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Arabia Saudí: importantes desafíos en el horizonteArabia Saudí: importantes desafíos en el horizonteArabia Saudí: importantes desafíos en el horizonte

Cuando el presidente Barack Obama visitó Arabia Saudí para entrevistarse con el rey Abdullah el pasado 28 de marzo, encontró una monarquía preocupada. El país árabe es el mayor productor mundial de petróleo (casi 10.000 millones de barriles diarios sobre un total de 90.000) y cuenta con unas reservas considerables. Este dominio le ha proporcionado durante muchos años el papel de regulador del precio global del crudo, lo que, unido a una alianza estratégica con EE. UU. que dura 80 años, daba estabilidad al régimen teocrático de la casa de Saud. Sin embargo, esta situación privilegiada está cambiando. La producción de shale oil and gas (petróleo y gas extraídos de las capas de esquisto con la técnica del fracking) es la causa principal de este cambio de panorama.

Precisamente EE. UU. es el país que lidera la producción no convencional de hidrocarburos, lo que reduce drásticamente su dependencia del petróleo importado. De hecho, podría superar a Arabia como primer productor mundial ya en 2017 y, arrebatarle, o al menos disputarle, la condición de regulador del precio del crudo. La revolución shale implica que la oferta de petróleo se está haciendo más abundante y más elástica, es decir, proporciona más capacidad para aumentar la producción ante incrementos de demanda, lo que conlleva una evolución más estable del precio del petróleo. Un precio del petróleo contenido y que oscile menos de lo que nos tenía acostumbrados es bueno para las economías avanzadas: el IPC general estará más en línea con el subyacente y los presupuestos familiares y empresariales soportarán una menor factura energética. Sin embargo, para los países de la península ará­­biga esto supone un gran inconveniente. Las arcas públicas de Arabia Saudí se han beneficiado durante años de la apreciación del crudo. Pero si el precio se estabiliza, los ingresos se estancarán y las cuentas se resentirán. Así, según el FMI, el saldo público de Arabia Saudí pasará de un superávit del 7,1% del PIB a un déficit del 2,2% en 2019, y el superávit corriente se reduciría del 15,8% al 9,9% del PIB. Con estas previsiones, la financiación del nivel de inversión deseado obligará a un notable esfuerzo de ahorro por parte del sector privado.

A los problemas económicos se añaden tres cuestiones geopolíticas. En primer lugar, la primavera árabe despertó un foco de inestabilidad (especialmente con la emergencia de grupos como los Hermanos Musulmanes en Egipto) que pone en peligro el papel de referencia de Arabia Saudí en el mundo suní. Un segundo problema es el Irán chií, que podría aumentar su producción de 2.800 millones de barriles diarios, además de limar asperezas con EE. UU. Esto supondría un cierto desplazamiento del centro de gravedad de la región hacia Irán. En tercer lugar está la cuestión de la compleja sucesión política. El rey Abdullah es nonagenario y el príncipe Salman, su sucesor oficial, tiene problemas de salud, motivo por el cual se ha situado al septuagenario príncipe Muqrin en la primera línea sucesoria, lo que supondrá un liderazgo incierto. En este contexto de desafíos, la diplomacia occidental tendrá que hilar muy fino en la península arábiga durante los próximos años.

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