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China, en el centro de la «Fábrica Asia»China, en el centro de la «Fábrica Asia»

Más allá de ser la primera potencia demográfica y económica de la región, China se ha convertido en el eje central de la denominada «Fábrica Asia». Este término hace referencia al peculiar entramado industrial del continente, que sin duda ha sido artífice destacado del notable avance económico registrado durante las últimas décadas en un buen número de los países implicados. Pero la continuidad del éxito no puede darse por garantizada, máxime a la vista de las importantes transformaciones que está experimentando el gigante chino.

Según datos de las Naciones Unidas, los bienes y servicios intermedios copan en torno al 60% del comercio internacional. Estos inputs intermedios se desplazan de unos países a otros para integrarse, de manera sucesiva, en los procesos de producción de otros bienes o servicios, hasta que se llega al final de la cadena. En ese momento, los bienes o servicios ya están listos para su consumo final. En otras palabras, a lo largo de los últimos años la fragmentación en los procesos productivos se ha extendido más allá de las fronteras entre países, dando lugar a las «cadenas globales de valor» (CGV). Las distintas estrategias de deslocalización empresarial moldean la forma de las cadenas. Su proliferación descansa en dos hitos clave: los avances en el transporte de mercancías primero, y la revolución de las tecnologías de la información y comunicación (TIC), después. Ambos han permitido «acortar» hasta límites insospechados las distancias geográficas.

Los países asiáticos (y en particular los del sudeste) constituyen un caso paradigmático de estas cadenas por el elevado grado de fragmentación que se aplica en la elaboración de numerosos de sus productos, así como por la ex­­trema complejidad de muchos de ellos (por ejemplo, del sector electrónico). Precisamente esta excepcionalidad, junto con el hecho de que la mayor parte de la producción final se destine a los países avanzados (léase EE. UU. y Europa), han suscitado el uso de los apelativos «Fábrica Asia» y «Fábrica del mundo» para designar el conjunto de países y procesos que forman esta integradísima CGV. El contundente recorte de aranceles que han realizado muchos países de la región, ya sea de manera individual o multilateral, ha sido otro factor clave en la aparición y éxito de la CGV asiática. En este tipo de producción en cadena extraterritorial, las distintas piezas (insumos o intermedios) que se incorporan al bien final cruzan en numerosas ocasiones las fronteras de los países involucrados en el proceso, por lo que unos aranceles elevados encarecerían sobremanera la manufactura final. En el caso que nos ocupa, destacan el acuerdo de libre comercio establecido en 1992 por los países que componen la Asociación de las Naciones del Sudeste Asiático (ANSA), y los posteriores acuerdos de esta con otros países de la región como China en 2005, Japón en 2009 o Corea y la India en 2010.

El papel de China es central en este entramado de relaciones comerciales y empresariales que conforman la «Fábrica Asia». Así, hoy en día, China absorbe la mitad de los bienes intermedios que exportan el resto de países asiáticos y les suministra cerca de un tercio de todos los intermedios que reciben del extranjero. Esto convierte al gigante asiático en el principal destino y origen de insumos de la región (obsérvese en el primer gráfico la importancia de China para sus vecinos en términos de comercio total). Se trata de una hegemonía indiscutible, pero relativamente reciente, pues en la década de los noventa el eje central de esta factoría de Oriente todavía se localizaba en Japón. No fue hasta mitad de la década de los 2000 cuando China conquistó la posición de líder (como se aprecia en el segundo gráfico).

Sin duda, el impulso del Ejecutivo chino para abrir progresivamente la economía del país al comercio y la inversión internacionales ha propiciado este rápido desplazamiento del centro de gravedad de la cadena asiática de producción. El giro aperturista chino se inició en la década de los ochenta con la autorización de los flujos de entrada de inversión extranjera directa, incentivada además con la creación de cuatro zonas con privilegios económicos especiales. Un momento culminante llegó en 2001, con la incorporación del país a la Organización Mundial del Comercio, y la obligada reducción arancelaria que esta adhesión implicaba. Asimismo, el gran número de empresas chinas especializadas en el procesamiento de componentes o en el ensamblaje de los distintos bienes intermedios procedentes del resto de países asiáticos también ha favorecido la centralidad de China. Una mano de obra abundante y barata al inicio de este movimiento reformista de apertura fomentó este tipo de negocios. Como resultado, un gran número de las manufacturas «Made in Asia» que se consumen en EE. UU. o Europa tienen su última escala en China, donde después de darles los últimos retoques se cargan en alguno de los contenedores que abarrotan los atareados puertos del país (seis de los diez mayores puertos del mundo en capacidad de tonelaje se encuentran en el gigante asiático). No es extraño, pues, que año tras año China registre superávits comerciales abultados con la eurozona y EE. UU. (de 62 y 222 miles de millones de dólares, respectivamente, en 2013, lo que equivaldría al 1% y al 2,5% del PIB de China) y déficits con muchos vecinos asiáticos (del 1% con Corea o del 0,5% con Taiwán, por poner dos ejemplos).

Esta singular anatomía del proceso productivo debe ser tenida en cuenta en el momento de valorar aspectos como la política económica y las perspectivas de futuro. Así, las frecuentes acusaciones de comportamiento mercantilista que China recibe por los superávits comerciales que mantiene con las grandes economías avanzadas no siempre consideran que, en buena parte, son consecuencia de la organización productiva de la cadena asiática y que, por lo tanto, hay muchos más agentes en el reparto de beneficios y cargas. Por otro lado, dada la centralidad de China en la «Fábrica Asia», es de rigor preguntarse por las consecuencias que tendría la tan temida ralentización del gigante asiático sobre el resto de países participantes en la cadena. Ante todo, es importante identificar que la principal amenaza a corto plazo sobre la demanda de los productos «Made in Asia» es la incertidumbre sobre las perspectivas de EE. UU. y la eurozona, y no tanto las de China. En efecto, a pesar de la mejora que cabe esperar en las economías avanzadas en los próximos años, es cierto que su demanda potencial de manufacturas asiáticas es moderada y vulnerable en comparación con ciclos anteriores, debido a tres factores: unas condiciones financieras y de confianza más débiles después de la dura crisis, una población más envejecida y la creciente tendencia de algunas multinacionales de volver a producir «en casa» (reshoring). En este sentido, el cambio en el modelo de crecimiento que la economía china desea fomentar a medio plazo, otorgando una mayor relevancia al consumo interno, ayudará a sostener la producción asiática ante una demanda más contenida de los avanzados. Este modelo ansía dar a la nueva y creciente clase media china una mayor capacidad de consumo, que indudablemente podría ser abastecida cómodamente con las manufacturas de la región. Pero es cierto que, hasta que esa transformación no madure, una desaceleración de China debida a factores internos (por ejemplo, por problemas en los sectores inmobiliario y financiero) afectaría al resto de países de la región. En primer lugar, por la menor demanda de manufacturas de la «Fábrica Asia» por parte del actual consumidor chino de clase media. Pero sobre todo porque tal desaceleración muy probablemente acarrearía una disminución importante de la inversión pública y empresarial del país, rúbricas ambas que han venido requiriendo grandes cantidades de productos primarios e intermedios de los países vecinos.

En definitiva, el desarrollo de la «Fábrica Asia» ha resultado una apuesta claramente ganadora. La mejor prueba de ello son los avances económicos del sudeste asiático durante las últimas décadas. Asimismo, el enfoque aperturista de China, gradual pero poderoso, ha sido el factor crucial para el éxito de esta cadena de producción regional. Un éxito cuya prolongación pasa, de nuevo, por el gigante asiático y su capacidad para orquestar un cambio de modelo que impulse de manera sostenida al consumidor chino.

Clàudia Canals

Departamento de Economía Internacional, Área de Estudios y Análisis Económico,
"la Caixa"

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