Inflación europea: radiografía tras el shock de Oriente Próximo
El conflicto en Oriente Próximo ha elevado la inflación europea a la región del 3% y ha sacado al BCE de su zona de confort. El pasado 11 de junio, el banco central subió tipos y tanto sus últimas comunicaciones como las cotizaciones de los mercados financieros apuntan a que lo volverá a hacer en los próximos meses. La cuestión principal no es el impacto directo del encarecimiento de la energía, sino el riesgo de que se propague al resto de los precios de la economía y desemboque en una inflación demasiado elevada y persistente. ¿Qué nos dicen los datos sobre esta propagación?
Impacto directo relevante
La energía se ha encarecido cerca de un 10% en los últimos meses, empujada por los combustibles, que han sufrido aumentos de precios superiores al 20% inter-anual, mientras que el IPCA de electricidad se ha visto mucho menos tensionado (con una inflación cercana al 3% interanual). Esto ha añadido 1 p. p. a la inflación general de la eurozona y explica, de manera casi total, el cambio de nivel desde febrero (véase el primer gráfico). Aunque las cifras son muy inferiores al estrés sufrido en 2022 (cuando la inflación energética llegó a picos del 40%), las magnitudes son suficientemente relevantes como para propagarse al resto de precios a través de efectos indirectos (encarecimiento de insumos).1 La propagación también podría actuar con efectos de segunda ronda (retroalimentación precios-salarios-beneficios), aunque estos aparecen con rezago y es demasiado pronto para verlos en los datos disponibles.
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Véase el Focus «Tensiones energéticas, inflación y política monetaria en la eurozona», en el IM04/2026.
Impacto indirecto: evidencias mixtas
El desglose detallado del índice de precios ofrece las primeras pistas sobre la extensión de los efectos indirectos hasta el momento. Por un lado, una subdivisión del IPCA en casi 300 productos (véase la tabla adjunta) deja claro que el grueso de la inflación es puramente energético, si bien se identifica cierta propagación en precios de bienes y servicios cuya producción es relativamente intensiva en energía, como los soportes audiovisuales o distintos servicios de transporte.2
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Estos productos se identifican como intensivos en energía a partir del análisis de tablas input-output referenciado en la nota al pie 1.
Por otro lado, si nos centramos en medidas inflacionarias más a tiempo real, como el momentum,3 también se ven algunos indicios de efectos indirectos. En concreto, y como muestra el segundo gráfico, aunque la gran mayoría de bienes y servicios siguen con momentums inferiores al 2,5%, el porcentaje de productos de la cesta núcleo4 con momentums superiores al 4,0% ha pasado del 10% al 25% en lo que va de año.
Otra manera de evaluar los efectos indirectos del shock energético es construir un indicador de inflación que agregue todos aquellos bienes no energéticos y servicios que son más propensos a sufrir la propagación energética. A partir de la intensidad energética de cada sector productivo de la eurozona, que podemos inferir usando tablas input-output, clasificamos todos los bienes no energéticos y los servicios que componen el IPCA en «sensibles» y «no sensibles» a la energía: alrededor de un 30% y un 70% de la cesta núcleo, respectivamente.5 Como muestra el tercer gráfico, en la crisis inflacionista de 2022-2023, el indicador «sensible a la energía» anticipó la tensión y distensión del resto de precios subyacentes. Aunque los movimientos actuales son muy reducidos respecto a 2022-2023, entre febrero y mayo de 2026 la inflación núcleo «sensible a la energía» ha aumentado en 0,4 p. p. mientras la «no sensible» permanecía estable.6
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Reproducimos la metodología de Fagandini et al. (2024), «Decomposing HICPX inflation into energy-sensitive and wage-sensitive items», Boletín Económico del BCE 3/2024, pero usando un desglose del IPCA algo menos detallado (3 dígitos, con 103 partidas) y con los pesos más recientes (2026). Un bien/servicio es «sensible» cuando su intensidad energética (consumos intermedios de energía sobre producción total) es superior a la del promedio de bienes/servicios.
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El índice «sensible» presenta dos dientes de sierra recientes, en abril de 2025 y 2026, que se deben a efectos de calendario relacionados con la Semana Santa (con un significativo efecto base sobre los precios de transporte aéreo de pasajeros y paquetes vacacionales).
Este repaso a distintos cortes del IPCA, que es el índice de referencia y la métrica más relevante para el BCE, muestra algunos efectos indirectos, más bien incipientes (más visibles en el momentum que en variaciones interanuales) y de magnitud limitada. Hay otros indicadores distintos al IPCA que sí hacen más visible la amenaza de los efectos indirectos. Son, sobre todo, indicadores basados en encuestas empresariales como los PMI o los índices de sentimiento de la Comisión Europea: desde marzo, estos indicadores han recogido una presión sostenida sobre los costes de los insumos y sobre las intenciones de subidas de precios a productos finales. Además, los datos de precios de producción de Eurostat también señalan ciertas presiones en bienes de capital (+2,1% en abril vs. 1,6% en enero-febrero), bienes intermedios (3,9% vs. 1,4%) y bienes de consumo duradero (2,7% vs. 2,3%). Por último, la inflación de los alimentos se ha distendido en la eurozona en los últimos meses (del 2,5% en febrero al 1,6% en junio), pero estos precios no están exentos de riesgos a futuro, especialmente por el encarecimiento de insumos clave como los fertilizantes (aunque en junio los precios de fertilizantes cayeron con fuerza tras el acuerdo EE. UU.-Irán).
¿Y el acuerdo EE. UU.-Irán?
A mediados de junio, los precios del petróleo y el gas cayeron con fuerza gracias al memorándum de entendimiento anunciado por EE. UU. e Irán, con el que daban continuidad a la tregua militar y se anunciaba la reapertura del estrecho de Ormuz y una ventana de negociación de 60 días. La incertidumbre geopolítica es elevada, pero, si se mantiene la reacción favorable de los mercados, se podría reducir significativamente la amenaza inflacionista del conflicto: según los futuros cotizados a finales de junio para el petróleo y el gas, el impacto directo de la energía sobre la inflación general de la eurozona en 2026 podría reducirse en cerca de un 30% (véase el último gráfico).7 Incluso bajo estas sendas de futuros favorables, la inflación de la eurozona podría estar cerca del 3% en el promedio de 2026, pero lo haría estando «algo por debajo» en vez de «algo por encima». Y, de la mano de un menor riesgo de escenarios adversos, se reducirían también los riesgos de una propagación intensa al resto de precios e incrementaría la confianza en el retorno al 2% a lo largo de 2027.
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Este impacto directo se estima a través de regresiones lineales que trasladan los futuros del petróleo y del gas al IPCA de combustibles y lubricantes y al IPCA de energía excluidos los combustibles, respectivamente.