determinante: la cultura y sus instituciones, y en estas me quisiera centrar. En dos de las ideas centrales de la filosofía y las instituciones económicas de Alemania que merece la pena considerar.

La primera es la cultura de la estabilidad económica y financiera, tanto por lo que respecta al sector público como al sector privado. Estabilidad que significa oponerse a la generación de crecimiento económico gracias a la expansión de la demanda, y centrar los esfuerzos en promover la oferta y las mejoras de competitividad como fuentes de crecimiento sostenible de las rentas y el bienestar. Este principio comporta, naturalmente, fuertes restricciones sobre la capacidad de endeudamiento de las entidades públicas, pero se extiende al sector privado, fundamentando la creación de riqueza en el ahorro y los recursos generados internamente en las compañías.

La segunda idea central es la estrecha vinculación que siempre debe existir entre la responsabilidad asumida y el control ejercido, tanto a nivel de agentes económicos (familias, empresas, administraciones), como en las relaciones entre países. Esta es la filosofía que subyace detrás de la voluntad de Alemania de compartir riesgos entre los países de la zona del euro solo si antes ha habido corresponsabilidad en la toma de decisiones. Un principio de responsabilidad que es clave para el funcionamiento correcto de las economías de mercado. Un principio que trata de evitar que los agentes económicos tomen decisiones o asuman riesgos, y que luego puedan eludir las consecuencias en caso de no serles favorables. Un comportamiento que, por desgracia, ha sido común en la gran crisis financiera internacional.

No existe un sistema económico perfecto y, sin duda, la economía alemana y sus instituciones también tienen sus carencias; entre ellas, que no siempre esos principios se han respetado. Sin embargo, estas dos ideas que dominan la filosofía económica en Alemania explican en parte su éxito y su implantación en el conjunto de la unión económica y monetaria sería globalmente muy positiva. De hecho, la legislación que poco a poco está introduciendo la Unión Europea como respuesta a la crisis tiene, en gran medida, esta orientación.

Como todos los buenos principios, los de estabilidad y responsabilidad deben ser guía de la política económica, pero se deben aplicar con pragmatismo e inteligencia, atendiendo a las circunstancias concretas. ¿Qué significa esto en el marco de los problemas actuales de la zona del euro?

En primer lugar, que aunque es verdad que el crecimiento sostenible se fundamenta en mejoras de la oferta, la falta de un presupuesto federal europeo, como sí lo tiene EE. UU., aconseja una mejor coordinación presupuestaria entre los países miembros, y por tanto una actitud menos restrictiva en los países con menor deuda pública, como Alemania.

Y algo similar ocurre con la cuestión de la responsabilidad. Una crisis de endeudamiento como la actual exige que acreedores y deudores comprendan que navegan en el mismo barco, y que compartir riesgos y el coste del proceso de desendeudamiento puede beneficiar a ambas partes, sin que ello suponga necesariamente un quebrantamiento del principio de responsabilidad y control.

Jordi Gual

Economista Jefe

30 de junio de 2013

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