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El próximo 23 de junio, los ciudadanos británicos votarán sobre la permanencia de su país en la Unión Europea (UE). Se trata de un acontecimiento político de gran trascendencia para el futuro de la Unión. Un voto a favor de salir debilitaría seriamente el proyecto europeo en un momento en el que se enfrenta a enormes desafíos que exigen un liderazgo fuerte y un elevado grado de cohesión entre los países miembros.

El reto más inmediato es, qué duda cabe, hacer frente a las oleadas migratorias procedentes tanto de zonas en conflicto como de países vecinos con niveles de vida muy inferiores a los de la Unión. La presión migratoria en sus fronteras ha puesto en cuestión algunos de los principios fundamentales de la UE, como la libre circulación de personas y el espacio Schengen, y, junto con otras cuestiones de índole económica, explica el auge de los partidos populistas en muchos países europeos, casi siempre con un fuerte posicionamiento antieuropeísta.

El reto migratorio está, naturalmente, muy vinculado a los desafíos geopolíticos y de defensa de la Unión, dado que las posibles respuestas políticas tienen repercusiones en diversos países con los que mantiene relaciones muy complejas (Rusia, Turquía y países de Oriente Medio y del norte de África) y que las posiciones en el seno de la UE no siempre son coincidentes.

El otro gran reto es avanzar en la construcción de una unión económica y monetaria (UEM) suficientemente completa y estable. La crisis de la eurozona demostró los graves déficits del diseño actual de la moneda única y, a pesar de que se han tomado muchas medidas (avances en la unión bancaria y en la coordinación de las políticas presupuestarias y de competitividad), lo conseguido hasta la fecha dista aún mucho de lo que sería necesario.

Los aspectos en los que es preciso avanzar requieren un alto grado de integración política, puesto que comportan pérdidas de soberanía significativas en políticas, como las presupuestarias y las laborales, que hasta hoy han sido nacionales.

Si la UEM no se perfecciona adecuadamente en pocos años, el riesgo para los países que la componen (y, en definitiva, para el conjunto de la UE) es inasumible, puesto que tarde o temprano se volverán a generar en la eurozona fuertes tensiones económicas y financieras que serían letales para la moneda única. La UEM no está adecuadamente respaldada en términos de instituciones políticas (por ejemplo, un ministro único de economía y hacienda) y tampoco dispone de suficientes herramientas propias de política económica que permitan combatir los desequilibrios que se pueden originar en su seno.

El momento político actual de Europa no favorece iniciativas de mayor integración política que avancen al ritmo que sería necesario. La lenta salida de la recesión, con un crecimiento todavía débil y altos niveles de paro, y las tensiones migratorias antes mencionadas dificultan la aparición de liderazgos en los países miembros que respalden con decisión el proceso de integración.

En este contexto, la tensión centrífuga que provoca el brexit, especialmente si la opción ganadora no fuera permanecer dentro de la UE, constituye para la eurozona tanto un gran riesgo como una oportunidad. Los ciudadanos de la región y sus Gobiernos deben ser conscientes de que, para la UEM, la única respuesta posible es profundizar en la integración. Esta respuesta es imprescindible para la propia continuidad y estabilidad de la unión monetaria, pero de manera muy especial ante escenarios adversos e inciertos, precisamente como el que genera un posible abandono de la UE por parte del Reino Unido.

Paradójicamente, la reacción de la eurozona ante la fuerza centrífuga que ocasiona el envite político del Reino Unido debiera ser un movimiento centrípeto, un avance hacia una mayor integración.

Jordi Gual

Economista jefe

31 de mayo de 2016

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