Análisis de coyuntura

¿Realidad o ficción? La respuesta está en los datos

Resulta cada vez más difícil abstraerse del ruido provocado por el contexto geopolítico y centrarse en la señal proveniente de los datos macroeconómicos. La sensación de vulnerabilidad se acrecienta por la escasa previsibilidad sobre los ritmos de cambio del viejo orden internacional. 

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Vista nocturna de un cielo verde, con palmeras recortadas sobre el fondo, en el que se divisa un platillo volador. Photo by Albert Antony on Unsplash

Algo que ratifica un somero repaso del primer mes del año, en el que se ha concatenado el inicio de un proceso de transición en Venezuela, la firma del Mercosur y de un tratado de libre comercio con la India por parte de Europa, las tensiones a ambos lados del Atlántico por la soberanía de Groenlandia o un nuevo episodio de crisis entre EE. UU. e Irán. Como nos recordó Mark Carney en Davos, el mundo está viviendo un proceso de ruptura que no tiene visos de producirse en forma de una transición ordenada, en el que la elección estriba entre «estar en la mesa o en el menú» y la nostalgia de tiempos pasados no es una estrategia. De manera que en el convulso entorno que nos ha tocado vivir, cada vez es más difícil separar realidad y ficción, y parece que pierden valor los datos económicos publicados al ser una fotografía de un contexto económico que puede haber mutado en pocas semanas.

Sin embargo, en los últimos años los datos han sido pertinaces señalando la resiliencia de la economía global ante shocks de naturaleza diversa. Y esa es la tendencia que se desprende tras la publicación de la información de cierre de 2025, que muestra una economía mundial con ritmos de crecimiento próximos a los potenciales, una inflación aproximándose a los objetivos de los bancos centrales tras las tensiones pospandemia e, incluso, como novedad, un repunte de la productividad en EE. UU. que estaría compensando el atípico equilibrio del mercado de trabajo (escasas contrataciones y despidos). Por tanto, se mantiene la inercia positiva dentro del proceso de aterrizaje mientras se terminan de manifestar los efectos de las dos fuerzas contrapuestas que conformarán la nueva realidad económica futura: fragmentación/geopolítica versus inteligencia artificial.

Mientras tanto, al igual que los sinólogos intentan descifrar qué hay detrás de cualquier cambio en el escalafón político-militar de China (en el argot «leer las hojas de té»), los analistas macroeconómicos tratan de elegir los indicadores que puedan anticipar cambios en la calma tensa que caracteriza al escenario económico y financiero. Y, mientras algunos de ellos, como las expectativas de inflación, no reflejan tensiones futuras en el equilibrio entre oferta y demanda mundial, la incertidumbre geopolítica empieza a generar movimientos de aversión al riesgo, afectando especialmente a los mercados de materias primas y a las divisas. En este contexto, no se puede descartar la posibilidad de que se puedan repetir «momentos Truss», en el que una súbita pérdida de credibilidad fiscal provoca una reacción desordenada del mercado, con efectos marcados en la divisa y en el tramo largo de la curva de deuda soberana. El último ejemplo de un episodio de este tipo ha sido Japón, donde la decisión de la primera ministra de adelantar elecciones y anunciar un plan de expansión fiscal reavivó las preocupaciones de los inversores sobre los equilibrios presupuestarios, situando los tipos de interés soberanos a largo plazo en máximos históricos (el tipo de interés de la deuda a 40 años superó por primera vez el 4%). Este movimiento fue acompañado de una fuerte depreciación del yen, alentando los rumores de una posible intervención conjunta del Ministerio de Finanzas japonés y el Tesoro de EE. UU. en el mercado de divisas.

Todo eso sucede cuando precisamente la relación entre mercados de materias primas, divisas y tensiones geopolíticas ha pasado a convertirse en parte fundamental de la arquitectura central del nuevo orden económico global. Con el dólar como protagonista y termómetro central de todas estas nuevas dinámicas. Las dudas sobre las intenciones de la nueva Administración americana con el billete verde han propiciado en el último año cambios estructurales en las carteras de inversión globales, con un aumento del papel de activo refugio de los metales preciosos. En este contexto, la sensibilidad del precio del oro o de la plata a cambios en la cotización del dólar ha ido aumentando, como se puso de manifiesto en la fuerte corrección que se produjo el 30 de enero (un –10% el oro y un –30% la plata), cuando el anuncio del candidato oficial a la presidencia de la Fed (Kevin Warsh), el más ortodoxo de los nominados, provocó una intensa apreciación del billete verde. A la hora de buscar señales, es en el dólar, vínculo entre materias primas, riesgo geopolítico y niveles de incertidumbre, donde tendremos que centrar nuestra atención en los próximos meses.

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