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La globalización en una encrucijada histórica: ¿desglobalización o reglobalización?

La globalización, definida como la integración a nivel mundial de los mercados de bienes, servicios, capitales y personas, es un fenómeno que viene de muy lejos y que tiene todavía mucho margen de recorrido. La mayoría de estudios coinciden en que nos encontramos en las postrimerías de la llamada segunda oleada de globalización y que, en caso de que se produzca un nuevo impulso globalizador, podríamos entrar en la tercera oleada dentro de poco tiempo. Cada oleada se asocia a un proceso de cambio tecnológico concreto: la primera discurrió entre 1870 y la Gran Depresión, y se asocia a la Revolución Industrial; la segunda abarcó desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad y se asocia a la revolución de las TIC, y la tercera, si se produce, estará profundamente condicionada por la revolución digital. Cabe destacar que la globalización se halla actualmente en un punto de inflexión crucial, dado que se enfrenta a retos muy importantes de los cuales dependerá su evolución en los próximos años. Así, debemos tener presente que nos hallamos en una coyuntura bastante inestable y que es perentorio que se acometan los desafíos a los que se enfrenta si queremos transitar hacia una globalización fortalecida.

La globalización ha alcanzado en la actualidad cotas jamás vistas: el índice de la globalización elaborado por el Instituto Económico Suizo está en máximos históricos y tres de sus cuatro patas (bienes, capitales y personas, no así los servicios) también reflejan la magnitud del proceso globalizador. Así, los flujos comerciales totales en porcentaje del PIB superaron en los años setenta el máximo histórico de la primera oleada globalizadora en 1913 de la mano de la liberalización del comercio de bienes y, a pesar de una ralentización en estos últimos años atribuida a factores cíclicos (la Gran Recesión) y estructurales (fragmentación de algunas cadenas de valor global), continúan exhibiendo niveles considerables. En cambio, los servicios continúan siendo la gran asignatura pendiente: a pesar de que su porcentaje sobre el total de las exportaciones ha pasado de un 9% en 1970 al 25% actual, las trabas regulatorias siguen siendo elevadas en muchos sectores (como los servicios financieros y las telecomunicaciones). Muchos economistas han sugerido1 que se establezcan tratados de libre comercio más ambiciosos para impulsar el comercio en servicios, lo cual sería especialmente deseable toda vez que el cambio tecnológico está facilitando a muchos servicios exportarse e importarse con mayor facilidad. En cuanto a la pata financiera, esta muestra unos niveles muy elevados de integración, a pesar de una ligera ralentización tras la crisis financiera que ha retraído los flujos de capital bancario.

La globalización en el ámbito de las personas también es clave y ha adquirido una gran importancia en el debate público tanto por su impacto económico como por el drama humano de las crisis de refugiados (33.000 migrantes perdieron la vida entre el 2000 y 2017 en el Mediterráneo para llegar a Europa según Naciones Unidas). Aunque el porcentaje de migrantes sobre la población total se ha mantenido estable alrededor del 3% en los últimos 100 años, en términos absolutos los migrantes han crecido hasta los 244 millones actuales, de los cuales el 19% residen en EE. UU. y el 23% en la UE. La mayor parte de los flujos han sido desde países emergentes hacia países desarrollados y el 40% de los migrantes poseen estudios universitarios, en un contexto de competición por el talento global que ha provocado una fuga de cerebros notable entre las economías emergentes.

Realizado este somero repaso por los distintos componentes de la globalización, es preciso analizar cuáles son los retos a los que se enfrenta hoy en día. Un primer reto es fortalecer las grandes instituciones globales (el FMI, el Banco de Pagos Internacionales o BPI y la OMC) que se crearon tras la Segunda Guerra Mundial y que han apoyado la actual oleada globalizadora. El FMI, por ejemplo, debería modernizar sus mecanismos de gobernanza corporativa para dar un mayor peso a las economías emergentes, las cuales han crecido de forma espectacular gracias, precisamente, a la globalización. En este sentido, es difícilmente justificable que los países de la OCDE tengan un poder decisorio del 64% en el Fondo, cuando solo representan el 46% del PIB mundial, y que China tenga una cuota de solamente el 6% cuando su peso en la economía global es ya del 19%. En cuanto al BPI, la mayor interconexión del ciclo financiero a nivel global sugiere un papel más activo de este y otros organismos financieros en favor de una mayor coordinación en política monetaria y macrofinanciera. Finalmente, la OMC debería jugar un papel más relevante a la hora de promover una integración más armónica de China en el comercio mundial.

Un segundo reto es lograr una mejor distribución de los beneficios globales. Es importante recalcar que la globalización de las últimas décadas ha tenido un efecto agregado positivo: ha permitido salir de la pobreza a millones de personas en los países emergentes y en las economías avanzadas ha generado ganancias de bienestar sustantivas gracias a que los consumidores han podido disfrutar de una cesta más variada de bienes de consumo y a precios más asequibles. Sin embargo, es de justicia añadir que, a pesar de estos beneficios, la globalización también ha perjudicado a algunos sectores concretos: según los economistas del MIT Acemoglu y Autor,2 el 10% de la destrucción de puestos de trabajo en el sector manufacturero estadounidense entre 1999 y 2011 (hablamos de 560.000 puestos de trabajo) se debió a la mayor competencia comercial con China. De todos modos, uno debe preguntarse por qué el debate sobre un modelo de globalización más inclusivo que logre compensar a los perdedores y evitar su exclusión de la nueva economía está hoy más candente que nunca. La respuesta es que, cuando una economía está poco globalizada, el beneficio de una mayor integración es elevado, dado que el incremento de la renta real agregada de la economía es muy pronunciado. En cambio, cuando la globalización ya está en un estado más avanzado, el margen para aumentar el tamaño de la tarta es más pequeño y, en cambio, la importancia relativa de las pérdidas de los sectores perjudicados aumenta. De ahí la importancia creciente de impulsar medidas como políticas activas en el mercado laboral o de protección de rentas durante el desempleo a los perjudicados por el proceso de cambio.

Finalmente, un tercer reto de la globalización pasa inextricablemente por adoptar mecanismos que contribuyan a que el proceso de cambio tecnológico que estamos presenciando sea exitoso e inclusivo. Claramente, la revolución digital obligará a reformular el actual proceso globalizador y operarán fuerzas en direcciones dispares: por un lado, la robotización puede reducir dramáticamente el ritmo de las deslocalizaciones (según Deloitte, se espera que el coste de un robot represente el 10% del coste de un empleado onshore frente al 35% de un empleado offshore), pero, por el otro, la mayor escalabilidad de la producción a nivel global puede generar la aparición de superempresas globales con potenciales efectos negativos sobre la competencia y también sobre el ritmo de innovación.

Si la globalización y sus instituciones no acometen estos retos con premura, podrían coger más fuerza opciones políticas populistas que abogan por dar marcha atrás a la globalización. Diversos estudios3 muestran que ya han empezado a recoger los primeros frutos: tanto en EE. UU. como en la UE, en aquellas áreas más perjudicadas por el aumento de las importaciones provenientes de China, el apoyo a los partidos populistas ha aumentado con mucha más fuerza. Tanto es así que algunos politólogos ya se aventuran a afirmar que el debate político tradicionalmente centrado en el eje izquierda-derecha se trasladará a una pugna encarnizada entre globalistas y populistas.

Antes de concluir, es importante analizar cómo descarriló la primera oleada de la globalización para ver si podemos extraer algunas enseñanzas. La involución empezó a finales del siglo xix cuando los gobernantes del momento decidieron ceder ante las presiones de algunos sectores muy concretos (como los lobbies agrícolas) que exigían un aumento de los aranceles. En paralelo, países como EE. UU., Canadá, Australia y Argentina no supieron gestionar con acierto las migraciones masivas provenientes de Europa, lo que les acabó llevando a cerrar sus fronteras en la segunda década del siglo xx. Algunos autores4 consideran que el sentimiento antiglobalización de muchos sectores de la población fue uno de los factores que condujo a la Primera Guerra Mundial entre 1914 y 1918. Finalmente, la Gran Depresión le dio la estocada final a la primera oleada: los países reaccionaron implementando políticas proteccionistas a gran escala, lo que provocó un agravamiento sustancial de la crisis económica de 1929, con amplias repercusiones globales. No en vano, según el economista Jakob Madsen,5 los volúmenes de comercio real a nivel global se contrajeron un 33% entre 1929 y 1932, de los cuales casi dos terceras partes fueron causadas por las políticas proteccionistas que se implementaron.

En definitiva, en este artículo hemos constatado que la globalización se enfrenta a una encrucijada histórica y que es ahora el momento de acometer los retos pendientes que la han puesto en entredicho. Lo cierto es que somos moderadamente optimistas: el actual sistema de gobernanza global dispone de un amplio abanico de instrumentos para forjar una globalización más moderna e inclusiva. Pero si no se avanza por esa senda, corremos el riesgo de que la sombra del pasado se convierta en la pesadilla del presente. De todos depende no tropezar dos veces con la misma piedra.

Javier Garcia-Arenas

CaixaBank Research

1. Véase Staiger, R. y Sykes, A. (2016), «The Economic Structure of International Trade-in-Services Agreements», NBER Working Paper.

2. Véase Acemoglu, D. et al., (2016), «Import competition and the great US employment sag of the 2000s», Journal of Labor Economics.

3. Véase Colantone, I. y Stanig, P. (2017), «The Trade Origins of Economic Nationalism: Import Competition and Voting Behavior in Western Europe», American Journal of Political Science.

4. Véase Bordo, M. (2017), «The Second Era of Globalization is Not Yet Over: An Historical Perspective», NBER Woking Papers.

5. Véase Madsen, J. (2001), «Trade barriers and the collapse of world trade during the Great Depression», Southern Economic Journal.

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