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Desigualdad y populismo: mitos y realidadesDesigualdad y populismo: mitos y realidades

Últimamente han corrido ríos de tinta sobre la relación entre la desigualdad económica y el auge de los populismos en los países avanzados. En muchos casos esta relación se ha dado por sentada, como si se tratara de un hecho incontrovertible que la desigualdad económica fuera la principal causa que explicase la irrupción de los partidos populistas. Sin embargo, dar por sentada esta relación puede ser prematuro. En este artículo se revisará la cuestión de si, realmente, la desigualdad es una de las causas del auge del populismo y, si es el caso, qué peso tiene dicha causa.

Si nos centramos en el primer aspecto, hay que decir que no es fácil hallar en la literatura económica artículos académicos que documenten con rigor una relación de causa-efecto entre desigualdad y populismo. La excepción son los artículos que han escrito, en 2016, los prestigiosos economistas David Autor, David Dorn, Gordon Hanson y Kaveh Majlesi centrándose en EE. UU.1 Sin embargo, ello contrasta con la ausencia de estudios similares que muestren dicha relación en el caso de Europa. Los citados autores muestran de manera convincente que es precisamente en aquellos distritos americanos con una exposición mayor a la competencia comercial con China donde se han elegido congresistas con ideologías más extremistas y donde el Partido Republicano ha aumentado significativamente su apoyo electoral en 2016 respecto al año 2000.

Junto a este conjunto de evidencia empírica, es relevante para el análisis de la relación causal entre desigualdad y populismo disponer de estudios que ayuden a entender cuáles son los efectos de la competencia con China en uno de los ámbitos clave que explica la evolución de la desigualdad, el del mercado laboral. Pues bien, existe una abundante literatura económica que documenta que las zonas más expuestas a la competencia comercial con China han padecido una destrucción de empleos superior y un mayor cierre de plantas industriales.2 De hecho, según un artículo reciente,3 este shock comercial provocó la pérdida de 1,98 millones de empleos entre 1999 y 2011, de los cuales 985.000 corresponderían a la industria manufacturera. Asimismo, según otro artículo de Autor, Dorn y Hanson,4 la competencia de las importaciones chinas explicaría una cuarta parte de los empleos destruidos en el sector manufacturero de los EE. UU.

Llegado a este punto, es importante matizar que, aunque estos hechos son importantes para mostrar la relación entre desigualdad y populismo, no se debe colegir de ellos que la integración comercial sea negativa ya que existe una profusa literatura que documenta el impacto positivo del comercio sobre la economía en su conjunto,5 aunque haya sectores económicos muy concretos que pueden verse perjudicados por una mayor integración comercial, como así ha ocurrido en EE. UU. Tampoco debemos olvidar que los factores preponderantes de la pérdida de peso del sector manufacturero son los cambios tecnológicos y de modelo productivo (véase el Dossier «Industria 4.0» en el IM11/2016).

Si pasamos a analizar por qué estos cambios en el mercado laboral han aumentado la desigualdad económica en EE. UU., hay que tener presente que la desigualdad en dicho país es un reflejo de la polarización laboral. Así, entre 1950 y 1980, la industria manufacturera permitió a muchos trabajadores americanos sin estudios de secundaria o universitarios acceder a la clase media. Ahora, el mercado laboral, con un peso preponderante de los servicios, arroja oportunidades laborales para otros perfiles de ocupación, en los que coexisten actividades de alto valor añadido con otras que no lo son. Como consecuencia, la clase asalariada, que anteriormente era más homogénea en términos de remuneración, ahora está más polarizada. Esto podría coadyuvar a explicar por qué el populismo ha eclosionado recientemente. Así, la clave radica en que la polarización laboral en estas últimas décadas ha traído consigo el empobrecimiento de parte de las clases medias, de modo que un grupo social numeroso ha visto cómo sus condiciones de vida y su estatus dentro de la sociedad empeoraban sensiblemente. Este fenómeno ha generado un malestar social que ha sido terreno abonado para propuestas políticas que defienden que se pueden reverdecer viejos laureles de forma rápida y sencilla.

Recapitulando el análisis hecho hasta ahora, la literatura sugiere que existe cierta relación causal entre desigualdad y populismo en EE. UU. y que, entre los distintos mecanismos que pueden darse, los estudios han explorado un canal concreto: el que va de la competencia internacional a la destrucción de empleo industrial, y de la caída de empleo del sector secundario al aumento de la desigualdad, para finalmente cerrar el círculo y constatar que en esos casos se da un avance de la polarización política.

Una vez validada la relación causal entre desigualdad y populismo en EE. UU., conviene estudiar su magnitud y analizar si la desigualdad es la fuente principal que alimenta la actual polarización política. En cuanto a la magnitud, esta no es especialmente elevada: en aquellos distritos electorales más expuestos a la competencia comercial con China, el apoyo electoral al Partido Republicano en 2016 ha sido 2,2 p. p. mayor que en aquellos distritos con poca competencia con China. A tenor de este dato, sería osado, e incluso temerario, aseverar que la desigualdad es el factor principal del que se nutre el populismo, especialmente cuando sabemos que hay otras variables económicas y financieras que también están latentes en el éxito de los movimientos populistas. Un ejemplo paradigmático son las crisis financieras: según un influyente artículo de los economistas alemanes Manuel Funke, Moritz Schularick y Christoph Trebesch, el apoyo electoral a partidos de extrema derecha ha aumentado un 30% tras las crisis financieras ocurridas entre 1870 y 2014 en los principales países desarrollados, lo cual representa una magnitud muy notable.6

Otro elemento que invita a la cautela es que existe una pujante corriente de opinión formada por diversos economistas y politólogos que defiende que los factores culturales son tan o más importantes que los económicos para explicar el auge del populismo. Los defensores de esta corriente consideran que el voto a partidos populistas responde al deseo por parte de algunas capas de la sociedad de preservar la homogeneidad cultural y ciertas actitudes sociales. En este sentido, los politólogos de Michigan y Harvard, Ronald Inglehart y Pippa Norris, muestran que en la Unión Europea son las variables culturales las que predicen con mayor precisión el apoyo a partidos populistas. En particular, el apoyo electoral a dichos partidos es mayor entre los mayores, los hombres, las personas con menos formación educativa y las mayorías étnicas. Por el contrario, no se obtienen resultados tan concluyentes para las variables económicas. Similares análisis llevados a cabo tras el brexit sugieren que los factores culturales y sociales tuvieron una gran importancia para explicar el resultado del referéndum, y ponen en tela de juicio que la desigualdad sea la causa principal del populismo. Así, por ejemplo, un estudio del think tank Nesta del Reino Unido muestra que estar a favor de la pena de muerte predice sensiblemente mejor que la renta o la clase social la probabilidad de votar a favor de salir de la Unión Europea, y una encuesta encargada por el profesor del Birkbeck College Eric Kaufmann indica que los partidarios del brexit estaban mucho más preocupados por la inmigración que por la desigualdad.

En definitiva, la desigualdad económica es un factor a tener en cuenta cuando se analizan las causas que subyacen en el alza de los populismos a nivel global. En el caso de EE. UU., han aparecido recientemente estudios académicos que utilizan técnicas econométricas fiables y muestran una relación causal. Con todo, la magnitud del impacto no parece excesivamente elevada y existen dudas razonables de que la desigualdad sea la causa predominante. Sea como fuere, está claro que el auge del populismo es un fenómeno muy relevante y que merece continuar ser estudiado en profundidad.

Javier Garcia-Arenas

Departamento de Macroeconomía, Área de Planificación Estratégica y Estudios, CaixaBank

1. Véase Autor, D., Dorn, D., Hanson, G. y Majlesi, K. (2016), «Importing Political Polarization? The Electoral Consequences of Rising Trade exposure» y «A Note on the Effect of Rising Trade Exposure on the 2016 Presidential Election», MIT Working Papers.

2. Véase, entre otros, Pierce, J. y Schott, P. (2016), «The Surprisingly Swift Decline of US Manufacturing Employment», American Economic Review.

3. Véase Acemoglu, D., Autor, D., Dorn, D., Hanson, G., y Price, B. (2016), «Import Competition and the Great US Employment Sag of the 2000s», Journal of Labor Economics, 34(S1).

4. Véase Autor, D., Dorn, D. y Hanson, G. (2013), «The China Syndrome: Local Labor Market Effects of Import Competition in the US», American Economic Review 103(6).

5. Véase, entre otros, Grossman, G. y Helpman, E. (1991), «Trade, Knowledge Spillovers, and Growth», European Economic Review 35, 517-526.

6. Véase Funke, M., Schularick, M. y Trebesch, C. (2015), «Going to Extremes: Politics after Financial Crises, 1870-2014», CEPR, Discussion Paper No. 10884.

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