Europa, ante otra crisis energética
Pese a los esfuerzos llevados a cabo en los últimos años para reducir la intensidad energética en Europa y aumentar el peso de las renovables como fuentes alternativas de energía, la región continúa siendo sensible a los movimientos en los precios de la energía en los mercados internacionales. La situación actual representa un nuevo desafío, pero también una nueva oportunidad para impulsar una transición más rápida hacia un modelo energético sostenible y seguro.
Europa, que antes del estallido del conflicto armado en Irán afrontaba unas expectativas para el año relativamente optimistas, se enfrenta ahora al impacto de un nuevo aumento de los precios de la energía. La invasión de Ucrania en 2022 ya desencadenó una crisis importante de suministros y disparó los precios del crudo y, sobre todo, del gas natural, lo que obligó a instrumentar medidas fiscales para limitar su impacto sobre la actividad. El conflicto en Oriente Próximo presenta un nuevo shock energético y, aunque la coyuntura y los riesgos son distintos,1 vuelve a poner el foco en el modelo energético de Europa.
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Véase el artículo «Tensiones energéticas, inflación y política monetaria en la eurozona» en este mismo Informe Mensual.
Pese a los importantes avances logrados, Europa sigue teniendo una dependencia elevada de los combustibles fósiles
Pese a los esfuerzos llevados a cabo en los últimos años para reducir la intensidad energética en Europa y aumentar el peso de las renovables como fuentes alternativas de energía, la región continúa siendo sensible a los movimientos en los precios de la energía en los mercados internacionales. De hecho, más del 70% de toda la energía que consume la UE-27 se genera a través de fuentes no renovables.2 Uno de los principales demandantes de energía es el transporte, con cerca de la tercera parte del consumo de la energía total de la UE y que se nutre, casi totalmente, de los derivados del petróleo, como la gasolina o el diésel, que ya han mostrado un importante encarecimiento (en el año, casi un 20% y un 36%, respectivamente) y aumentado los costes en el sector. Por otro lado, las familias3 y el sector industrial representan, cada uno, cerca de un 25% del consumo total de energía a través, sobre todo, del gas natural y la electricidad.
La electricidad no es una fuente primaria de energía, pero su precio dependerá del coste de los inputs usados en su generación. En Europa, los precios de la electricidad se fijan a través de un sistema marginalista que hace que su precio final venga determinado por la energía más cara necesaria para cubrir la demanda que, a menudo, suele ser la generada con gas, pese a no ser la principal fuente de generación.4 En el conjunto de la UE, más del 47% de la electricidad se genera con renovables, frente a menos del 16% con gas, o el 10% con carbón y el 23% con energía nuclear. Sin embargo, el agregado oculta importantes divergencias por países, lo que resulta determinante a la hora de valorar el impacto de una subida de los precios de los combustibles fósiles, sobre todo en aquellas economías con un peso importante de industria intensiva en energía.5
En términos generales, las economías de Europa del este se encuentran en una posición más desfavorable, tanto por ocupar las últimas posiciones en ranking de eficiencia energética como por su mix de energía y su estructura productiva. En concreto, Polonia, con una industria que representa casi la quinta parte de su economía y que consume casi el 40% de toda la electricidad del país, genera cerca del 54% de esta electricidad con carbón6 y prácticamente no cuenta con nuclear. Además, su industria intensiva en energía representa casi el 7,0% del VAB total.
También es destacable Alemania: su sector industrial, uno de los mayores de la eurozona (casi un 21% del PIB) consume, directamente, más del 37% de todo el gas que gasta el país y cerca del 47% de toda la electricidad, que además se genera en un 18% con gas y en un 21% con carbón. Francia, en cambio, muestra una menor sensibilidad gracias a un parque nuclear que cubre la mayor parte de su demanda eléctrica (cerca del 67%) y a una economía menos dependiente del sector industrial (apenas representa un 12% del PIB). España e Italia, donde la industria pesa un 14% y un 18% del PIB, respectivamente, muestran diferente posición de partida. La industria en España representa cerca del 60% del consumo nacional de gas natural y casi el 30% del de electricidad, si bien ha reducido la generación de electricidad con carbón a menos del 1% y combina un 56% de renovables con un 19% de nuclear, lo que le da cierto colchón. Italia, sin embargo, es más vulnerable dado que su industria representa más del 30% de todo el consumo nacional de gas natural y electricidad, pero el 44% de la electricidad se genera con gas y el peso de las renovables en su producción es el menor de entre las cuatro grandes economías de la eurozona.
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Véase Energy in Europe – 2026 edition, Eurostat.
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Se refiere al consumo energético en los hogares. El gasto en gasolina/gasóleo asumido por las familias en sus desplazamientos se computa dentro del sector transporte. Véase https://eur-lex.europa.eu/legal-content/ES/TXT/PDF/?uri=CELEX:32008R1099.
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La electricidad no puede almacenarse fácilmente, por lo que en Europa se calcula cada día cuánta energía se necesitará en cada hora del día siguiente. Para cada una de esas horas, las centrales eléctricas indican cuánta electricidad pueden producir y el precio mínimo al que están dispuestas a ofrecerla. El mercado ordena entonces estas ofertas de menor a mayor precio y va aceptándolas hasta cubrir toda la demanda prevista. La última central necesaria para satisfacer la demanda, habitualmente la más cara entre las que entran, es la que determina el precio final de la electricidad para esa hora.
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Se consideran industrias intensivas en energía las de metales básicos, química, minerales no metálicos, alimentación y papel. Estos cinco sectores consumen, en media de la UE-27, las dos terceras partes de toda la energía consumida en toda la industria.
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El conflicto en Oriente Próximo no afecta, directamente, a los precios del carbón, ya que la región no es productora de esta materia prima. Sin embargo, el encarecimiento o la escasez del crudo y/o el gas puede provocar cierta sustitución de estas fuentes de energía por carbón, presionando al alza su precio. De hecho, durante la crisis energética de 2021-2022, el precio del carbón se multiplicó por cuatro y desde el estallido del conflicto en Oriente Próximo ya se ha encarecido casi un 17%.
Una nueva crisis, una nueva oportunidad para avanzar
Europa ha llevado a cabo un importante esfuerzo en los últimos años para mejorar su eficiencia energética y para reducir significativamente su dependencia de energías fósiles. Sin embargo, las fuentes tradicionales y no renovables de energía siguen teniendo un peso muy relevante en el conjunto de la economía, y la actual coyuntura de precios energéticos elevados pone a prueba, una vez más, la resiliencia de Europa al tiempo que nos recuerda sus puntos débiles en materia de energía. Asimismo, el conflicto en Oriente Próximo añade un factor de riesgo, tanto por la posible reducción de la oferta global de hidrocarburos (ante la amenaza de que los ataques a infraestructuras claves en la región afecten a la producción/distribución en los próximos años) como por las disrupciones logísticas y comerciales derivadas de los cierres del estrecho de Ormuz y los problemas en el estrecho de Bab el-Mandeb.
Con todo, Europa no afronta esta situación actual desde cero: la respuesta unida a la crisis de 2022 aceleró varias iniciativas para reducir la dependencia energética. Se han diversificado las fuentes de aprovisionamiento de gas (con nueva infraestructura de importación de gas natural licuado y acuerdos con proveedores alternativos), se están reforzando las conexiones y la solidaridad eléctrica y gasista entre países de la UE, y las políticas públicas (como RePower-EU o los fondos Next Generation) impulsan la inversión en renovables, eficiencia energética y electrificación.
Por tanto, la situación actual representa un nuevo desafío, pero también una nueva oportunidad de corregir desequilibrios históricos en el sistema energético. Dos crisis energéticas en menos de cinco años pueden impulsar una transición más rápida hacia un modelo energético sostenible y seguro, con diversificación de fuentes y mayor cooperación europea. Conseguir estas metas es la mejor garantía de que, en el futuro, los hogares y las empresas europeos estarán más protegidos frente a los vaivenes de los mercados energéticos internacionales. La hoja de ruta ya está marcada; el reto vuelve a ser implementarla con la urgencia que imponen las circunstancias actuales.