Bienestar de los hogares europeos: más dependencia pública frente a más inflación
Entre 2013 y 2019, la recuperación posterior a las crisis financiera y soberana permitió avances graduales pero sostenidos en la capacidad adquisitiva de las familias, apoyados en la mejora del empleo y en un entorno de inflación contenida. Con la pandemia, esta dinámica se vio alterada y, aunque la renta nominal y el mercado laboral mostraron resiliencia, el shock inflacionista acentuado tras la invasión de Ucrania erosionó el poder de compra y tensionó el bienestar de los hogares, con un impacto particularmente severo en los de renta baja. En este contexto, el consumo efectivo real de los hogares per cápita –un indicador amplio de bienestar material, que incorpora tanto el gasto privado como los bienes y servicios individuales provistos por el sector público– permite analizar cómo han evolucionado las condiciones de vida de los hogares europeos antes y después de la pandemia, así como el papel de la redistribución pública.
De la recuperación poscrisis al ‘shock’ inflacionista
El consumo efectivo real per cápita es un indicador que refleja el bienestar material de los hogares con mayor precisión que el PIB, la renta disponible o el consumo final (véase el primer gráfico para definiciones). Es una medida menos sensible a desviaciones coyunturales entre producción, ingresos de las familias y ahorro, especialmente relevantes tras la pandemia y durante los shocks inflacionistas recientes.1 A diferencia de las métricas anteriores, incorpora las transferencias en especie del sector público –educación y sanidad, así como vivienda o transporte subvencionado–, por lo que refleja mejor el disfrute de bienes y servicios por parte de los hogares.
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FMI (2020). «Measuring Economic Welfare: What and How?».
En el periodo 2013-2019, el consumo efectivo real per cápita de las familias siguió en la UE una senda de crecimiento estable (en torno al 1,5% anual), en línea con una fase de expansión de la renta y una normalización gradual de la economía tras las crisis financiera y soberana (véase el segundo gráfico). El avance de esta medida de bienestar fue algo menos marcado que el del PIB, pero sólido al apoyarse en la mejora del empleo y en un entorno de inflación moderada (menos del 1% en promedio anual). Esta dinámica cambió de forma abrupta con la pandemia. El desplome inicial del consumo privado en 2020 dio paso a una recuperación relativamente rápida, impulsada por una política fiscal expansiva, aunque el aumento de la incertidumbre habría llevado la tasa de ahorro a un nivel estructuralmente más elevado.
Sin embargo, el verdadero punto de inflexión no fue la pandemia en sí, sino el episodio inflacionista posterior. Entre 2021 y 2023, el fuerte encarecimiento de la energía y los alimentos erosionó el poder adquisitivo de los hogares. La inflación media anual de la UE alcanzó un máximo histórico del 9,2% en 2022, lo que abrió una brecha persistente entre la evolución de las variables en términos nominales y reales. A su vez, este shock inflacionista tuvo un marcado carácter regresivo. Los hogares con menores ingresos soportaron tasas de inflación sensiblemente superiores al destinar una mayor proporción de su gasto a bienes básicos, justo los que más se encarecieron en esta etapa.2 Además, en algunos países se deterioraron las condiciones de acceso a la vivienda.3
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BCE (2024). «The unequal impact of the 2021-22 inflation surge on euro area households».
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Véase el Focus «Hay razones para que la vivienda sea la principal preocupación de la ciudadanía europea» en el IM02/2026.
Menos convergencia y más dispersión entre países tras la pandemia
Más allá del agregado europeo, la comparación entre países revela cambios significativos en las dinámicas de crecimiento y convergencia. Esto se explica en buena medida por el impacto desigual de la inflación y por las distintas holguras fiscales con que contaban los países para responder. En términos generales, el crecimiento promedio del consumo efectivo real per cápita en el periodo 2019-2025 ha sido notablemente inferior al registrado años antes de la pandemia para la gran mayoría de Estados miembros (véase el tercer gráfico). Solo algunos países han logrado sostener el crecimiento del consumo efectivo, mientras que otros han experimentado una desaceleración más marcada, principalmente en Europa del Este. Por su parte, las cuatro grandes economías de la UE (Alemania, Francia, Italia y España) muestran un estancamiento durante los últimos años.
En los años previos a la pandemia, los países con menores niveles iniciales de consumo efectivo per cápita tendían a registrar tasas de crecimiento notablemente más elevadas, lo que apuntaba a un proceso gradual de convergencia en bienestar (véase el cuarto gráfico). Esta pauta se debilita tras 2019. El impacto asimétrico de los shocks inflacionistas, unido a diferencias en el margen fiscal, ha dado lugar a una mayor dispersión de resultados entre Estados miembros. La pandemia y los shocks posteriores no han revertido los avances previos, pero el resultado ha sido una convergencia más lenta (véase en el gráfico la línea punteada azul por debajo de la gris y la mayor pendiente para niveles bajos de bienestar) y menos uniforme (mayor dispersión de la nube de puntos azul), persistiendo amplias diferencias estructurales dentro de la UE.
Sostener el bienestar en un entorno inflacionista: límites de la redistribución
El análisis de las principales economías de la UE muestra con claridad el cambio de patrón entre los dos periodos. Mientras que en 2013-2019 el crecimiento del consumo efectivo real per cápita se apoyaba fundamentalmente en el avance de la renta real y en una inflación contenida, tras la pandemia el principal factor diferenciador es el fuerte aumento de la inflación, que ha erosionado de forma significativa el poder adquisitivo a pesar de la fortaleza del mercado laboral (véase el quinto gráfico). En respuesta, las transferencias públicas ganan peso como mecanismo de amortiguación –particularmente en los Países Bajos, Polonia y Alemania–, junto con una reducción gradual de la tasa de ahorro tras el fuerte repunte de 2020-2021, más acusada en Francia, España e Italia. En el caso español, los resultados per cápita están, además, influidos por el acelerado aumento de la población por mayores flujos migratorios en el periodo reciente.
En el conjunto de Estados miembros, el papel más activo de la redistribución tras la pandemia ha sido un fenómeno generalizado pero no uniforme (véase el sexto gráfico). En la mayoría de los países, el aumento de las transferencias –monetarias o en especie– ha venido acompañado de una mayor aportación vía impuestos y cotizaciones, si bien la compensación por el lado de los ingresos fiscales no ha sido total en un buen número de casos. En contraste, solo una minoría de países muestra durante los últimos años una contribución neta negativa de las transferencias al crecimiento del consumo efectivo de los hogares.
Implicaciones para la cohesión e impulso a la agenda competitiva
Desde la pandemia, la actuación de los gobiernos de la UE ha logrado amortiguar el impacto de shocks sin precedentes sobre el bienestar material de los hogares, evitando una caída abrupta del consumo efectivo per cápita. No obstante, este resultado se ha apoyado crecientemente en la redistribución pública y se ha producido en un contexto de menor convergencia entre países. La erosión del poder adquisitivo causada por la inflación ha evidenciado los límites de un modelo basado en la protección ex post del bienestar. De cara al futuro, preservar la cohesión económica exigirá reforzar los fundamentos competitivos de la UE: impulsar la productividad y profundizar el mercado único.4 Sin avances en el crecimiento potencial y la creación de empleo, sostener el bienestar será cada vez más costoso y más difícil de compatibilizar con la convergencia europea en un entorno de elevado endeudamiento público.5
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Véase el Focus «¿Cuánto ha avanzado la UE con la Brújula de la Competitividad?» en el IM04/2026.
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Véase el artículo «El dilema fiscal europeo a medio plazo» en el Dossier del IM11/2025.