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Deuda a ultralargo plazo: el árbol que oculta el bosqueDeuda a ultralargo plazo: el árbol que oculta el bosque

En los últimos meses, varios países europeos han emitido bonos a ultralargo plazo, es decir, con un vencimiento superior a 30 años. Desde principios de 2016, Francia, Bélgica y España han colocado títulos a 50 años mientras que Irlanda y Bélgica han emitido bonos a 100 años.

La emisión de bonos a ultralargo plazo no es una práctica nueva en el mercado de renta fija ni está reservada a los emisores soberanos: a principios de los años noventa, grandes empresas estadounidenses, como Disney o Coca-Cola, emitieron deuda a 100 años y más recientemente, Petrobras o la francesa EDF se unieron al club de los emisores de bonos centenarios. Sin embargo, desde mediados de los años 2000, ha habido un aumento significativo de este tipo de emisiones, cuyo número promedio anual pasó de cerca de 25 en los años noventa a más de 54 entre 2006 y 2015.

Desde el punto de vista del emisor, colocar referencias a muy largo plazo tiene una ventaja evidente: permite reducir el riesgo de refinanciación, al disminuir la proporción de deuda con un vencimiento a corto plazo. Además, en el contexto actual de rentabilidades en mínimos históricos y de primas de plazo muy reducidas (lo que se refleja en el aplanamiento de la curva de tipos de interés), la financiación a muy largo plazo supone para el emisor un coste adicional relativamente modesto. Por ejemplo, la colocación de bonos a 50 años por 3.000 millones de euros en mayo pasado por parte de España acarreó un coste (TIR) del 3,4% anual, solo 51 p. b. más que el coste de financiación a 30 años.

Desde el punto de vista del inversor, comprar un bono con un vencimiento que supera la esperanza de vida en los países más avanzados puede parecer, a priori, extraño. Pero la deuda a 50 o 100 años da más rentabilidad que los bonos a 30 sin que aumente de manera significativa el riesgo de tipo de interés, es decir, el riesgo que implica una variación de la TIR sobre el precio del bono. Esto se debe al menor impacto que tiene un cambio del tipo de interés sobre el precio de un bono de más de 30 años (véase el segundo gráfico). Así, ante un nivel de incertidumbre y un riesgo de tipo de interés similares, las referencias a ultralargo plazo poseen una rentabilidad más atractiva que las de 30 años.

La demanda reciente y relativamente elevada de estos bonos responde también a factores coyunturales. En un entorno de tipos muy bajos, alargar los plazos de una inversión es una de las estrategias para conseguir una mayor rentabilidad. Para algunos inversores, como las aseguradoras o los fondos de pensiones, por cuestiones regulatorias esta estrategia es preferible a invertir en deuda con menor calificación crediticia. Asimismo, el posicionamiento de los inversores que anticipan una posible ampliación del abanico de los bonos elegibles en los programas de compra de activos del BCE contribuye, aunque de forma probablemente marginal, a elevar la demanda de bonos con un plazo superior a 30 años.

La emisión de bonos a ultralargo plazo se enmarca dentro de una tendencia más general de alargamiento de los plazos de emisión de la deuda. Según el índice Bloomberg de los bonos soberanos de la eurozona, el promedio ponderado del vencimiento de los bonos de los países de la unión monetaria pasó de seis años y medio en 2010 a más de nueve en la actualidad. Y en otros segmentos del mercado de renta fija, como la deuda corporativa o la deuda emitida en dólares, también se observa el mismo patrón. La prolongación del entorno de tipos de interés muy bajos debería seguir apoyando estas tendencias, que incluso se podrían intensificar con el inicio de las compras de bonos corporativos del BCE a principios de junio.

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