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Todos llevamos un entrenador dentro. Piensa, por ejemplo, en lo que sentiste la última vez que viste perder a tu equipo. ¡Hace años que se tenía que haber vendido! ¡Hay que buscar un revulsivo en el banquillo! Son expresiones que todos hemos oído, si es que no las hemos jaleado nosotros mismos alguna vez.

Con la economía, durante años, ha pasado algo similar, aunque normalmente con menos pasión. ¡Todo es culpa de los recortes! ¡Está clarísimo que el BCE debería bajar más los tipos de interés! ¿Quién no se ha puesto el traje de ministro o ministra de Economía para soltarle a sus amigos un recetario con el que arreglar su país, o el mundo entero, en un par de días?

Sin embargo, mientras el atuendo de entrenador nos lo seguimos poniendo con asiduidad, el de ministra de Economía cada vez hay menos personas lo suficientemente valientes, o temerarias, que quieren ponérselo en el contexto actual.

Los datos conocidos durante las últimas semanas han confirmado que el escenario de desaceleración del crecimiento a nivel global, que no de recesión, continúa según el guion previsto. En EE. UU., el PIB avanzó un 2,0% interanual en el 3T; en China, un 6,0%, y en la eurozona, el ritmo de avance se quedó en un modesto 1,1%. Todas estas cifras están en línea con lo esperado, pero dibujan una clara tendencia a la baja que genera preocupación. El desconcierto aumenta cuando nos preguntamos: ¿cuál debe ser la respuesta de política económica en este contexto? He aquí la pregunta fatídica, ya que las opciones de política económica tradicionales ahora no parecen muy adecuadas.

La herramienta que se ha utilizado de forma más habitual en los últimos años ha sido la política monetaria, pero se trata de un recurso que ya se ha exprimido al máximo y el apoyo que puede ofrecer ahora es relativamente limitado.

El BCE, por ejemplo, se ciñó, en su reunión de octubre, a cimentar la expectativa de que los tipos de interés se mantendrán muy bajos durante mucho tiempo. Y es que el estímulo económico que generarían nuevas bajadas de los tipos sería mínimo. Nótese, sin embargo, que si los tipos de interés se mantienen tan bajos durante mucho tiempo, se pueden acabar generando burbujas en los precios de los activos financieros o inmobiliarios y problemas de estabilidad financiera. Esta es una advertencia que el Banco Internacional de Pagos ya ha hecho en repetidas ocasiones.

La Fed, que subió con más decisión los tipos de interés durante la recuperación económica, ahora tiene más margen para apoyar la economía estadounidense. En octubre, bajó el tipo de interés de referencia por tercera vez en lo que va de año, y es muy probable que en los próximos meses lleve a cabo algún recorte adicional. De todas formas, con el tipo de interés en el 1,75%, el recorrido a la baja también es menor que en ciclos previos.

La política fiscal clásica, que persigue estimular la demanda con una rebaja de impuestos o un aumento del gasto corriente, tampoco parece que pueda ofrecer mucho apoyo. La deuda pública se mantiene en niveles no vistos en décadas en la mayoría de los países desarrollados (Alemania es la gran excepción). Es cierto que, gracias a que los tipos de interés están en niveles tan bajos, el esfuerzo financiero que debe hacer el sector público para pagar la deuda sigue siendo contenido. Pero la prudencia debe ser máxima, ya que cambios en el entorno que hagan reevaluar el riesgo país, como pasó en Italia, pueden poner en aprietos a las finanzas públicas. Además, como hemos visto en EE. UU. con el impulso fiscal que llevó a cabo la Administración Trump en 2018, este tipo de medidas pueden aumentar de forma notable el ritmo de crecimiento, pero el efecto es temporal. Cuando este se diluye, la economía se vuelve a desacelerar y acaba con un nivel de deuda pública más elevado.

Tampoco las llamadas políticas de oferta, como una mayor flexibilización de los mercados, parecen de fácil aplicación en el contexto actual. En general, este tipo de medidas pueden aumentar la capacidad de crecimiento de una economía a medio plazo, pero suelen acarrear costes económicos y sociales a corto plazo. Y es que la mayor eficiencia económica que se consigue se puede traducir, como mínimo de forma temporal, en un aumento del desempleo y en dificultades para las empresas menos competitivas. Ciertamente, hay ámbitos que deben seguir explorándose, como la reducción de impedimentos al crecimiento de las empresas o las medidas que promuevan la contratación a tiempo indefinido. Pero, en un momento de elevada polarización social y fuerte alza de los llamados partidos populistas, la implementación de políticas de oferta de forma generalizada es muy arriesgada.

Y entonces, ¿qué podemos hacer para estimular la economía a corto plazo? ¡Un impulso inversor! Hay tres ámbitos en los que hay un amplio consenso en el hecho de que es necesario y posible realizar un notable esfuerzo inversor: infraestructuras (especialmente en EE. UU. y Alemania), digitalización y economía circular (por favor, lee el Dossier de este Informe Mensual si aún no estás convencido). El papel del sector público es crucial en fomentar que los recursos de los que disponemos vayan dirigidos a estos ámbitos y, para conseguirlo, no necesariamente se debe aumentar el gasto público de forma significativa. Hay que ser creativo, pensar en una combinación de impuestos e incentivos fiscales que se ajuste mejor a las nuevas prioridades y diseñar un marco regulatorio que facilite la movilización de recursos hacia estos objetivos. Aunque puedan parecer palabras grandilocuentes, con poco contenido, si lees los artículos que hemos ido escribiendo sobre estos temas en las páginas del Informe Mensual, encontrarás medidas concretas. Todavía queda un revulsivo en el banquillo de los economistas.

Oriol Aspachs

Director de Estudios

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