Compartir: 

Nos encontramos en la fase madura del ciclo económico. Lejos quedan los años de la crisis económica global, cuando nos vimos obligados a revisar las previsiones de crecimiento continuamente a la baja hasta valores que nunca habíamos imaginado. También empiezan a quedar algo lejos los primeros años de recuperación cuando, imbuidos del pesimismo que acabó generando la recesión, nos costó confiar en la capacidad para sobreponernos a las dificultades, y las sorpresas al alza fueron recurrentes e importantes.

Es cierto que el ritmo de crecimiento de las principales economías está aminorando y que en los últimos trimestres este ha sido algo inferior al que esperábamos. Pero ello, en gran medida, ha sido debido a la incertidumbre provocada por las tensiones comerciales entre EE. UU. y China y al errático proceso de salida del Reino Unido de la UE. Aunque los dos frentes distan de estar resueltos, parece que han entrado en una nueva fase. El acuerdo alcanzado entre EE. UU. y China y la ratificación por parte del Parlamento británico del acuerdo de salida del Reino Unido de la UE hacen pensar que, de ahora en adelante, el tono será más constructivo en ambos casos.

Así, con estos frentes algo más despejados, es de esperar que en las principales economías el ritmo de avance se consolide en los niveles propios de la fase madura del ciclo, momento en el que son determinantes los factores de fondo como la demografía y el crecimiento de la productividad. Esto es, a grandes rasgos, lo que reflejan las previsiones de las principales casas de análisis, incluidas las de CaixaBank Research, y también los últimos indicadores.

En EE. UU., por ejemplo, el ritmo de avance de la actividad prosigue su proceso gradual de desaceleración. Durante los últimos años, el crecimiento ha sido anormalmente elevado si tenemos en cuenta que la expansión ya se ha prolongado durante un decenio. Ello fue debido al fuerte impulso fiscal que llevó a cabo la Administración Trump en 2018 y 2019. En cambio, los indicadores de actividad más recientes sugieren que el avance del PIB se situó alrededor del 2,2% interanual en el 4T 2019, un nivel claramente inferior al 2,9% registrado en 2018, pero más en consonancia con la capacidad de crecimiento a largo plazo de la economía americana, que seguramente se sitúa por debajo del 2,0%. A pesar de la desaceleración del ritmo de actividad, merece la pena destacar que la economía de EE. UU. sigue creando empleo a muy buen ritmo: en noviembre, se generaron 266.000 puestos de trabajo y la tasa de paro se mantuvo en el 3,5%, un mínimo histórico. En este contexto, es natural que la Fed haya puesto un alto en el camino y no se plantee más bajadas de tipos en los próximos trimestres.

En China, los indicadores de actividad son relativamente satisfactorios y siguen alejando los temores a que se produzca un aterrizaje brusco de la economía, que se acentuaron con el impacto de las tensiones comerciales sobre su sector exterior. Hasta la fecha, las autoridades están llevando a cabo una difícil pero acertada gestión de la política monetaria y fiscal, y han conseguido amortiguar el impacto de la caída de las exportaciones. Así, la economía sigue su proceso de desaceleración hacia cotas más sostenibles a largo plazo de forma gradual.

También en el Viejo Continente se están alejando los peores augurios. Los últimos indicadores de actividad apuntan a que la eurozona cerró 2019 con un ritmo de avance del 0,9% interanual, un registro pobre, y algo por debajo de su crecimiento potencial, debido a las dificultades que atraviesa el sector industrial (en especial el sector del automóvil), al impacto indirecto de las tensiones comerciales entre EE. UU. y China sobre el sector exterior europeo, y al brexit. Sin embargo, la resiliencia del sector servicios y del consumo nos permite ser moderadamente optimistas.

En definitiva, parece que el contexto macroeconómico, sin ser extraordinario, puede ser relativamente favorable en los próximos trimestres –siempre y cuando la geopolítica no nos dé más sustos–. Sin duda, son tiempos propicios para que la política económica ponga las luces largas y afronte con decisión los retos del futuro, como el cambio climático, el tecnológico y el demográfico. Las economías y las empresas que sepan aprovechar el momento para pensar estratégicamente y recomponer sus fuerzas serán las que podrán afrontar con mejores garantías los momentos difíciles cuando lleguen. Nos encontramos en la fase decisiva del ciclo.

Oriol Aspachs

Director de Estudios

Compartir: