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Polarización política

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Dos jóvenes con aerosoles haciendo humear gases de color rojo y de color añil

Las elecciones europeas del próximo 26 de mayo supondrán una prueba importante no solo para la salud del proyecto europeo, sino también para evidenciar el grado de polarización política del Viejo Continente. Se teme por el posible auge de partidos extremistas –euroescépticos, antisistema o ambas cosas a la vez– que cuestionan los mismos principios sobre los que se ha construido la UE.

El fenómeno de la polarización política, que tratamos en el Dossier de este Informe Mensual, se ha extendido por un gran número de países y responde a factores que podríamos denominar de demanda y de oferta. Los factores de demanda serían aquellos que han empujado a una parte del electorado hacia posiciones más extremas. Entre ellos se encuentran, por ejemplo, la larga crisis económica y sus secuelas, el aumento de la desigualdad, la crisis de los refugiados o la sensación de inseguridad provocada por los cambios tecnológicos y demográficos (¿está mi empleo en riesgo? ¿y mi pensión?). Insatisfecha con el statu quo –«el sistema»– y las respuestas de los grandes partidos políticos a estos desafíos, una parte del electorado se ha identificado con opciones más extremas que cuestionan el propio sistema político y económico y pretenden eclipsar los partidos más tradicionales.

Por factores de oferta nos referimos a la aparición de nuevos partidos, o el reforzamiento de antiguos, alejados de la centralidad política. Además, los partidos tradicionales, movidos por los cambios de preferencias de los electores y por la aparición de nuevos competidores, se ven tentados a radicalizar sus discursos y alejarse del centro –un viaje que entraña riesgos, ya que, al fin y al cabo, el grueso de los electores todavía mantiene posiciones en torno al centro–.

Otros cambios en el entorno también han facilitado la polarización de la demanda (los electores) y de la oferta (los partidos). Por ejemplo, las nuevas tecnologías de comunicación, que han disminuido los costes de entrada para nuevos ofertantes. Las redes sociales, por su parte, facilitan la difusión de falsedades que alimentan la polarización social, en parte porque los mensajes llegan, no por casualidad, a quienes son más propensos a darlos por ciertos (validan sus prejuicios) y también más propensos a compartirlos con otras personas de ideología similar. El efecto eco y el confort de sentir que uno piensa como muchos otros contribuyen a la polarización.

La polarización comporta costes importantes. Produce, por ejemplo, un deterioro de la cohesión social al disminuir la población con una visión mínimamente compartida de los grandes desafíos de la economía y la sociedad y de las alternativas para darles respuesta. Esta fractura social hace más difícil alcanzar grandes consensos para llevar a cabo reformas que ofrezcan respuestas a los desafíos existentes –porque la fragmentación política lo impide y porque los partidos centristas tienen menos incentivos a pactar entre ellos ante el temor de perder terreno por los flancos extremos–. La ausencia de consensos y de reformas, a su vez, acaba empeorando la situación económica y provoca un aumento de la inestabilidad política, factores que retroalimentarían las opciones extremas.

Ahí radica precisamente la dificultad para frenar y revertir la polarización política. Porque, para ello, es esencial llevar a cabo reformas para dar respuesta a los grandes desafíos de la actualidad. La construcción de grandes consensos requiere liderazgos fuertes, empatía con el que piensa distinto, pedagogía con los electores y, por descontado, sentido de la responsabilidad. Quizás es mucho pedir, pero es lo que demandan tiempos complejos como los que vivimos.

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