Dossier


  • Navegar en un océano de grandes empresas, o sobre el arte de regular un mundo en pleno cambio disruptivo

    Àlex Ruiz

    Vivimos en un mundo de grandes empresas, hay pocas dudas sobre ello. Si usted, estimado lector, ha tenido la amabilidad de detenerse en nuestro primer artículo del presente Dossier, probablemente a estas alturas ya estará convencido. ¿Debería esto preocuparnos? Si, de nuevo, usted ha leído el segundo de nuestros artículos, habrá concluido que el fenómeno puede tener consecuencias importantes en términos de eficiencia y de equidad. Pero, más allá de lo que nos indica el análisis económico, lo cierto es que el ciudadano de a pie intuye que este cambio no es menor y, de hecho, se muestra preocupado. Según Gallup, en 1965, un 17% de los encuestados consideraban que las grandes empresas eran un riesgo para el futuro de EE. UU. En 2017, la cifra ascendía al 26%.

    La apreciación ciudadana no erra: algo está cambiando en la estructura empresarial de forma significativa. De entrada, hay que recordar que este es un mundo de grandes empresas que difiere notablemente del pasado. No es solo que haya mayor concentración global, también son muchos los aspectos nuevos que caracterizan al fenómeno. Así, como hemos visto en los dos primeros artículos, las nuevas grandes empresas concentran gran parte de su inversión en intangibles, frente a la primacía de la inversión en capital físico de los gigantes del pasado. Además, sus mercados, sometidos a una dinámica de aceleración del cambio tecnológico, son mucho más fluidos que en el pasado y, potencialmente al menos, con ritmos de entradas y salidas empresariales también más frecuentes. Finalmente, junto a la presencia de importantes economías de escala en la producción (algo que también era característico de las grandes empresas del pasado), los nuevos grandes jugadores presentan economías de escala de consumo, frecuentemente en forma de efectos de red. En este nuevo contexto, ¿qué papel debería jugar la regulación en un mundo de grandes empresas?

    Fijar un nuevo rumbo regulatorio

    De entrada, una cuestión previa, pero fundamental. Uno de los principios que debería tener gravado cada organismo de la competencia en el frontispicio de sus oficinas es el primum non nocere, es decir, «lo primero es no hacer daño» hipocrático. Porque la regulación, y más específicamente la mala regulación, puede acabar empeorando la situación que pretenden enmendar. Expliquemos la paradoja. De forma general, y como se ha explorado en el primer artículo del presente Dossier, el incremento de la concentración empresarial y la aceleración del proceso de creación de grandes empresas pueden deberse al cambio tecnológico, a la globalización o, y esto no deja de ser sorprendente, a la propia regulación. En particular, la regulación puede reducir la competencia a las grandes empresas debido a que el cumplimiento de la regulación tiene costes importantes y, en particular, costes fijos importantes, que están en mejores condiciones de asumir las grandes empresas.1 Asimismo, la regulación puede introducir barreras de entrada, a veces derivadas de prácticas de lobby, una posibilidad que es más probable que puedan financiar las grandes empresas.

    Siendo la anterior una condición necesaria, pero no suficiente, para regular bien, el siguiente elemento central a fin de fijar el nuevo rumbo regulatorio es, precisamente, saber cuál debe ser el norte, o la meta, de la regulación. El punto de partida natural para responder a esta cuestión se centra en el principal equilibrio que la regulación persigue cuando se enfrenta a empresas grandes, el que sitúa en un plato de la balanza el bienestar del consumidor y en el otro la eficiencia económica. En términos básicos, el regulador busca garantizar que el

  • Un mundo de gigantes

    Roser Ferrer

    En las últimas dos décadas, hemos observado el ascenso de un número relativamente reducido de megaempresas globales, bautizadas como superstars (superestrellas), que destacan por haberse hecho con una parte sustancial del valor creado en los mercados en los que operan. Algunas cifras ayudan a poner de relieve la importancia de este fenómeno (conocido como winner-take-all). En la actualidad, cerca de 6.000 empresas en el mundo –todas con ingresos anuales que superan los 1.000 millones de dólares– generan el 66% de los ingresos y beneficios corporativos globales. Y, entre ellas, 600 capturan el 80% del beneficio económico generado en todo el mundo.1 ¿Cómo se distribuyen geográfica y sectorialmente estas empresas? ¿Qué combinación de factores se encuentra detrás de su éxito? Estas son algunas de las cuestiones que analizamos a continuación.

    La evidencia

    En los últimos años, una parte creciente de la literatura económica se ha centrado en documentar el fenómeno de las superestrellas, sus causas y sus implicaciones2 sobre la estructura competitiva de los mercados en particular y sobre las relaciones económicas en general. Aunque los resultados difieren entre estudios y la evidencia sigue siendo incompleta, la emergencia de superestrellas está teniendo un notable impacto en varias dimensiones.

    En primer lugar, la evidencia sugiere que la concentración em­­presarial ha aumentado considerablemente en los últimos 20 años.3 Ello es especialmente cierto en el caso de EE. UU., donde la concentración –medida a través del índice Herfindahl-Hirschman– ha aumentado en el 75% de los sectores desde el año 2000,4 mientras que en Europa los resultados varían en función del país analizado.5

    En segundo lugar, cada vez encontramos más superestrellas en más regiones. Como muestra el mapa adjunto, gran parte de las 500 empresas más grandes del mundo –según el ranking para 2018 de la revista americana Fortune– tienen su sede en países avanzados, pero los países emergentes concentran ya cerca del 30% de estas megaempresas. Puede parecer poco, pero, en 2005, solo el 7% de estas superempresas tenían su sede en economías emergentes.

    Y, en tercer lugar, aunque este fenómeno es particularmente marcado en sectores intensivos en conocimiento –como el tecnológico–, hoy en día encontramos superestrellas en cada vez más sectores. En este sentido, el economista del MIT David Autor y sus coautores6 concluyen que en EE. UU. el fenómeno ya se da de forma generalizada en la mayoría de sectores, mientras que otros estudios recientes también muestran que, a nivel global, podemos encontrar superestrellas en cada vez más sectores económicos.

    ¿Qué caracteriza a estas empresas?

    Las superestrellas se distinguen, en primer lugar, por ser más globales. De hecho, la evidencia sugiere que en las últimas dos décadas estas empresas han expandido rápidamente sus inversiones globales y sus ventas al extranjero. Concretamente, según datos de Naciones Unidas, las empresas más grandes han aumentado considerablemente la proporción de ventas al resto del mundo (de cerca del 55% del total en 1995 al 70% en 2015) y la proporción de sus activos en el extranjero (de cerca del 47% del total de activos en 1995 a algo más del 65% en 2015).7

    Asimismo, estas empresas superestrella son digitalmente más maduras y tienden a invertir intensivamente en activos intangibles, como la propiedad intelectual y el capital humano y organizativo.8 Así estas empresas destacan por sus buenas prácticas organizativas y de gestión, lo que en muchos casos se refleja en su habilidad para seleccionar y ejecutar

  • Superestrellas, competencia y consecuencias

    Clàudia Canals

    En los últimos 20 años, la concentración empresarial se ha incrementado de forma muy destacable. Muchos mercados están dominados por unas pocas empresas de gran tamaño (las llamadas superestrellas). Este nuevo entorno empresarial tiene implicaciones económicas y sociales relevantes que no pueden ser ignoradas a la hora de diseñar las políticas públicas de regulación y competencia.

    Ante este fenómeno, en los últimos años, varios economistas han empezado a estudiar el fenómeno de las superestrellas y sus consecuencias en términos de eficiencia y equidad. No obstante, al ser un fenómeno relativamente reciente, las conclusiones a las que se ha llegado todavía no son definitivas. De hecho, hay una cuestión esencial en el análisis de este fenómeno sobre la cual todavía no hay consenso, y es que no todos ellos consideran que este nuevo contexto empresarial de mayor concentración haya comportado una disminución de la competencia en los mercados de bienes y servicios. Así, por ejemplo, John Van Reenen, economista del MIT y experto en innovación y productividad, opina que la preocupación ante el poder de las grandes empresas y su impacto sobre el dinamismo en los mercados es algo prematura. Concretamente, Van Reenen y otros de sus colegas, como David Autor, argumentan que el nivel de competencia no ha ido a menos, sino que elementos como la globalización, las nuevas tecnologías o los efectos de red han cambiado la naturaleza de la competencia generando sectores o industrias donde cada vez es más frecuente la situación en la que «el ganador se lo lleva todo» (winner-take-all), o «casi todo». Y, contrariamente a lo que se postula, el éxito de estas pocas empresas es el resultado de una fuerte competencia en el sector que termina con solo unas pocas en la cúspide (véase el primer artículo de este Dossier).

    Con la finalidad de saber si ha habido cambios en la intensidad competitiva de los mercados, distintos estudios van más allá de las medidas estándar de concentración y tratan de medir el nivel de competencia de forma directa mediante la evolución de los márgenes de beneficio (o mark-ups, ratio entre el precio y el coste marginal), que determinan hasta qué punto el precio excede el coste marginal. Así, bajo competencia perfecta, esta ratio debería situarse cerca de 1, mientras que valores muy por encima de 1 pueden ser indicativos de un elevado poder de mercado por parte de las empresas. En este sentido, con una muestra de 70.000 empresas de 134 países, De Loecker y Eeckhout1 documentan aumentos considerables en los márgenes de beneficios a nivel mundial desde 1980: de una ratio del 1,1 en la década de los ochenta al 1,6 en la actualidad (véase el primer gráfico). Ello es especialmente relevante en el caso de EE. UU. donde, además, se observa un aumento generalizado en todos los sectores, debido, en gran medida, a incrementos en los márgenes de aquellas empresas que en un principio ya tenían unos márgenes más elevados.2 De este modo, concluyen que la presión competitiva ha ido a menos.

    En un mundo con baja competencia, las empresas se enfrentan en menor medida a la entrada de nuevos adversarios, por lo que no tienen la necesidad de invertir e innovar con el mismo empeño que en un mundo con elevada competencia. En otras palabras, un entorno de menor competencia disminuye los incentivos a la inversión y a la innovación, lo que, en última instancia, tiene consecuencias negativas sobre la productividad.3 Según estudios recientes de Thomas Philippon y Germán Gutiérrez, economistas de la Universidad de Nueva York,

  • Las consecuencias del nuevo entorno de condiciones financieras: entramos en terreno inexplorado

    La política monetaria en la encrucijada

    Tal y como hemos observado en el primer artículo de este Dossier, todo apunta a que los tipos de interés se mantendrán en niveles relativamente bajos en los próximos años. En este contexto, es de esperar que los bancos centrales pierdan margen de acción si continúan operando con las herramientas tradicionales. De hecho, diversos estudios (véase el primer gráfico) muestran cómo los menores tipos de interés conllevarán que las autoridades monetarias se topen con el límite inferior del 0%1 con mucha mayor frecuencia. Por ejemplo, dos macroeconomistas del Sistema de la Reserva Federal, Michael Kiley y John Roberts, estiman que con un tipo de interés nominal del 3% a largo plazo (magnitud muy razonable con un objetivo de inflación del 2% y un tipo natural en torno al 1%), un 40% del tiempo los tipos nominales en EE. UU. se deberían emplazar en el 0%.2 ¿Cómo deberá afrontar la política monetaria este reto sin parangón y cuáles son las consecuencias para el escenario macroeconómico?

    Como dijo el mítico jugador de béisbol Yogi Berra: «Es difícil hacer predicciones... especialmente sobre el futuro». Sin embargo, podemos empezar por apuntar lo que no se debe o no se puede hacer. Así, diversos estudios muestran que seguir reglas monetarias simples como la famosa regla de Taylor no es factible en un entorno con bajos tipos de interés natural y baja inflación, dado que esta regla aconsejaría a menudo fijar tipos netamente por debajo del 0%. En concreto, Kiley y Roberts estiman que con un tipo de interés nominal del 3% a largo plazo, si se siguiera una regla de Taylor que excluyera la posibilidad de fijar tipos negativos, el PIB se situaría en el promedio a lo largo del tiempo claramente por debajo del potencial (output gap entre –1,1% y –2,3%) y la inflación estaría por debajo del objetivo del 2% (entre 0,1% y 1,2%). En otras palabras, la política monetaria debe encontrar vías para evitar que este entorno macrofinanciero provoque desviaciones muy significativas de la inflación y el PIB respecto a los objetivos.

    ¿Cuáles son las cartas que pueden jugar los bancos centrales? Se han planteado dos grandes vías de acción. Una opción es mantener el tipo de interés como herramienta principal y redefinir el objetivo del banco central. La alternativa es mantener el objetivo (típicamente, inflación alrededor del 2% a medio plazo) e incorporar nuevos instrumentos de política monetaria, que ha sido la senda que se ha seguido tras la crisis financiera de 2008.

    De mantener el tipo de interés de referencia como herramienta principal, el banco central puede ganar margen si aumenta sus objetivos de inflación. Así, el aumento de la inflación permitiría alcanzar tipos de interés reales negativos y situaría el tipo de interés nominal por encima de cero. En esta línea, destacan tres opciones: fijar un objetivo de inflación mayor, fijar el objetivo en términos del nivel de precios o fijar el objetivo en términos del nivel del PIB nominal. Cada una de estas tres opciones presenta distintas ventajas,3 pero ninguna de ellas es plenamente convincente en la capacidad de conseguir el objetivo fijado, con la consiguiente posible pérdida de credibilidad del banco central. Un buen ejemplo de ello es el caso de Japón, en el que su banco central hace años que intenta alejar sin éxito su economía del riesgo de deflación, pero no lo logra debido a que las expectativas de inflación se ajustan de forma lenta e incompleta a los nuevos objetivos

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