Compartir: 
También disponible:
Informe Mensual - Editorial

2014 se inicia con una nueva expansión del club del euro gracias a la incorporación de Letonia. Tras la entrada de Estonia en 2011, la inclusión de la última república báltica, Lituania, se espera para el 2015. Además, en 2013 el euro fue la moneda internacional que se apreció en mayor medida. En síntesis, a pesar de que la crisis de deuda soberana en la zona del euro dista de estar resuelta, el euro continúa siendo una moneda atractiva para los inversores internacionales y la unión monetaria sigue constituyendo un reclamo para los ciudadanos europeos.

Ciertamente, los problemas de gobernanza de la zona del euro se van encauzando. Sin embargo, la lentitud del progreso es a menudo exasperante. Además, en función de los resultados de las elecciones de mayo al Parlamento Europeo, no se pueden descartar retrocesos y el ritmo de crecimiento económico continúa débil. Para 2014 esperamos un alza del PIB del 1%.

Si nuevos países europeos quieren formar parte del club del euro, las razones deben buscarse más allá de la coyuntura económica y de las circunstancias cambiantes de la construcción institucional de la unión monetaria. Son razones de orden político, en el sentido más noble de la palabra, de estrategia de país a largo plazo.

El caso de las repúblicas bálticas ilustra a la perfección cómo en países con situaciones geoestratégicas complejas la adhesión al euro se fundamenta en argumentos muy básicos de política general. La entrada en el euro fortalece los vínculos políticos de estos países con la Unión Europea, reforzando su vocación de democracias liberales en el marco de la soberanía compartida que caracteriza al club europeo. Solidifica su alejamiento de la órbita del gigante político que sigue siendo la república rusa.

Junto con las razones geoestratégicas o vinculadas a la naturaleza del régimen político, un segundo factor que explica la atracción de la eurozona es de carácter interno. La decisión de adoptar el euro es, para cualquier país europeo con una trayectoria de moneda débil, un compromiso de cambio y modernización de las instituciones socioeconómicas. Vivir y competir en la unión económica y monetaria —especialmente si no hay, ni se las espera, transferencias fiscales entre zonas y la movilidad laboral es reducida— solo es posible si el país que se adhiere lleva a cabo una completa reforma de sus mercados y políticas para lograr dos grandes objetivos.

En primer lugar, la estabilidad financiera, en especial por lo que respecta al sector público, aunque la Gran Recesión nos ha recordado que también en el sector privado se pueden generar graves problemas de sobreendeudamiento. Y, en segundo lugar, el crecimiento económico equilibrado que genere convergencia en niveles de vida. Es decir, el acercamiento de las zonas menos ricas de la unión monetaria hacia los niveles de bienestar de las zonas avanzadas, basándose en una mejora más acelerada de la productividad y su traducción armónica en aumentos del nivel de vida que no erosionen la competitividad del país.

Los cambios sociales y políticos que exige pertenecer al euro no son sencillos. Como reconocía Mario Monti en septiembre de 2011, pocos meses antes de liderar una nueva fase de reformas en su país, el euro no solo trata de conseguir un área monetaria estable, sino algo mucho más importante y difícil: «inducir una profunda transformación no solo de las estructuras y políticas económicas, sino también de las instituciones y culturas que las determinan». Los países que se adhieren al euro —tanto sus líderes como el resto de ciudadanos— deben ser conscientes de la magnitud del reto.

Jordi Gual

Economista Jefe

31 de diciembre de 2013

Compartir: