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UE y China: mapas de una interdependencia estratégica

El estallido de la pandemia en 2020, y más recientemente la guerra en Ucrania, ha acelerado la tendencia de desacoplamiento entre Estados Unidos y China, a la que parece que se ha unido Europa, aunque de forma tímida, de momento. Analizamos la dependencia de la UE de China para entender si es posible, o incluso deseable, una autonomía estratégica europea.

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La aspiración de China a convertirse en una potencia económica, militar y geopolítica global ha generado tensiones ocasionales con los países occidentales desde principios de los 2000. Unas tensiones que culminaron en una fuerte escalada de restricciones comerciales con EE. UU. a partir de 2018 y un proceso de desacoplamiento entre ambas potencias. El estallido de la pandemia en 2020, y más recientemente la guerra en Ucrania, ha acelerado esta tendencia de desacoplamiento, a la que parece que se ha unido Europa, aunque de forma tímida, de momento.

Encontramos nuevos términos en el discurso político, como «autonomía estratégica», reshoring o nearshoring, en un intento de aumentar la resistencia de las cadenas de suministros y garantizar la seguridad de consumo de productos esenciales frente a shocks de oferta, sean estos de origen sanitario, climático o geopolítico. Sin embargo, ¿es esta anhelada «autonomía estratégica» posible o, incluso, deseable? Para dar respuesta a tal pregunta, en este artículo analizamos la dependencia de la UE de China.

El origen chino de la demanda final europea: 2% 'made in China'

Con el paso del tiempo, China se ha convertido en el principal origen de las importaciones del bloque europeo. En 2020, estas representaban un 22% del total de importaciones brutas totales de bienes de la UE, frente a un 12% de EE. UU. y un 9% del Reino Unido. Esto contrasta con lo que ocurría en el año 2000, cuando apenas un 6% de las importaciones de bienes europeas llegaban de China, muy por detrás del 19% del Reino Unido y del 16% de EE. UU., o incluso del 8% de Japón.1

Los datos de importaciones y exportaciones en términos brutos no permiten valorar de forma precisa el origen de los bienes y servicios que se consumen. En este sentido, la base de datos TiVA (Trade in Value Added) de la OCDE, basada en tablas input-output internacionales, nos ofrece una visión más detallada sobre la integración económica entre China y la UE, permitiendo medir las dependencias reales a nivel de cada país y sector. Al tener identificados el origen y destino exactos de cada bien y servicio transaccionado, podemos así investigar la composición y el origen real de la demanda final y de las exportaciones.2

En términos agregados, los bienes y servicios chinos representan un 2% de la demanda final europea (véase la primera tabla) en los últimos años, un nivel semejante a lo que ocurre en EE. UU., pero inferior a países como Japón o India, cuyas cadenas de valor se encuentran más integradas con China.

  • 1. Según datos del Observatorio de Complejidad Económica (OEC, por sus siglas en inglés). A diferencia de la base de datos TiVA, que utilizamos a continuación, estos solo incluyen el comercio de bienes (es decir, excluyen servicios).
  • 2. Para más detalles sobre la utilización de esta base de datos, véase también el Focus «La dependencia europea de Rusia: una cuestión primaria» en el IM04/2022.
Valor añadido originado en China en la demanda final

Entre la UE y demás países encontramos algunas tendencias transversales a destacar. En primer lugar, esta dependencia con China ha aumentado muy significativamente en las últimas dos décadas y en todos los sectores analizados, tanto de manufacturas como de servicios. En segundo lugar, es evidente que el gigante asiático se ha transformado en una potencia manufacturera global, representando entre un 5% y un 10% de la demanda final del sector de las manufacturas en todo el mundo. En particular, el dominio de la cadena de valor china en los sectores del textil y de la electrónica es incuestionable, llegando a representar más de un 20% de la demanda final de estos sectores en las mayores economías de la UE, 40% en textil en Japón y EE. UU., o más de un 25% en electrónica en India y Rusia.

Deteniéndonos en la evolución dentro de la UE, la integración con China se acentuó en la última década, en particular en sectores más avanzados como la electrónica y la ma­­quinaria, pero también en servicios comerciales o de in­­formación y comunicación.

Esta fuerte integración de China en las cadenas de valor europeas se hace evidente al analizar el creciente peso de los bienes y servicios chinos en el sector exportador europeo (véase la segunda tabla), principalmente en sectores manufactureros tecnológicamente avanzados, lo que indica la capacidad de penetración de los productos intermedios producidos en China en cadenas de producción altamente integradas, como en la electrónica, la maquinaria y los equipos de transporte. Es destacable que las exportaciones españolas de electrónica o las exportaciones francesas de equipos de transporte incorporen una mayor proporción de bienes y servicios chinos que los sectores exportadores nipones correspondientes. Las industrias textiles europeas están también entre las más integradas del mundo con China. Además, en la UE-27, esta integración se aceleró en la última década, al contrario de lo ocurrido, por ejemplo, en EE. UU., donde las exportaciones estadounidenses de productos electrónicos contienen una menor proporción de bienes chinos que hace unos años.

Valor añadido originado en China en las exportaciones

Llegados a este punto, importa también subrayar que, a nivel más desagregado, la dependencia entre países puede ser mucho más importante en ciertos productos específicos. Si a una dependencia significativa de las importaciones de un determinado producto se suma un dominio de mercado del país exportador, el riesgo de disrupciones en las cadenas productivas es más elevado en caso de interrupciones de suministro, por dificultades logísticas o por tensiones diplomáticas.

En este sentido, la dependencia de la UE de China es muy relevante en algunas tierras raras (cruciales para la transición energética), como el manganeso o el escandio, en diversos componentes esenciales para la producción de bienes farmacéuticos, como principios activos y vitaminas, o en componentes electrónicos, tanto finales como intermedios, como lámparas led o imanes permanentes. En todos estos productos, China tiene una cuota de mercado global superior al 50%, llegando a representar un 90% de la producción mundial, en algunos casos.3

  • 3. Véase Comisión Europea (2021). «Strategic dependencies and capacities», Commission Staff Working Document. Véase también Salinas Conte, L. (2021). «La dependencia de China en las cadenas de suministro españolas», Elcano Policy Paper, Real Instituto Elcano.
¿Un acoplamiento sostenible?

En el último Informe Mensual, analizamos el impacto de las actuales tensiones con Rusia, concluyendo que los efectos negativos del desacoplamiento serán particularmente visibles a corto plazo y en economías energéticamente más dependientes de combustibles fósiles. Sin embargo, a medio plazo, y tal y como lo demostraron algunos países en los últimos años, una disminución de la dependencia de materias primas rusas no es imposible, además de ser compatible con una transición energética más rápida y coordinada.

China, no obstante, está mucho más densamente interconectada con la UE, y con el resto de las grandes economías mundiales. En la UE, en particular, esta integración se aceleró en la última década y la cadena de valor china es clave para un largo número de sectores, principalmente en las manufacturas. Además, la economía china ha recorrido en los últimos años un largo camino de creciente especialización tecnológica (véase la tercera tabla), reafirmando así un papel vital en el sistema de comercio global. Como las recurrentes dificultades de aprovisionamiento durante la pandemia lo han demostrado, un desacoplamiento de China traería costes transversales a toda la economía, inasumibles en muchos casos. Al contrario de lo que ocurre con el Green Deal europeo, la posibilidad de alcanzar una «autonomía estratégica» en muchos de estos sectores, a través del reshoring de una parte de la cadena de valor, no está del todo clara. Si se confirma la entrada en una nueva era geopolítica que resulta en un proceso de desglobalización, del juego de inevitables tensiones entre bloques resultarían, con toda probabilidad, más perdedores que ganadores. Asimismo, un acoplamiento durable entre UE y China tendrá que, cada vez más, ser sostenido por una diplomacia sólida. De esta dependerán no solo la economía europea, sino también la política interna, la estabilidad geopolítica global y, porque nunca está de más recordar, la lucha global contra el cambio climático.

Índice de complejidad económica (ECI)
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