Dossier


  • Los retos de la regulación ante la economía del sharing

    Ricard Murillo

    El crecimiento de la economía del sharing ofrece a sus usuarios la posibilidad de disfrutar de las ventajas asociadas a esta nueva forma de hacer negocios, desde mejores precios a una mayor flexibilidad, pasando por un uso más eficiente de activos infrautilizados.1 Sin embargo, no es oro todo lo que reluce: los modelos de negocio relacionados con la economía colaborativa también plantean nuevos y apasionantes retos a nivel regulatorio. Ello no debería sorprendernos si tenemos en cuenta que la regulación vigente todavía no se ha adaptado plenamente a dichos modelos de negocio, los cuales no existían en el momento en el que se diseñó el marco regulatorio en muchas de sus vertientes como, por ejemplo, normas de protección del consumidor o el marco tributario.

    Así pues, el desafío para las administraciones es mayúsculo. De hecho, ya se ha abierto el debate en torno a la posibilidad de crear un marco regulatorio específico que recoja las nuevas realidades específicas de la sharing economy. En este artículo clasificamos los retos a los que se enfrentan los organismos regulatorios en tres categorías: retos relacionados con los consumidores, con las empresas y con el marco competitivo que determina las relaciones entre consumidores y empresas.

    Empecemos por cómo debe enfocarse la regulación de la economía del sharing en todos aquellos aspectos que conciernen a los consumidores. Para encontrar algunas respuestas, puede ayudarnos el hecho de que ya hay algunos datos que sirven para calibrar cómo perciben los consumidores la magnitud de este fenómeno. Así, la Comisión Europea realizó una encuesta cuyos datos revelan que, en 2016, más de la mitad de los encuestados conocían de la existencia de la economía colaborativa, pero que solamente el 17% había utilizado al menos una vez las plataformas digitales que vehiculan estas actividades.2 En este mismo sondeo se preguntaba a los individuos conocedores de la sharing economy qué aspectos de estos nuevos modelos de negocio les parecían más insatisfactorios. Dos de cada cinco coincidían en que uno de los principales inconvenientes como consumidores era el desconocimiento sobre quién se debe hacer responsable de los problemas que puedan surgir a la hora de realizar la transacción.

    Esta respuesta ejemplifica a la perfección la existencia de algunos vacíos que hacen que muchos consumidores tengan una cierta sensación de incertidumbre a la hora de acceder a los bienes y servicios proveídos por la sharing economy. En las transacciones de la economía tradicional, los consumidores están protegidos por diversos derechos que les ofrece el marco regulatorio y que delimitan de forma nítida cómo se deben vehicular las transacciones con las empresas. Sin embargo, en la economía colaborativa, normalmente, en la mayoría de casos no están bien definidas las responsabilidades de cada una de las partes que participan de las transacciones. Por ello, se pueden producir situaciones en las que el consumidor no pueda reclamar una devolución de un producto, no tenga toda la información sobre las características del bien o servicio que espera recibir o que este no cumpla con unos mínimos de seguridad y protección de la salud. Este último ejemplo podría darse en aquellas plataformas que permiten compartir comidas elaboradas en casa de individuos, pero los retos de la regulación no son para nada fáciles: ¿es conveniente que las cocinas particulares de estos aficionados de los fogones pasen los mismos controles de higiene que los restaurantes? No necesariamente, dado que tal regulación podría suponer una barrera de entrada muy elevada que desincentivaría el uso de estas actividades. En este sentido, un argumento utilizado para evitar una sobrerregulación

  • La economía del sharing y el mercado de trabajo

    Josep Mestres

    La mayoría de nuestros padres y abuelos trabajaron toda la vida en la misma empresa en la que empezaron su carrera profesional, una perspectiva impensable para los jóvenes de hoy en día que se incorporan al mercado laboral. En la actualidad, las relaciones laborales no estándares1 son cada vez más comunes y, en parte, se encuentran detrás de la elevada tasa de empleados a tiempo parcial, con un contrato temporal o como autónomos (del 19,4%, 12,2% y 13,7%, respectivamente, en 2017). Además, el auge de la economía colaborativa ha llevado consigo la creación de otro nuevo tipo de empleo no estándar, el «empleo bajo demanda» (on-demand employment). Las plataformas digitales favorecen este tipo de empleo al reducir los costes de transacción y permitir un matching de oferta y demanda de empleo a tiempo real. Si hiciéramos un símil con las relaciones humanas, el trabajo estándar sería más como un matrimonio, un proyecto familiar a largo plazo, y el trabajo en la economía del sharing, una serie de citas a través de una aplicación para ligar.

    Concretamente, el llamado empleo bajo demanda se puede agrupar en dos grandes categorías: el empleo gig y el empleo en la nube. El empleo gig se caracteriza porque los individuos utilizan plataformas digitales para buscar clientes a los que ofrecen servicios, algunos más intensivos en trabajo (como el servicio de entrega a domicilio) y otros más intensivos en capital (como puede ser el alquiler de una vivienda). En cambio, en el empleo en la nube (cloud work) son las empresas las que demandan vía web las tareas o servicios que necesitan que se lleven a cabo. En los mercados de empleo en la nube, como Amazon Mechanical Turk, Freelancer o Upwork, se demandan servicios muy diversos, de programación informática, diseño, traducción, tareas administrativas o de contabilidad, etc., muchos de los cuales hasta ahora no era tan fáciles de externalizar. A menudo, estos servicios consisten en microtareas simples que pueden llevarse a cabo en un periodo corto de tiempo, como completar una encuesta, y otras veces son trabajos más complejos, como el diseño completo de una web.

    A pesar de la visibilidad de algunos empleos que se han generado a través de la sharing economy (piense solamente en las bicicletas de reparto de comida a domicilio que han aparecido en la mayoría de ciudades), es difícil estimar con precisión cuánta gente trabaja en el sector. De momento, las estadísticas oficiales, como la encuesta de población activa (EPA), no incluyen detalles sobre estos empleos,2 ni las plataformas digitales proporcionan datos detallados sobre cuántos trabajadores los usan. No obstante, hay estudios que tratan de contabilizarlo a través de un algoritmo de big data. Harris y Krueger (2015) estimaron que alrededor del 0,5% de la fuerza laboral estadounidense estaba empleada en la economía colaborativa. Según De Groen y Maselli (2016), el equivalente europeo se situaría alrededor del 0,05% (alrededor de 100.000 trabajadores activos). Otras estimaciones a través de encuestas, datos de impuestos o movimientos bancarios apuntan a porcentajes mayores, aunque con medidas no directamente comparables. Así, alrededor del 22% de la población en EE. UU. ha ofrecido servicios en algún momento a través de aplicaciones online3 y, en la UE, entre el 1 y el 5%.4 El empleo en la economía del sharing representa pues un pequeño porcentaje de la fuerza laboral, pero está creciendo a gran velocidad.5

    El empleo en la economía colaborativa ofrece claras ventajas en términos de flexibilidad.

  • La economía del sharing: de fenómeno emergente a pieza clave de la revolución digital

    Àlex Ruiz

    ¿Qué le sugieren expresiones como sharing economy, on demand economy o gig economy? Probablemente, no demasiado. Incluso los estadounidenses, habitantes del país en el que el fenómeno está más desarrollado, demuestran poco conocimiento: preguntados por el Pew Research Center en 2016, dos tercios de los encuestados nunca habían oído hablar de la sharing economy, y del tercio que sí, un 40% enfatizaba el elemento de colaboración desinteresada entre personas, un 25% afirmaba que a pesar de haber oído la expresión no sabían qué era y un 16% apuntaba mucho mejor y decía que eran negocios o individuos compartiendo bienes y servicios en una relación de duración breve.

    ¿Por qué decimos que estos últimos acertaban más el tiro? Porque cuando revisamos algunos de los centenares de artículos, estudios y propuestas políticas sobre la cuestión constatamos que, más allá de la denominación, cuatro elementos se repiten en la mayoría de las definiciones. El primero, es que los servicios de la sharing economy comparten el hecho de estar instrumentados sobre plataformas online y que, en la mayor parte de casos, el acceso a dichas plataformas se realiza mediante una aplicación de móvil o tableta. Un segundo aspecto definitorio es que se establecen relaciones entre pares (peer-to-peer), siendo estos pares a veces individuos, a veces empresas. Un tercer elemento característico es que las relaciones entre los actores tienen un carácter temporal. Finalmente, el cuarto ingrediente de la definición es el intercambio de activos, recursos, tiempo o habilidades, de forma muy flexible y dinámica. Así, pues, si se dan estos cuatro aspectos combinados (porque de forma individual los elementos se encuentran en otras formas de hacer negocios, por ejemplo, el carácter temporal de la relación o el uso de plataformas digitales no son privativos de la sharing economy) es probable que estemos en presencia de un fenómeno nuevo que denominaremos sharing economy (o economía del sharing).

    Que se trata de un fenómeno incipiente lo denota la dificultad para tener aproximaciones cuantitativas fiables mediante las estadísticas convencionales. De entrada, una parte de las transacciones de la sharing economy directamente quedan fuera de las medidas habituales, ya que son actividades de no mercado. Pero, para aquellas transacciones que implican pagos monetarios, la cuantificación es posible. En general, se sigue uno de los dos enfoques siguientes: o se monitoriza la dimensión del consumo o la de la oferta.

    Desde el primer punto de vista, y a pesar de que la evidencia es limitada, la principal conclusión a la que se llega es que los consumidores utilizan de forma todavía minoritaria la economía del sharing. Según los informes más fiables, entre el 20% y el 30% de los consumidores de los países desarrollados han utilizado algunas de las plataformas digitales que sustentan estos servicios o han compartido algunos de los activos, tangibles o intangibles, que se intercambian. Otro aspecto que a veces se analiza es si los hogares reciben alguna renta proveniente de este ámbito. En EE. UU., según el Pew Research Center, en 2016, aproximadamente un 25% de los norteamericanos habían recibido algún ingreso de la sharing economy, aunque, si se elimina la venta de un bien de segunda mano, las cifras se reducían a menos de la mitad.

    Bajo el segundo enfoque, y siguiendo al que es quizás el informe más referenciado en la cuestión,1 es usual identificar cinco grandes sectores principales que operan bajo modelos de negocio de sharing economy: alojamiento entre pares o usuarios, transporte entre usuarios, servicios

  • La economía del sharing y el turismo

    Roser Ferrer

    La irrupción de la economía del sharing se ve reflejada en muchas áreas económicas, pero está teniendo especial incidencia en el sector turístico. En particular, muchos de los servicios ofrecidos entre pares (peer-to-peer o P2P) a través de las plataformas de sharing se presentan como alternativa a los servicios turísticos profesionales de alojamiento, ocio y transporte. Dada la escala que muchas de estas plataformas han alcanzado en estos últimos años, no es de extrañar que parte del ecosistema turístico se haya visto alterado. En este artículo, analizamos el impacto que está teniendo la economía del sharing en el funcionamiento del mercado turístico.

    La popularización del sharing está modificando la manera cómo se proveen algunos servicios turísticos y ha generado nuevas maneras de hacer turismo (véase la figura adjunta). No obstante, el nivel de penetración de las distintas plataformas en el mercado turístico varía en función de cada subsector. Concretamente, el impacto es especialmente elevado en la fase inicial del ciclo de compra, donde las plataformas que ponen en contacto a aquellos que alquilan propiedades con clientes potenciales actúan de facto como centrales de reservas de alojamiento turístico, complementando la oferta tradicional. Asimismo, también encontramos plataformas que ayudan a los usuarios a crear su propio paquete turístico, al facilitar el intercambio de información (reseñas, recomendaciones, etc.) con otros turistas y con residentes locales para planificar el viaje. Del mismo modo, en las fases de viaje y destino, los servicios de transporte terrestre de pasajeros también se han visto alterados por la aparición del sharing, destacando el alquiler temporal de vehículos entre particulares como otro de los ejemplos más prominentes en el sector turístico.

    También en la fase de destino, que se caracteriza por servicios intensivos en mano de obra, especialmente en el punto de contacto con el cliente, se han popularizado plataformas de sharing que ofrecen servicios más personalizados, como experiencias gastronómicas en las que los turistas comparten una cena con residentes locales, y experiencias de viaje, como tours turísticos organizados por locales que se presentan como una alternativa más «auténtica» a los servicios ofrecidos por turoperadores tradicionales.

    Hay varios factores que explican esta popularización del sharing en el sector turístico. En primer lugar, la digitalización y las nuevas tecnologías son indispensables para entender el auge de la economía del sharing.1 Aunque la provisión de actividades turísticas entre particulares no es un fenómeno nuevo –siempre han existido intercambios alternativos o no convencionales entre particulares–, esta interacción solía estar limitada a amigos y conocidos. Así, las plataformas digitales han permitido extender estos pequeños intercambios a la relación entre desconocidos a una escala sin precedentes, al reducir los costes de acceso al mercado por parte de usuarios ofertantes y los costes de transacción. Concretamente, las plataformas peer-to-peer permiten al consumidor comparar fácilmente precios entre distintos ofertantes, saber más del bien o servicio ofrecido, conocer la opinión de otros usuarios antes de decidirse y, en muchos casos, comunicarse directamente con el proveedor del bien o servicio.

    En segundo lugar, los cambios culturales y económicos acaecidos en estos últimos años han llevado al consumidor a estar cada vez más abierto a compartir recursos y a acceder a bienes temporalmente en lugar de tenerlos en propiedad. Entre estos cambios, destaca el mayor interés por el elemento social y la comunidad –el deseo de expandir el círculo social a través de nuevas conexiones afines–, y la mayor preocupación por el medio ambiente.2 Del mismo modo, el

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