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¡La industria ha muerto! ¡Larga vida a la industria!¡La industria ha muerto! ¡Larga vida a la industria!¡La industria ha muerto! ¡Larga vida a la industria!

El 2 de enero de 1956, la revista Time nombraba a Harlow Curtice, presidente de General Motors, personaje del año. Curtice, de 62 años, llevaba 42 años trabajando en General Motors, la principal empresa productora de coches y camiones de la época, que empleaba a casi 600.000 trabajadores y cuyo sector (el manufacturero) representaba aproximadamente el 30% del empleo y del PIB de EE. UU. Casi 50 años más tarde, en 2010, Mark Zuckerberg, de 25 años de edad y fundador de Facebook, entonces con menos de 3.000 empleados,1 era el elegido. Más que una anécdota, estas portadas ilustran la pérdida de peso de la industria en favor de los servicios en las economías avanzadas desde la segunda mitad del siglo XX.2 Tal y como se explica en los artículos «La industria como eje de transformación: pasado, presente y futuro» y «La nueva política industrial: retos y oportunidades» de este mismo Dossier, existe la preocupación de que la desindustrialización de las economías avanzadas empobrezca a sus sociedades y existe el debate de si se debería promover la reindustrialización. Sin embargo, a continuación, veremos cómo esta transformación responde a factores estructurales y, al contrario de lo que pueda aparentar, conlleva una mayor integración entre la industria y los servicios.

Hoy en día, un 12% del PIB de EE. UU. lo produce el sector manufacturero, mientras que la suma de los servicios profesionales y financieros, los relacionados con la información, la educación y la sanidad copan el 45% del PIB (partían de cerca del 20% en los años cincuenta). Además, este cambio estructural también se manifiesta en una pérdida de empleo de la industria en favor de los servicios. No obstante, la desindustrialización no conlleva una menor producción de bienes ma­­nufacturados: al contrario, como señala el segundo gráfico, el volumen de producción manufacturera se encuentra en máximos históricos.

De hecho, la coexistencia entre una reducción del empleo en el sector industrial y un nivel de producción manufacturera en máximos refleja uno de los factores estructurales detrás del proceso de desindustrialización: el crecimiento de la productividad es más rápido en la industria que en los servicios. Este diferencial de productividades se traduce en una caída del precio relativo de los bienes manufacturados respecto a los servicios que desencadena un reajuste de la estructura económica. Por un lado, genera incentivos a consumir más bienes manufacturados (relativamente baratos) y menos servicios (relativamente caros). Por otro lado, el abaratamiento de los bienes manufacturados aumenta nuestro poder adquisitivo y nos permite consumir más manufacturas y más servicios. El proceso de desindustrialización se activa cuando el segundo efecto es el dominante y el sector servicios debe contratar más trabajadores para satisfacer el aumento de la demanda (mientras que la mayor productividad del sector industrial le permite satisfacerlo con menos trabajadores).3 Además, en las economías avanzadas, este efecto se ve potenciado por el mayor deseo de consumir servicios, que acompaña al enriquecimiento de las sociedades (por ejemplo, a causa del envejecimiento de la población, que induce una mayor demanda de servicios de atención sanitaria), y por la globalización (con un papel protagonista para el desarrollo de la industria manufacturera de China), que permite aumentar la competitividad de las empresas manufactureras mediante la deslocalización (offshoring) de parte del proceso productivo.

Detrás del crecimiento más rápido de la productividad en la industria, se encuentra el avance de la automatización. Para automatizar la producción de un bien o servicio es necesario describir el proceso productivo con una lista de instrucciones, estandarizadas, bien definidas y que se realicen repetitivamente, y esto es mucho más fácil en la producción de manufacturas que en la de servicios. Por ejemplo, todos los pianos de una línea de producción tienen el mismo tamaño, el mismo número de teclas, etc., pero cada concierto en el que se interpreta una pieza de Mozart es único e irrepetible. Dado que la automatización favorece en mayor medida a la industria, las mejoras tecnológicas incentivan a las empresas manufactureras a sustituir aquellos trabajadores que realizan tareas repetitivas y que siguen reglas bien definidas.

No obstante, la automatización de los procesos productivos no elimina la demanda de una fuerza laboral industrial cualificada: por ejemplo, aunque un conjunto de robots sea capaz de convertir materiales básicos en un coche, siguen siendo necesarios especialistas que diseñen el coche y lo comercialicen. Es decir, la desindustrialización no solo consiste en una sustitución entre servicios y manufacturas, sino que se manifiesta en una redefinición de las necesidades de las empresas. Esta redefinición se ilustra en el tercer gráfico, que muestra cómo el sector servicios se ha convertido en un proveedor y un cliente cada vez más importante para el sector manufacturero. Así, empresas tradicionalmente manufactureras abandonan la etapa de producción de los bienes (a través del outsourcing) y dejan de estar registradas como manufacturas en las estadísticas oficiales, pero mantienen las etapas de preproducción (I+D, diseño, ingeniería) y de posproducción (estrategia de ventas, marketing, logística), que de hecho es donde el trabajo aporta un mayor valor añadido.4 Un ejemplo de este tipo de empresas es Apple, famosa por sus dispositivos móviles y ordenadores: Apple se encarga del diseño, el desarrollo y la comercialización de sus productos pero subcontrata la producción a empresas como Foxconn, con un importante grado de automatización y que, mayoritariamente, producen fuera de los EE. UU. Otras empresas, en cambio, permanecen en el sector manufacturero pero complementan su producción tradicional de bienes con la de servicios, lo que se denomina terciarización de la industria.5 Empujadas por los factores estructurales mencionados anteriormente, las manufacturas tienen incentivos a producir servicios: les permite fidelizar a los compradores (piénsese en campañas de marketing o de imagen corporativa), diferenciar el producto (como el sistema operativo iOS, solo disponible para teléfonos iPhone) y obtener una fuente de ingresos más estable (por ejemplo, con una vida media superior a 10 años, los coches ofrecen ingresos más regulares a través de los servicios de mantenimiento y reparación que por sus ventas).

Como ya discutimos en un Dossier anterior,6 la automatización ofrece la oportunidad de enriquecer al conjunto de la sociedad e implica una reorientación de la naturaleza del trabajo. En este artículo hemos visto que, en el proceso de desindustrialización, el aumento de la productividad se ma­­nifiesta, quizás algo paradójicamente, en una creciente im­­portancia de los servicios y en una metamorfosis de la industria, hacia unas manufacturas terciarizadas. El avance de la automatización es paralelo a la mejora del conocimiento y la tecnología y nos obliga a romper moldes. A pesar de que, en 1776, en referencia a las manufacturas y los servicios, Adam Smith7 escribiera: «Cualquiera se enriquece empleando en manufacturas muchos operarios; y se empobrece sin duda manteniendo un número grande de criados», hoy en día la realidad es que la automatización amplifica el valor añadido que los servicios aportan al proceso productivo. En este sentido, la desindustrialización comporta una reorganización de la estructura productiva que permite la especialización de las personas en aquellas tareas en las que brilla el factor humano, como la creatividad y la interacción personal, también dentro de la misma industria (ingenieros, gerentes, publicistas, etc.).

Adrià Morron Salmeron

Departamento de Macroeconomía, Área de Planificación Estratégica y Estudios, CaixaBank

1. Actualmente, Facebook emplea a casi 15.000 trabajadores.

2. La desindustrialización se caracteriza por una pérdida del peso de las manufacturas sobre el empleo total y, en menor medida, el valor de la producción agregada. Rodrik, D. (2015), «Premature Deindustrialization», NBER Working Paper, No. 20935 señala que este proceso también se observa en economías emergentes.

3. Un crecimiento de la demanda de manufacturas es el reflejo del aumento de la producción real que se observa en el segundo gráfico. Obsérvese que ello es compatible con una caída del peso del valor de las manufacturas respecto al valor añadido total de la economía.

4. Véase Bernard, A. B. y Fort, T. C. (2013), «Factoryless Goods Producers in the US», NBER Working Paper No. 19396.

5. Véase Crozet, M. y Milet, E. (2014), «The Servitization of French Manufacturing Firms», CEPII Working Paper No. 2014-10.

6. Véanse los artículos del Dossier «Las nuevas tecnologías y el mercado de trabajo» en el IM02/2016.

7. Véase Smith, A. (1776), «Investigación de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones», libro 2, capítulo 3.

 

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