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El otoño es una estación proclive a una cierta melancolía. Las horas de sol menguan con celeridad. Los árboles pierden sus hojas y, tras el paréntesis veraniego, a muchas personas les abruma el quehacer diario con sus afanes. Refugiarse en una actitud melancólica es siempre una tentación, y a menudo un riesgo, en esta época.

A la economía de la eurozona, tras sufrir dos recesiones en tan solo cuatro años, el verano no le ha sentado bien. La rentrée se presenta con serios avisos de melancolía, procedentes de los grandes países: Francia, Italia y también, aunque en menor medida, Alemania.

Es responsabilidad de los líderes políticos europeos no sucumbir a la tentación del abatimiento. Por un lado, el empeoramiento de la coyuntura en la eurozona ha tenido mucho que ver con factores geopolíticos, especialmente por la tensión con Rusia, pero cabe esperar que dichos factores tengan un carácter temporal. Por otra parte, los resultados de las elecciones al Europarlamento del pasado mes de mayo, junto con el alza de los partidos extremistas en diversos Estados miembros, han de constituir un toque a rebato para la Unión Europea y, muy en especial, para la eurozona. Al descontento cada vez más amplio de la población no se puede contraponer una actitud letárgica o continuista. Los líderes de las capitales europeas deben, junto con las nuevas autoridades comunitarias, protagonizar un verdadero cambio de rumbo en la política económica para dar respuesta a los formidables retos del momento. ¿Cuáles deben ser los ejes principales de esta nueva orientación?

En política presupuestaria, el debate sobre la austeridad se ha de matizar adecuadamente, acompasando el ritmo de reducción de los déficits públicos a los diferentes puntos de partida y niveles de deuda. De manera especial, los países con mayor holgura, como Alemania, han de contribuir al impulso de la demanda agregada del conjunto de la eurozona. Está en su interés, dado el nivel de integración económica existente y el gran peso relativo germano.

En el frente de las reformas estructurales, los países más rezagados son ahora Francia e Italia. La evidencia del éxito de las reformas en países como Irlanda y España (y, en menor medida, Portugal) debe ser un acicate para pasar de las palabras a los hechos.

Otro renglón en el que los esfuerzos deben ser inmediatos y atrevidos es el del mercado interior. Venciendo todas las resistencias proteccionistas que sea necesario, Europa debe integrar sus mercados de servicios, especialmente en el área de industrias reguladas como las telecomunicaciones o la energía. Esta es una política que mejoraría no solo la coyuntura, sino también el potencial a largo plazo de la economía europea.

Finalmente queda el ámbito financiero. En este apartado, el BCE ya ha ido gradualmente venciendo resistencias, con una política cada vez más osada que ha garantizado la integridad de la eurozona y ha tratado de recomponer el mecanismo de transmisión de los estímulos monetarios para que la liquidez llegue a las familias y las empresas. El avance de la Unión Bancaria y una gestión adecuada del examen en curso de la banca europea ayudarán en este empeño. Como se discute a fondo en el Dossier de este Informe Mensual, también contribuirá una estabilización de la política regulatoria, eliminando las incertidumbres que aún atenazan la toma de decisiones de los actores económicos.

El gurú del management recientemente fallecido, Warren Bennis, solía decir que un buen directivo ayuda a su equipo a llegar a su destino, mientras que un buen líder lo que hace es convencer a su gente de cuál debe ser ese destino. En la estación melancólica por excelencia, los ciudadanos europeos merecen que sus dirigentes no sean simples gestores de la compleja situación a la que nos enfrentamos, sino verdaderos líderes, para de este modo superar con éxito los enormes retos a los que se enfrenta la economía europea.

Jordi Gual

Economista Jefe

30 de septiembre de 2014

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