La gran empresa

En España sigue habiendo pocas empresas grandes, sobre todo si lo comparamos con los principales países desarrollados. Sin lugar a duda, este es uno de los principales motivos por los que la productividad de la economía española sigue siendo relativamente baja.

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Sería muy beneficioso para el conjunto de la población que hubiera más empresas grandes. Hace años, si no décadas, que muchos economistas intentan convencer a empresarios y a responsables de diseñar la política económica de que se deben llevar a cabo acciones para estimular el crecimiento empresarial. Cuentan con el apoyo abrumador de la evidencia empírica, pero la empresa que los economistas han intentado llevar a cabo no ha dado resultados. En España sigue habiendo pocas empresas grandes, sobre todo si lo comparamos con los principales países desarrollados. Sin lugar a duda, este es uno de los principales motivos por los que la productividad de la economía española sigue siendo relativamente baja. Dicho de otra forma, este es uno de los principales motivos por los que el PIB per cápita, o el poder de compra de muchos españoles, se mantiene alejado de los países de referencia. Lo que no han conseguido los economistas, ¿lo conseguirá la COVID?

Permítanme apuntar brevemente la relación entre tamaño empresarial y productividad. La proporción de empresas grandes en una economía es relevante porque estas suelen ser mucho más productivas. En cifras: las ventas por ocupado en las empresas de más de 250 trabajadores son más del doble que en las de menor tamaño. Este es un patrón que observamos de forma generalizada en todos los países desarrollados. El nivel de productividad es similar en empresas de igual tamaño. Lo que cambia es el peso que tienen las unas y las otras en cada país. Por ejemplo, en España solo un 0,13% de las empresas tiene más de 250 trabajadores, mientras que en Alemania esta cifra es 0,3 p. p. superior. La diferencia parece pequeña, cierto, pero el impacto que ello tiene en la distribución del empleo y en la producción es de primer orden. En Alemania la proporción de personas que trabajan en empresas grandes es 10 p. p. superior, con todo lo que ello conlleva en términos de productividad a nivel agregado.

Las empresas de mayor tamaño son más productivas, en parte, porque son las que mejor han sabido adaptar su estructura a las necesidades de sus clientes. Ya eran más productivas cuando eran pequeñas, y gracias a ello han crecido. Pero, además, el mayor tamaño les ha permitido explotar las economías de escala y, por tanto, mejorar todavía más su productividad. Gracias al mayor tamaño también pueden invertir más en innovación, tanto tecnológica como en activos intangibles, y pueden formar a sus trabajadores y ofrecerles unas condiciones laborales mejores. El empleo suele ser de mayor calidad (por ejemplo, la proporción de contratos indefinidos es claramente superior), y la remuneración es sustancialmente más elevada (un 50% superior respecto a las empresas más pequeñas).

Decía, ¿la COVID actuará como catalizador para que haya una mayor proporción de empresas grandes? Es probable. Había tres factores latentes que empujaban en esta dirección antes de la pandemia, y que se han acelerado durante los últimos meses. Primero, la digitalización de las empresas. El enorme esfuerzo inversor que ello supone en algunos sectores, como el bancario, actúa como dinamizador de la concentración a nivel sectorial. La digitalización de los canales de venta también multiplica el mercado potencial al que pueden acceder las empresas. Lo hemos constatado durante la pandemia con las pymes que han impulsado el canal de ventas on-line para amortiguar el impacto de las restricciones. Una vez estas se han relajado, las ventas por este canal siguen creciendo a doble dígito.

La estructura de las empresas globales es probable que también cambie en los próximos años, y que ello exija un mayor tamaño empresarial. La pandemia ha puesto de manifiesto la importancia de tener una estructura productiva más resiliente, lo que seguramente pasará por diversificar geográficamente los centros de producción y, al mismo tiempo, intentar acercarse al máximo al cliente final. En definitiva, una estructura más compleja que probablemente requerirá un tamaño de empresa más elevado para poderlo llevar a cabo de forma óptima.

Finalmente, la pandemia también ha aumentado el nivel de exigencia de los distintos stakeholders de las empresas. Por ejemplo, los clientes, los trabajadores, los inversores, y en algunos sectores también la regulación, cada vez son más exigentes en materia medioambiental. Las necesidades de inversión que en muchos sectores ello acarreará también es probable que presione al alza el tamaño óptimo para operar.

Estos son solo algunos ejemplos de fuerzas que hace años que operan, pero que la pandemia ha acelerado. El entorno financiero, y también el hecho de que durante la pandemia las grandes empresas han resistido mucho mejor la crisis, son factores que dan un impulso adicional al aumento del tamaño empresarial. Un claro reflejo de todo ello es el número y el volumen de operaciones de fusión y adquisición de empresas, que se encuentra en máximos históricos a nivel global.

En este contexto, el Gobierno acaba de aprobar la Ley Crea y Crece que, entre otras cosas, tiene como objetivo mejorar el entorno regulatorio para favorecer el crecimiento empresarial. Para conseguirlo, es imprescindible asegurarse de que en materia laboral, fiscal o contable no se producen cambios sustanciales en los costes de las empresas al superar determinados umbrales (como el número de trabajadores o el volumen de facturación). A veces, actuaciones que persiguen un objetivo deseable (por ejemplo, ayudar a las empresas más pequeñas) pueden tener efectos contraproducentes. Y aquellos que afectan al crecimiento empresarial acaban siendo muy perjudiciales para el conjunto de la población.

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