Dossier


  • Educación y la economía del futuro

    Clàudia Canals

    La tecnología es un elemento capital en el aumento de los estándares de vida de las personas: gracias a ella, vivimos más tiempo y con más salud que en el pasado, trabajamos menos horas y disfrutamos de caprichos que ni nuestros abuelos se hubieran podido imaginar. Y, a pesar de ello, todavía nos asustan los efectos que las máquinas del futuro puedan tener en nuestras vidas. El motivo es que a pesar de los claros beneficios de la tecnología, su adopción puede conllevar unos costes importantes a corto y medio plazo.

    Estos costes podrían ser más importantes en la etapa de revolución tecnológica actual. El big data, la inteligencia artificial o la nueva era de la robótica hiperconectada podrían ser transformaciones más disruptivas que las ocurridas en las anteriores tres olas innovadoras del pasado.1 A modo ilustrativo, numerosos estudios empíricos proporcionan estimaciones sobre los posibles puestos de trabajo afectados o perdidos por la nueva ola de automatización. Incluso los más conservadores dan resultados considerables: entre un 10% y un 50% de los trabajadores actuales a nivel mundial se verían sustancialmente afectados.2

    Las instituciones como potenciadoras de los beneficios y atenuadoras de los costes

    Daron Acemoglu, experto en economía política del MIT, y Andrew G. Haldane, economista jefe del Banco de Inglaterra, consideran que los avances tecnológicos (o «ideas» en palabras de Haldane) necesitan de otro ingrediente para ser capaces de impactar de forma sustancialmente positiva y duradera sobre el crecimiento económico: las instituciones que tengan como objetivo potenciar los beneficios de los avances tecnológicos, pero también atenuar sus costes.3

    En la medida que esta nueva revolución industrial marcada por la economía digital tiene el potencial de ser enormemente disruptiva, nuestras instituciones necesitarán incorporar cambios también disruptivos en la mayoría de sus ámbitos: educativo, laboral, fiscal o regulatorio, entre otros (véase «La revolución de los datos: competencia y uso responsable» en este mismo Dossier para la regulación en el marco de la competencia).

    La tabla que sigue es un resumen de algunas necesidades y propuestas de cambio en el ámbito educativo y laboral. En el resto del artículo nos centraremos en detalle en el ámbito educativo.

    Educar en lo creativo, lo social y lo emocional... sin olvidar los conocimientos... y a lo largo de la vida

    El sistema educativo es una de las instituciones que necesitará llevar a cabo mayores cambios. La adquisición de conocimientos vendrá marcada por dos tendencias globales: la demografía y la naturaleza de la revolución tecnológica. Aunque el foco de atención de este artículo es el de la revolución tecnológica, la prolongación de la esperanza de vida comportará, seguramente, un alargamiento de nuestras vidas laborales, por lo que aprender a lo largo de la vida será imprescindible.

    Centrándonos en la segunda tendencia, la de la naturaleza de la revolución, en un mundo de «máquinas pensantes», los trabajadores del futuro deberán tener un mayor equilibrio entre conocimientos, creatividad y habilidades sociales y emocionales:

    Las máquinas serán capaces de solucionar un gran número de problemas, pero la solución de problemas complejos todavía será terreno de los humanos. El pensamiento abstracto y creativo será esencial en la solución de estos problemas complejos.

    Un ejemplo de ello lo podemos encontrar en el enfrentamiento entre el superordenador AlphaGo y el gran maestro del complicadísimo juego Go, Lee Sedol. Aunque en el total de las cinco partidas disputadas, AlphaGo salió vencedor,

  • Un impulso digital a la productividad, ¿pondría fin a los bajos tipos de interés?

    El entorno de bajos tipos de interés en el que se encuentran las principales economías avanzadas refleja transformaciones económicas profundas.1 Como hemos visto recientemente,2 el grueso de los estudios señala que la demografía es la más importante de estas fuerzas y, probablemente, el envejecimiento de la población seguirá pesando sobre los tipos de interés en las próximas décadas. Frente a este lastre, el futuro de la productividad es una de las claves para impulsar al alza los tipos de interés. Veamos cómo y con qué condicionantes.

    La productividad y los tipos de interés

    Los tipos de interés y el crecimiento de la productividad tienen una relación estrecha: en tanto que fuente principal de crecimiento económico a largo plazo, la productividad determina la medida en la que aparecen nuevas oportunidades de inversión o necesidades de ahorro. De este modo, un menor crecimiento de la productividad presiona los tipos de interés a la baja por dos grandes razones:

    Desde el punto de vista de los consumidores, la perspectiva de un menor crecimiento de los salarios y los ingresos familiares induce un aumento del ahorro, lo que tiende a reducir los tipos de interés.

    Desde el punto de vista de las empresas, una reducción de las oportunidades de inversión deprime la demanda de crédito y, por lo tanto, presiona a la baja los tipos de interés.

    Así, no es de extrañar que, como se observa en el primer gráfico, la desaceleración de la productividad haya ido de la mano de un declive sostenido de los tipos de interés en los últimos 30 años en las principales economías avanzadas.

    De cara al futuro, hay un debate sobre la evolución de la productividad entre pesimistas y optimistas de las nuevas tecnologías. Por un lado, los pesimistas enfatizan el bajo crecimiento de la productividad de los últimos años y su tendencia a la baja en las pasadas décadas. Por otro lado, los optimistas señalan la multitud de avances tecnológicos relacionados con la automatización y la llamada Cuarta Revolución Industrial, y apuntan a que los bajos crecimientos observados se explican tanto por problemas de medida como por el tiempo de transición necesario para que los avances se difundan al conjunto de la economía.

    Este debate, que resumimos en la tabla, difícilmente se resolverá en el futuro inmediato. Si lo hace a favor de los pesimistas, la debilidad de la productividad se sumará a la demografía como lastre sobre los tipos de interés. Pero ¿qué pasaría si las tecnologías digitales reimpulsaran la productividad?

    El impacto de un reimpulso (digital) de la productividad

    Como hemos visto, un mayor dinamismo de la productividad empujaría los tipos de interés al alza en la medida en la que se traduzca en:

    Un crecimiento de los salarios y los ingresos de las familias, que resta presión a la necesidad de ahorrar.

    Un aumento de las oportunidades de inversión para las empresas, que las lleva a aumentar su demanda de crédito.

    Sin embargo, hay distintos elementos relacionados con las nuevas tecnologías que pueden frenar estas dinámicas.

    Fallos de mercado

    Por un lado, pueden existir elementos que impidan aprovechar todo el potencial de las nuevas tecnologías y que limiten el empuje sobre la productividad y, por lo tanto, sobre los tipos de interés. En este sentido, la presencia de «fallos

  • Economía digital: el reto de medir una revolución tecnológica

    Àlex Ruiz

    La economía digital, o nueva economía, se nos ha hecho mayor. Las estadísticas que, como después veremos, tantos problemas tienen para captar la extensión de la digitalización, sí han sido capaces al menos de detectar con claridad el «núcleo duro» de dicho proceso, es decir, la difusión de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) desde mediados de la década de los noventa. Y, sin embargo, siguen existiendo grandes dificultades para medir la digitalización en su plena extensión, principalmente porque parte de ella (quizás la mayor parte, de hecho) queda fuera de los intercambios de mercado tradicionales y, en consecuencia, no se registra en las estadísticas convencionales. En el presente artículo se partirá de las medidas existentes que se usan para construir dichas estadísticas, para después ofrecer algunos ejemplos de medidas complementarias. Tomadas estas medidas en su conjunto, emerge una visión de la economía, quizás, algo distinta a la que estamos acostumbrados: seguramente vivimos ya en un mundo que crece más, con menos inflación y con mayor bienestar.

    Medir el «núcleo duro»: la economía digital stricto senso, representa menos del 10% de la economía total

    En la mayor parte de los países con estadísticas nacionales modernas, se constata que, a partir de mediados de los noventa, se acelera la difusión de las TIC, que configuran el núcleo central tecnológico de la economía digital.

    El esfuerzo más ambicioso de medición hasta la fecha lo ha realizado un equipo de economistas del Bureau of Economic Analysis (BEA) de EE. UU. (Barefoot et al., 2018),1 que ha desarrollado una cuenta satélite de la contabilidad nacional norteamericana que mide la economía digital.2 Su aproximación metodológica, que probablemente anticipa lo que harán en el futuro otros institutos estadísticos, es la siguiente:

    Definen la economía digital como la que integra la infraestructura TIC, los intercambios de bienes y servicios digitales (e-commerce) y los contenidos digitales.

    Utilizando la información del lado de la oferta de la economía, parten de las 5.000 categorías de bienes y servicios existentes y seleccionan 200 tipologías de productos y servicios que consideran digitales.

    Finalmente, identifican los sectores que producen estos 200 bienes y servicios, y, para cada uno de estos sectores, separan qué parte es auténticamente digital y cuál es convencional, y estiman, siempre para cada sector, el valor añadido y otras medidas económicas del segmento digital.

    Como resultado de este ejercicio, Barefoot et al. (2018) obtienen tres grandes resultados:

    Si se agrega la suma de los segmentos digitales de todos los sectores que proveen bienes y servicios digitales y se comparan con los sectores convencionales, se concluye que, en 2016, la economía digital representaba un 7% del PIB de EE. UU., por delante de sectores como el comercio minorista. Esta estimación se asemeja a otra del FMI (2018), en la que constata que, en numerosos países, el sector digital es inferior al 10% del valor añadido, de la renta o del empleo total.3

    La economía digital es más dinámica que la convencional: entre 2006 y 2016, esta última creció un 1,5% en promedio anual, mientras que la digital lo hizo a una media del 5,6%.

    La economía digital es menos inflacionista que la tradicional: en ese mismo periodo del 2006 al 2016, mientras los precios de los bienes y servicios convencionales crecieron un 1,5% en media

  • La revolución de los datos: competencia y uso responsable

    Roser Ferrer

    En los últimos años, la importancia de los datos para la economía se ha hecho todavía más evidente (véase el primer gráfico). Con la digitalización, todo lo que hacemos deja una huella en la red. Cuando, por ejemplo, abrimos una aplicación en el móvil o hacemos una compra por internet, generamos datos que detallan qué hemos hecho o dónde hemos estado. De hecho, se estima que solo en 2017 se generaron más datos que en los 5.000 años anteriores.1 En otras palabras, el mundo digital es capaz de describir de forma cada vez más exacta lo que sucede en la esfera física. Esta abundancia de información digital, junto con el uso de nuevas tecnologías –como una mayor capacidad de computación– que permiten sacarles un mayor partido a los datos, genera importantes ventajas competitivas para aquellas empresas que saben aprovecharlo. No obstante, este uso intensivo de la información digital también está en el centro de muchos debates porque, entre otros, plantea cuestiones fundamentales sobre la propiedad y la privacidad de dichos datos.

    En este artículo, nos fijamos en dos aspectos clave que emergen con el uso de la información digital por parte de las empresas: por un lado, los cambios en la naturaleza de la competencia y, por el otro, el uso responsable y ético de los datos y de la inteligencia artificial.

    Sobre la naturaleza de la competencia

    En sí, los datos son un bien no rival, es decir, pueden ser usados simultáneamente por distintas partes sin que la cantidad de datos disponibles para el resto se vea afectada. Por ejemplo, es tecnológicamente posible que todos los investigadores en el campo de la medicina utilicen el stock agregado de datos médicos de pacientes al mismo tiempo. Debido a esta no rivalidad, el intercambio de flujos de datos puede comportar enormes beneficios para la sociedad.

    Poder extraer valor a los datos otorga importantes ventajas competitivas. Los datos, por sí solos, no tienen ningún valor: el reto es convertir la información en valor. En otras palabras, contar con datos de millones de interacciones no sirve de nada si esta información no puede utilizarse para conocer mejor al consumidor o usuario y saber qué necesita o cómo mejorar su experiencia de cliente. No obstante, convertir la información en valor requiere de unas capacidades específicas. Incluye, entre otros, una infraestructura adecuada para almacenar y procesar los datos, experiencia en análisis de datos, o contar con talento especializado (capaz de hacerse las preguntas pertinentes y articular las respuestas a dichas preguntas).

    Puesto que los datos pueden otorgar importantes ventajas de información respecto a competidores, las empresas no tienen incentivos para compartir con terceros los datos que han acumulado. En este contexto, la información puede concentrarse –de forma desproporcionada– entre un número relativamente reducido de grandes empresas.

    Asimismo, la explotación conjunta de efectos de red y de grandes cantidades de información puede ampliar la posición de dominio del mercado de algunas empresas. Ello explica, por ejemplo, por qué las grandes empresas tecnológicas tienen un gran potencial para explotar grandes cantidades de datos. En particular, cuantos más usuarios tiene una plataforma digital, más atractivo es para otros usuarios registrarse y operar en esa plataforma –el llamado efecto de red–. A medida que la plataforma en cuestión acumula más información sobre sus usuarios, está en disposición de mejorar sus productos y servicios, y atraer todavía a más usuarios (ampliando así su ventaja competitiva sobre

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