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Desde el año 1990, se realiza periódicamente una encuesta a nivel mundial sobre valores (la World Values Survey) que permite identificar diferencias importantes entre países e incluso entre regiones. Una de las preguntas indaga sobre las cinco cualidades que los padres desean inculcar a sus hijos. Las respuestas en España y en Alemania son muy distintas: en uno de los dos países, los padres querrían que sus hijos fueran más bien independientes e imaginativos, mientras que, en el otro, preferirían que fueran obedientes y altruistas. ¿Se atreve el lector a adivinar cuál es cuál? ¿Y a pronosticar qué caracteres son más favorables para el crecimiento económico de un país?

Una importante corriente de investigación económica ha revelado una estrecha relación entre cultura y desempeño económico. A nivel microeconómico, por ejemplo, se ha observado una correspondencia entre diferencias culturales y participación laboral femenina o inversión en educación. A nivel macroeconómico, se ha comprobado que determinados rasgos culturales ayudan a explicar las diferencias en los niveles de renta entre distintos países o regiones. Guido Tabellini, por ejemplo, estima que las diferencias culturales entre Lombardía y el sur de Italia explican la mitad de la diferencia en sus niveles de vida(1).

Economistas, sociólogos y psicólogos han puesto el foco en cuatro grandes rasgos culturales que son relevantes para la economía: confianza mutua, respeto por el otro, individualismo y la convicción de que merece la pena esforzarse (lo que a menudo llamamos cultura del esfuerzo).

La confianza facilita el intercambio o el comercio entre desconocidos así como la elaboración de contratos en un contexto de información incompleta. Alguien de naturaleza desconfiada será más reticente a firmar un contrato si no puede prever todas las posibles contingencias que puedan presentarse a futuro. De la misma forma, alguien que tiende a desconfiar será más cauto a la hora de realizar compras por Internet. Las relaciones económicas fluidas requieren de una cierta dosis de confianza. En jerga económica, la falta de confianza y el miedo a verse engañado aumenta los costes de transacción fuera del ámbito más próximo y familiar, reduciendo las ganancias potenciales de la división del trabajo y del comercio.

El respeto hacia otros miembros de una comunidad, ligado a la tolerancia, también facilita el intercambio con desconocidos y tiende a disminuir la incidencia de comportamientos oportunistas. En este sentido, respeto y confianza son dos valores que se retroalimentan. Además, el respeto se asocia a la apreciación por lo que es público y compartido, lo que facilita la provisión de bienes públicos y tiende a disminuir la incidencia del nepotismo y la corrupción entre los administradores públicos.

El individualismo, entendido como el atrevimiento a tomar decisiones por uno mismo, se asocia al emprendimiento y la innovación. Las culturas que, por el contrario, enfatizan la obediencia y desconfían de la capacidad del individuo para tomar decisiones tienden a reprimir la iniciativa individual. Una empresa y, por extensión, un país exitoso fomenta la creatividad del individuo, mejora su capacidad para tomar decisiones autónomamente y entiende, como dijo Thomas J. Watson, presidente de IBM durante más de 40 años, que «el camino hacia el éxito consiste en duplicar tu tasa de error».

Por último, la cultura del esfuerzo está relacionada con la convicción personal de que uno es dueño de su futuro, de que el esfuerzo personal es la clave para conseguir objetivos. En una cultura en la que se valore el esfuerzo, las personas tenderán a invertir más, trabajar más y mejor, innovar y emprender. Si una persona cree, por el contrario, que lo que consiga será más bien el fruto de la suerte o de la arbitrariedad, caerá en la pasividad.

Una corriente de investigación, complementaria más que alternativa a la anterior, enfatiza la importancia de las instituciones, más que de la cultura, como determinantes del éxito o el fracaso económico. Numerosos estudios han confirmado que aquellas instituciones que protegen la propiedad privada, ofrecen seguridad jurídica, garantizan la estabilidad macroeconómica, fomentan la competencia y el comercio exterior, y facilitan la flexibilidad en la asignación de recursos son buenas para el crecimiento económico. ¿Cuáles son estas instituciones? Destacan un entorno regulatorio estable y favorable a la competencia, un buen sistema judicial, un banco central independiente, unas administraciones públicas que mantienen el déficit bajo control y un mercado laboral flexible.

(1) Guido Tabellini, 2010. «Culture and Institutions: Economic Development in the Regions of Europe», Journal of the European Economic Association, MIT Press. Vol. 8 (4), pp. 677-71.

¿Es entonces una cuestión de cultura o de instituciones? La evidencia no es concluyente aunque apunta hacia una mayor importancia de las instituciones. Es probable que, en ausencia de unas instituciones sólidas, la cultura tenga una influencia más relevante sobre el crecimiento económico, funcionando como un entramado de instituciones informales, pero que a medida que las instituciones formales se van desarrollando, estas suplan parte del rol que cumplía la cultura. En la práctica, los países con trazos culturales que favorecen el crecimiento también acostumbran a contar con buenas instituciones formales (véanse tablas anteriores), lo que dificulta la identificación de los efectos independientes de estas dos variables sobre el crecimiento.

En cualquier caso, cultura e instituciones interactúan a varios niveles. La cultura influye en el diseño y en el modo de funcionamiento de las instituciones (el sistema judicial italiano es el mismo en todo el país, pero un proceso judicial se demora mucho más en el sur que en el norte). De igual modo, las instituciones influyen sobre la cultura o los valores de la sociedad. Por ejemplo, un banco central preocupado en mantener una tasa de inflación baja y estable facilita la formación de una cultura del ahorro. Dicha cultura difícilmente puede arraigar en un entorno con una tasa de inflación alta y volátil.

Instituciones y cultura tienen ambas mucha inercia. No cabe duda, sin embargo, que la cultura, mucha más. Implantar un cambio cultural a corto plazo es seguramente imposible (o claramente indeseable si pensamos en intentos como el de la Revolución Cultural en China). Por el contrario, importar instituciones que sabemos que funcionan razonablemente bien en muchos otros países es plausible, quizás adaptando su diseño a nuestra cultura. Aunque sería iluso esperar que funcionaran exactamente igual de bien que en otros lugares, una mejora de las instituciones favorecería sin duda el potencial de crecimiento. Finalmente, volviendo a la pregunta del inicio: ¿intuye el lector ahora quién es quién?

Enric Fernández

Departamento de Análisis Económico, Área de Estudios y Análisis Económico, "la Caixa"

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