Dossier


  • El dinero digital en la economía del futuro: nuevas posibilidades, nuevos retos

    Los abrumadores avances tecnológicos que estamos presenciando actualmente abren la puerta a un uso más generalizado de las monedas digitales en un futuro no muy lejano. Pero, ¿cuál es el potencial de estas monedas y hasta dónde pueden llegar? En este artículo, la última parada de nuestra singladura sobre el dinero, nos trasladaremos al futuro para reflexionar acerca de estas cuestiones y sus posibles implicaciones; se trata de un tema futurista y apasionante dado que hoy en día tenemos más preguntas que certezas. Pero ello no debe desanimarnos, tal y como dijo el gran escritor francés Victor Hugo: «El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad».

    Para empezar, conviene aclarar que las monedas digitales ya existen: las reservas que tienen los bancos comerciales en los bancos centrales o los pagos que hacemos con tarjeta de crédito son ejemplos de dinero digital. Dicho esto, en este artículo vamos un poco más allá, ya que creemos que los progresos tecnológicos relacionados con la tecnología blockchain y la agilidad de los sistemas electrónicos de pago permitirán que el dinero digital tenga mucho más protagonismo en la economía del futuro.

    Una vez se haya conseguido perfeccionar la tecnología, se podrá empezar a pensar en cómo implementar una moneda digital de uso mucho más generalizado. El primer interrogante radica en quién debería implementarla. Existen dos alternativas: monedas digitales privadas (ya existen en la actualidad ejemplos como el bitcoin) o una moneda digital que tenga la garantía del banco central (que llamaremos MDBC, por las siglas de moneda digital del banco central). Las monedas digitales privadas pueden parecer una opción atractiva, pero lo cierto es que, tal como hemos visto en el artículo «¿Qué podemos esperar de las criptomonedas?» de este mismo Dossier, adolecen de ciertos límites que dificultan que su uso pueda extenderse con éxito. En cambio, los mecanismos institucionales de los que goza el banco central en el sistema financiero pueden facilitar que la implementación sea más fructífera. Y es que el banco central, gracias a su reputación y credibilidad,1 tiene la capacidad para garantizar que la MDBC sea de curso legal (legal tender) y para generar un clima de confianza que haga que sea percibida como un activo fiable y seguro. Además, un banco central dispone de muchos más recursos, información y capacidades técnicas para poder implementar una política monetaria adecuada en cada momento y preservar la estabilidad de la moneda digital como unidad de cuenta y, de este modo, evitar fluctuaciones abruptas de su precio. Ello contrasta con los escollos a los que se enfrentaría una moneda digital privada; al fin y al cabo, es difícil que un ente privado que se encargue de implementar una moneda digital disponga de las herramientas pertinentes para diseñar una regla de oferta monetaria creíble y con unos objetivos socialmente deseables como son la estabilidad de precios y de la actividad económica. Esto nos lleva a una primera conclusión en este intrépido «viaje al futuro» que hemos emprendido: una moneda digital respaldada por el banco central tendrá más opciones de tener una implementación y utilización exitosas que una moneda digital privada. Por este motivo, en el resto del artículo, nos centraremos en analizar cómo se podría implementar la MDBC para, a continuación, desmenuzar sus ventajas e inconvenientes. En todos los escenarios supondremos que la MDBC convive con el dinero en efectivo.

    A grandes rasgos, existen dos avenidas naturales para implementar una MDBC, una primera más restringida (opción

  • ¿Qué podemos esperar de las criptomonedas?

    En 2009, el elusivo Satoshi Nakamoto, pseudónimo usado por parte de una o varias personas para mantener su anonimato, publicó un artículo en el que describía cómo crear el equivalente al dinero en metálico en formato digital, y lanzó el software que creó el bitcoin, la primera criptomoneda.1 Desde entonces, las criptomonedas han proliferado y su valor de mercado ha crecido de forma vertiginosa. En este artículo, miraremos en detalle qué son las criptomonedas, en qué consiste la tecnología que las hace posibles y cuáles son las perspectivas que ofrecen. Tal y como veremos, aunque nos mostramos escépticos respecto a los fundamentos que sostienen el crecimiento de las criptomonedas, la tecnología que subyace bajo ellas presenta un amplio recorrido en aplicaciones alternativas.

    Empecemos con un breve repaso de la evolución del mercado de las criptomonedas. Tal y como mostramos en la tabla, el valor de mercado de las criptomonedas ha experimentado un fuerte aumento en los dos últimos años. Sin embargo, esta euforia se disipó, al menos de forma parcial, tras los rumores a mediados de enero de 2018 de que las autoridades de Corea del Sur y China planeaban introducir limitaciones en su uso. Asimismo, a pesar del fuerte crecimiento de las criptomonedas, la elevada volatilidad mostrada por este mercado dista de suscitar demasiadas preocupaciones a nivel de estabilidad macrofinanciera. Ello es debido a que las criptomonedas aún representan una fracción muy pequeña del PIB mundial. En su cénit, apenas representaban un 1% del PIB, lo que contrasta, por ejemplo, con las cotizaciones de las compañías tecnológicas durante la euforia de las dotcom, que alcanzaron un valor aproximado del 30% del PIB mundial.2

    Es preciso entender qué son las criptomonedas para poder evaluar la evolución de su mercado. Simplificando, una criptomoneda es una forma de dinero digital combinada con un sistema de pago. Como dinero digital, las criptomonedas no aportan ningún elemento innovador: la versión digitalizada del dinero forma parte de nuestras vidas desde hace muchos años y la usamos de forma habitual a través de cuentas bancarias electrónicas y tarjetas de débito y de crédito. En cambio, las criptomonedas como sistema de pago sí que constituyen una innovación. Por primera vez, podemos intercambiar dinero de forma digital, relativamente segura y anónima, directamente entre comprador y vendedor sin que la transacción tenga que ser procesada de manera centralizada por un intermediario como lo sería, por ejemplo, un banco.3

    Ello ha sido posible gracias a la tecnología del blockchain. Antes del blockchain, el intercambio digital de dinero de manera directa entre usuarios no era posible debido al riesgo de falsificación. Al fin y al cabo, una cuenta electrónica no es más que un archivo informático y, sin nadie que verifique que este archivo no ha sido alterado de manera fraudulenta, se podría modificar o falsificar el valor que aparece en dicha cuenta. El blockchain intenta minimizar este riesgo de dos maneras. Primero, crea un registro público de todas las transacciones que se realizan en criptomoneda. Cualquier transacción nueva se añade a la cadena de transacciones previas –de ahí el nombre de blockchain, que se traduce del inglés como cadena de bloques– y pasa a ser pública también. Ello permite que cualquier usuario que recibe un pago pueda verificar que el otro usuario dispone de los fondos para realizarlo. Por ejemplo, si Javier quisiera pagar dos bitcoins a María mediante el blockchain, es posible verificar que anteriormente Javier habría recibido dos bitcoins de Ana y que,

  • Del trueque a la criptomoneda: una breve historia del intercambio

    Dinero. ¿Qué ha pensado el lector al leer esta palabra: «dinero»? Puede que se haya trasladado a una situación agradable, quizás una velada en un restaurante elegante o unas vacaciones en una playa paradisíaca. Sin duda, algo que le produzca bienestar. Pero no solo eso. Muy posiblemente, también habrá visualizado la imagen de un billete, unas cuantas monedas o una tarjeta de crédito. El dinero no es un coche, ni una comida sabrosa, ni unas vacaciones exóticas. El dinero es una moneda de metal, un billete de papel, una tarjeta de plástico, es decir, un objeto sin valor intrínseco alguno. Imagine que la persona más rica del mundo viaja al pasado y se presenta ante el hombre y la mujer de la Edad de Piedra cargado de sacos llenos de fajos y fajos de billetes: donde nosotros hoy vemos riqueza, ellos verían poco más que papel para hacer fuego. Lo que para ellos sería dar el mejor uso a los billetes, para nosotros sería la destrucción de una fortuna. ¿Qué ha pasado para que unos y otros veamos cosas tan diferentes en un trozo de papel? La respuesta la encontraremos en momentos clave de la historia del dinero.

    El nacimiento del dinero

    Empezamos esta historia en un tiempo remoto en el que no existía el dinero. Es decir, cuando no se podía vender un producto, como, por ejemplo, un saco de trigo, y obtener un objeto (llamado dinero) cuyo único uso sería volverlo a intercambiar para comprar el producto deseado, como, por ejemplo, unas botas de cuero. En esa época remota, el comercio se vehiculaba con el trueque: si la propietaria del saco de trigo deseaba obtener unas botas de cuero, debía encontrar a alguien que poseyera unas botas y deseara comprar trigo. Para que el trueque funcionara, era necesario que cada parte deseara exactamente lo que la otra parte ofrecía, y en la cantidad y el momento del tiempo en el que lo ofrecía (la llamada «doble coincidencia de deseos»). Como imaginará el lector, este estado de los negocios imponía fuertes restricciones sobre la actividad económica, la especialización y el desarrollo tecnológico: en un ejemplo extremo, si uno se dedicaba en exclusiva a estudiar las leyes del universo, corría el riesgo de morir de hambre, pues no debía ser fácil encontrar a muchos ganaderos y agricultores dispuestos a intercambiar algo de carne y verdura por largas y complejas digresiones de física teórica.

    La diversidad y la complejidad de la economía acentuaron los problemas del trueque para encontrar una mutua coincidencia de deseos y se producían largas listas de precios cruzados (si Ernesto intercambió zanahorias por guisantes con Carlos y este cambió algunas zanahorias por madera con Pedro, ¿cuántos guisantes debería ofrecer Ernesto por un trozo de madera?). En esta coyuntura, el dinero ofrecía una tecnología para facilitar los intercambios: emergió como un objeto que, a medida que era aceptado por más gente, permitía vehicular intercambios entre más tipos de bienes. Con su aparición, un carnicero podría comprar verduras, calzado, vestido, etc. sin tener que encontrar un agricultor, un zapatero o un sastre que quisieran vender sus bienes a cambio de carne. De este modo, el carnicero no debía dedicar tiempo a fabricar su propio calzado y vestido y podía especializarse todavía más en la producción de carne. En otras palabras, el dinero no solo actuaba como un lubricante de la economía, al vehicular todo tipo de transacciones, sino que también permitía aumentar el grado de especialización de los trabajadores.

    Además de ofrecer un medio de pago, el dinero también satisface otras

  • Millennials y política: mind the gap!

    Estimado lector, si nos permite la indiscreción, ¿podemos preguntarle cuál es su edad? No, no nos responda todavía. Mejor díganos si puede hacer suyas las siguientes afirmaciones en mayor grado que la sociedad en su conjunto: no se considera una persona religiosa, estaría fuertemente predispuesto a dar dinero a favor del medio ambiente, el matrimonio es una institución superada, aprueba el rol de «madre soltera» y rechaza notablemente que los hombres sean mejores líderes políticos que las mujeres. Si piensa que sí, que comparte estas descripciones con algo más de convicción que la sociedad en general, tiene números para haber nacido entre 1981 y 1996, es decir, pertenecer a la generación del Milenio. Pero podemos afinar más. Hagamos ahora el mismo ejercicio con las siguientes afirmaciones: nada interesado en política, nunca ha firmado una petición a favor de alguna causa y no tiene confianza alguna en los partidos políticos. Si se alinea claramente en estas posiciones, y lo hace en mayor medida que el conjunto de la población, entonces las probabilidades de que sea usted un millennial son significativas: numerosas encuestas de opinión y sociológicas arrojan repetidamente una conclusión semejante, la de que la política no interesa a los millennials, incluso en el contexto de una sociedad que, en su conjunto, también se aleja de la política.1

    ¿Puede ser que el único rasgo auténticamente generacional sea su alienación de la política, entendida esta en el sentido clásico de juego de partidos en el marco de una democracia consistente en votar cuando se es convocado? No nos precipitemos en las conclusiones. El hecho de que una persona nacida entre 1981 y 1996 manifieste tibieza con la política podría no tener nada que ver con haber nacido en un momento concreto y, por tanto, en unas circunstancias socioeconómicas y culturales determinadas. Así, quizás se podría deber, sencillamente, a que soy joven y, ¡oh herejía!, mis padres a mi edad también eran inconformistas y se encontraban ante un sistema que no reflejaba más que parcialmente sus preferencias. Queda claro, pues, que no podemos responder a esta cuestión, la de hasta qué grado son distintas las generaciones, comparando opiniones contemporáneas. Hay que buscar edades homogéneas como, por ejemplo, contrastar qué piensan los actuales millennials, personas que hoy tienen entre 37 y 22 años, con sus equivalentes de generaciones anteriores, es decir, con lo que pensaba la generación X hacia 1995 y los baby boomers alrededor de 1980. Pero esto no es suficiente, ya que hay que tener en cuenta que también la sociedad ha cambiado. Así, no es lo mismo opinar contra la política en una sociedad toda ella apolítica que en otra en la que esa es una posición extrema y en la que la no participación se considera disruptiva.2

    Veamos, pues, lo que nos dicen los números y si realmente los millennials son tan diferentes. La conclusión principal es que en los ámbitos en los que se pueden comparar tres generaciones (millennials, X y baby boomers), y por lo que se refiere a valores relativos a aspectos fundamentales de la sociedad, las diferencias entre las dos primeras, sin dejar de existir, no son excesivas. Así, ambos grupos tienen una visión relativamente similar en materia de religión, medio ambiente, tolerancia con los inmigrantes, rol de la mujer y disposición para luchar por el país. En cambio, el contraste es más apreciable cuando se comparan los millennials con los boomers. Aunque la información disponible es menor, se puede aceptar que los boomers, respecto a los

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