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La economía mundial navega con mar de fondo. La actividad global ha completado el primer semestre del año con un crecimiento dinámico, en cotas cercanas al 3,8% de 2017. Estas cifras positivas, que proceden de buenos registros tanto en las economías avanzadas como en las principales emergentes, contrastan con la intensificación de los riesgos bajistas, especialmente los de carácter geopolítico y comercial, y un cambio de tono en el entorno financiero. Por un lado, a lo largo del semestre, la Administración estadounidense ha tomado una orientación más beligerante en política exterior, con medidas como la reintroducción de sanciones económicas sobre Rusia e Irán o la amenaza de una guerra comercial con China y otros socios como la UE. De hecho, en junio, EE. UU. anunció una subida arancelaria sobre las importaciones chinas y activó los aranceles sobre las importaciones de acero y aluminio procedentes de la UE, México y Canadá (lo que provocó una represalia desde Europa, con subidas arancelarias sobre las importaciones estadounidenses). Aunque el impacto directo de todas estas medidas es pequeño (apenas afectan a un 1,5% de los flujos comerciales de bienes a nivel global), sus consecuencias pueden ser mucho más negativas si acaban afectando el sentimiento inversor y la confianza de los consumidores. En este mismo sentido, en los mercados financieros, los temores a un giro proteccionista a nivel global y las mayores tensiones geopolíticas han traído consigo un aumento de la aversión al riesgo y han desencadenado repuntes de volatilidad, con correcciones en las bolsas, incrementos de las primas de riesgo y depreciaciones de las divisas emergentes. Así, al fin del semestre, el entorno financiero de muy baja volatilidad de los últimos años parece que queda ya muy lejos.

La política monetaria se vuelve menos acomodaticia. El cambio de panorama financiero hacia un entorno más volátil no solo ha respondido a tensiones geopolíticas, sino que también es consecuencia del gradual endurecimiento de la política monetaria a nivel global. Concretamente, la mejora del escenario macroeconómico está permitiendo que la Reserva Federal de EE. UU. (Fed) reduzca sostenidamente el estímulo monetario, lo que empieza a tensionar las condiciones financieras domésticas e internacionales (las economías emergentes se han visto especialmente penalizadas por la renovada fortaleza del dólar). El pasado junio, la Fed dio continuidad a esta dinámica con un nuevo incremento de su tipo de interés de referencia (el segundo en lo que va de año), hasta llevarlo al intervalo 1,75%-2,00%. Además, presentó una visión muy positiva del escenario macroeconómico estadounidense con la que reiteró la intención de mantener el ritmo de subidas de tipos en los próximos trimestres. Efectivamente, los indicadores disponibles señalan que EE. UU. avanzó con fuerza en el primer semestre del año. Sin embargo, la economía tiene el reto de mantener un buen ritmo de crecimiento sin el apoyo de la política fiscal expansiva, que probablemente desaparecerá a mediados del año que viene.

Europa se afianza en la fase expansiva del ciclo. A diferencia de EE. UU., la eurozona se encuentra en una fase menos madura del ciclo y mantiene unas perspectivas positivas a pesar de un comienzo de año menos dinámico. En concreto, los factores de carácter temporal (meteorología adversa, huelgas y episodios de gripe anormalmente intensos en el norte de Europa), así como la volatilidad del sector exterior, tuvieron un papel clave en la desaceleración de los indicadores en los primeros meses del año. No obstante, la demanda interna exhibió un crecimiento más firme y refuerza la visión de que la eurozona se ha consolidado en la fase expansiva del ciclo. Precisamente, fruto de esta visión, el pasado junio, el Banco Central Europeo (BCE) anunció que en diciembre de 2018 pondrá fin a las compras netas de activos. Con todo, en los próximos trimestres, el BCE preservará unas condiciones financieras acomodaticias, al no modificar sus tipos de interés de referencia y mantenerse presente en los mercados a través de la reinversión del principal de los activos que vayan venciendo en su balance.

Portugal consolida su escenario positivo y la economía española cierra el semestre con buenos registros de actividad. Del mismo modo que en la eurozona, los factores temporales hicieron que la desaceleración del crecimiento en la primera mitad de 2018 también se notara en la economía portuguesa. Sin embargo, el consumo privado y la inversión siguieron avanzando sólidamente, lo que refleja la firmeza de fondo del escenario macroeconómico y el asentamiento de Portugal en la fase expansiva del ciclo económico. Por su parte, en España, los indicadores señalan que la actividad avanza con fuerza y, según el modelo de previsión del PIB de CaixaBank Research, en el 2T 2018 el crecimiento se habría situado en el 0,66% intertrimestral, prácticamente el mismo registro que en el 1T (0,7%). De cara a la segunda mitad del año, prevemos que el crecimiento se suavice de forma muy gradual a medida que algunos de los factores que lo han impulsado en los últimos años vayan perdiendo fuerza. No obstante, las condiciones financieras acomodaticias y las fortalezas internas de la economía española (firme creación de empleo, ganancias en competitividad exterior y progresos en la corrección de los desequilibrios macroeconómicos) seguirán sustentando un crecimiento robusto.

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