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A menudo, las políticas públicas que persiguen reducir la pobreza y la desigualdad se enfrentan a un dilema entre equidad y eficiencia. Una buena política educativa, sin embargo, tiene un amplio potencial para mejorar la productividad de la fuerza laboral y, a la vez, promover la movilidad social mediante la igualación de las oportunidades educativas en la infancia. Ello la convierte en una potente palanca de transformación social, si no la más importante.

Para aprovechar todo este potencial, el sistema educativo debe ser de calidad. Especialmente en un momento como el actual, en el que debe adaptarse a una revolución digital que está transformando el sistema productivo y, con ello, las competencias y habilidades demandadas en el mercado laboral. Es importante qué, cómo y cuándo se enseña.

El sistema educativo del siglo XXI no puede enseñar lo mismo que el del siglo pasado. Sobre todo, debe enseñar a aprender. En este sentido, multitud de estudios han subrayado la importancia no solo de las competencias cognitivas, como el lenguaje, la comunicación, el procesamiento de la información, las matemáticas o la lógica, sino también de las habilidades no cognitivas (los llamados soft skills), como la capacidad de concentración y planificación, la perseverancia, el autocontrol o las relaciones interpersonales. Se tienen que transmitir conocimientos, pero también fórmulas para trabajar, organizarse y aprender. Y también valores.

En relación con la mejor manera de enseñar, el cómo, existen varios mitos. Por ejemplo, la evidencia disponible apunta a que variables como el número de alumnos por clase o la cantidad de recursos que se dedican al sistema (en ambos casos, una vez que se ha alcanzado cierto umbral) no tienen un impacto muy significativo sobre la calidad de la educación. Con diferencia, el factor más importante para el éxito de un sistema educativo es la calidad de los profesores. Los países con los mejores sistemas, como Singapur, Finlandia o Corea, son capaces de atraer y retener el mejor talento ofreciendo carreras profesionales atractivas, formación continuada y prestigio social a la profesión docente. Además de los profesores, también son importantes los padres y, en especial, el tiempo que dedican a sus hijos en actividades como leer o conversar. La conciliación entre trabajo y familia es imprescindible para disponer de este tiempo.

Por último, con relación al cuándo, numerosas investigaciones subrayan la importancia de invertir en la educación entre los cero y los cinco años para igualar oportunidades. El aprendizaje durante esos años influye muy significativamente en el potencial que podrán alcanzar los niños como estudiantes y en su vida adulta. El premio Nobel de economía James Heckman ha estimado que invertir en los segmentos más desfavorecidos de la población en estas edades ofrece una rentabilidad de entre un 7% y un 10%. Pocas inversiones públicas ofrecen mejores retornos.

Estas son algunas de las cosas que sabemos, pero la búsqueda de la excelencia en la educación debe ser un proceso continuo apoyado en investigaciones rigurosas. Es necesario innovar y evaluar constantemente. Los países más exitosos utilizan para la educación un enfoque parecido al de la medicina: se realizan pruebas piloto para evaluar innovaciones (en el qué, cómo o cuándo) y se adoptan aquellos cambios que demuestran su efectividad. Es la mejor manera para adaptarse al cambio permanente. En el ámbito educativo, la resistencia al cambio o el cambio sin rigor tiene un coste enorme, en términos de equidad y de eficiencia, que no nos podemos permitir.

Enric Fernández

Economista jefe

30 de abril de 2017

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