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El contagio del COVID-19 por los cinco continentes y el elevado grado de incertidumbre sobre sus implicaciones económicas ya han tenido un claro reflejo en el ámbito financiero, que ha experimentado un fuerte repunte de la volatilidad. Los datos de actividad económica todavía son escasos, pero todo apunta a que el impacto del coronavirus, a pesar de que muy probablemente será temporal, no será nada despreciable.

Los mercados financieros han experimentado un episodio de fuerte aversión al riesgo, con un movimiento de los flujos de capital hacia los activos refugio como el dólar, la deuda soberana de EE. UU. y Alemania, y un duro castigo sobre aquellos activos más vinculados al ciclo económico, como las bolsas. El precio del barril de Brent se abarató más de un 10% en el conjunto del mes, empujado, además, por la rebaja de las previsiones de demanda de petróleo elaboradas por la OPEP. En el mercado de divisas, la aversión al riesgo y la incertidumbre sobre el desempeño de la actividad en las economías emergentes aceleró la depreciación de sus divisas, estrechamente vinculadas a la evolución de sus exportaciones de materias primas.

En este contexto, las miradas se tornaron rápidamente hacia los bancos centrales que, como es habitual en este tipo de situaciones, son las instituciones que reaccionan con más celeridad. Así, en una reunión extraordinaria, la Fed redujo el tipo de interés de referencia en 50 p. b. y dejó entrever que es muy probable que lo vuelva a reducir en los próximos meses. El tipo de interés sobre los treasuries cayó a niveles mínimos históricos. Además, la curva soberana volvió a invertirse y el tipo a 10 años llegó a situarse claramente por debajo del tipo a 3 meses, un hecho que tradicionalmente ha anticipado la entrada de EE. UU. en recesión en el año siguiente. Por otra parte, las cotizaciones financieras también adelantan que el BCE llevará a cabo algunos ajustes en su política monetaria, aunque de menor enjundia, dado que el margen del que dispone es mucho más limitado. De hecho, es probable que centre el grueso del apoyo en medidas que garanticen una liquidez todavía más abundante, con el objetivo de evitar que el coronavirus ponga en dificultades a empresas solventes, pero que, por disrupciones en la cadena productiva o una caída temporal de la demanda, tengan problemas de liquidez.

En el ámbito macroeconómico, los datos disponibles son todavía limitados, pero la recuperación económica que se empezaba a entrever hasta hace poco ha quedado temporalmente en entredicho. Los indicadores de actividad global del mes de enero dibujaban una cierta aceleración de la economía global, pero estos han quedado totalmente ensombrecidos por la histórica corrección que han sufrido los indicadores de actividad chinos en febrero. Así, por ejemplo, los índices PMI de servicios y de manufacturas descendieron hasta mínimos históricos y apuntan a una contracción de la economía en el primer trimestre.

En las economías avanzadas, los datos disponibles todavía no recogen el impacto del COVID-19, ya que el contagio se ha producido más recientemente, y está siendo mucho menos severo que en China. De hecho, el PIB de EE. UU. nos recuerda que la economía estadounidense se encontraba en muy buena forma a finales de 2019, ya que cerró el 4T con un avance del 2,3% en términos interanuales a pesar de las medidas proteccionistas y las tensiones comerciales que se produjeron con China. En cambio, la eurozona despidió el pasado año con un ritmo de avance muy modesto, lo que la sitúa en una posición de relativa vulnerabilidad en las vísperas del previsible impacto del COVID-19 en el primer semestre de 2020. Concretamente, la región creció un 0,1% intertrimestral en el 4T 2019, lo que dejó el cómputo global del año en un modesto 1,2%.

En este contexto, la evolución de las economías española y portuguesa sigue siendo relativamente favorable. Ambas cerraron el pasado año con un ritmo de crecimiento claramente superior al de la mayoría de los países europeos, aunque también es de esperar que en los próximos meses se vean afectadas por el repunte de la incertidumbre y la ralentización de la economía mundial. Además, en ambos países, el sector turístico, uno de los más afectados por la situación generada por el COVID-19, tiene un elevado peso en su economía. El sector sufrirá, aunque también es cierto que, en este contexto, ambos países pueden volver a ganar atractivo frente a destinos alternativos como Turquía o Egipto, lo que puede ayudar a amortiguar el impacto.

Oriol Aspachs

Director de Estudios

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