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El décimo aniversario de la quiebra de Lehman Brothers, el hito que marcó en el imaginario colectivo el comienzo de la mayor crisis financiera mundial desde 1929, ha servido para hacer un repaso a las causas de la crisis y a los remedios que se han implementado para tratar de evitar su repetición.

Sobre las causas, existe un amplio consenso en que varios factores jugaron un papel relevante. Entre ellos, una política monetaria demasiado laxa que alimentó la burbuja inmobiliaria de EE. UU., la poca capacidad de la banca para absorber pérdidas (falta de capital), un exceso de endeudamiento a corto plazo, problemas de gobernanza corporativa, errores de supervisión bancaria y la creación de productos financieros altamente complejos que enmascaraban su riesgo real.

En cuanto a los remedios, también existe un amplio acuerdo en que se ha hecho mucho para corregir las deficiencias identificadas. En particular, los bancos deben satisfacer unos mayores requisitos de capital, liquidez y transparencia, y se ha reforzado el papel de los órganos de administración y de los supervisores. También se han introducido nuevas exigencias (planes de resolución) que deben facilitar la reestructuración de bancos con problemas y minimizar los riesgos para el conjunto del sistema. Algunos aún piensan que no se ha hecho lo suficiente pero, quizás, están obviando que aspirar a un riesgo cero supondría un coste enorme (los requisitos de capital o el coste de cumplir con la regulación hacen más cara la intermediación financiera). Es necesario encontrar un equilibrio. Para juzgar si lo hemos alcanzado, debemos dar cierta estabilidad al nuevo marco regulatorio y darnos un tiempo para analizar su funcionamiento.

En cualquier caso, la próxima gran crisis –que esperemos que tarde mucho en llegar– será seguramente distinta de la anterior. De hecho, la crisis de la deuda soberana europea, que no fue tan grave como la Gran Recesión de 2009 pero provocó la recaída de la eurozona, tuvo causas bien distintas: unas políticas fiscales excesivamente laxas (en particular, en Grecia), las divergencias de competitividad entre países o las deficiencias institucionales de la eurozona. Europa también ha introducido grandes reformas para que no se repita una crisis igual, pero todavía falta bastante trabajo para terminar de apuntalar la Unión Económica y Monetaria (entre otras cosas, falta completar la Unión Bancaria y crear una capacidad fiscal a nivel europeo).

Mirando al futuro, ¿qué podría originar la próxima gran crisis? En el radar destacan dos focos de riesgo –aunque la probabilidad de que se materialicen es baja.

China es un sospechoso habitual por su elevada deuda, que prácticamente se ha duplicado en los últimos 10 años y ya se sitúa por encima de los niveles de la de EE. UU. antes de la crisis de 2008. Dado su peso en la economía mundial y sus amplias conexiones comerciales y financieras con el resto del mundo, una crisis en China se haría sentir en el conjunto de la economía global. Las buenas noticias son que las autoridades chinas tienen muy claros los riesgos y han comenzado a tomar medidas para reducir los niveles de deuda.

El otro candidato es el auge del populismo y sus consecuencias. Un ejemplo de ello lo tenemos bien cerca: Italia, donde una enorme deuda pública, un crecimiento económico anémico y un Gobierno populista conforman una terna de alto riesgo que puede alimentar las dudas acerca de la continuidad del país en la eurozona. La buena noticia es que la mayoría de la población desea mantener el euro. Lo que está por ver es si este deseo es compatible con la combinación anterior o se demuestra imprescindible cambiar algún elemento de la terna.

Enric Fernández

Economista jefe

30 de septiembre de 2018

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