Análisis de coyuntura

Economía y mercados entre dos aguas: geopolítica e inteligencia artificial

Aunque nuestra atención va a seguir centrada durante un tiempo en la geopolítica y todas sus derivadas, el elefante en la habitación continúa siendo las implicaciones a medio plazo de la IA en las variables macroeconómicas. El riesgo es pecar de optimismo, pero la punta del iceberg de esta megatendencia es esperanzadora, considerando los primeros efectos positivos en el crecimiento americano y en los resultados de las empresas del sector. 

La parte más positiva (y sorprendente) de lo acontecido estas últimas semanas en el escenario económico está siendo la respuesta del canal financiero al aumento de la incertidumbre causada por la inestabilidad geopolítica. No hay precedentes de un shock energético de esta dimensión sin un apreciable tensionamiento de las condiciones financieras. Sin embargo, en esta ocasión, el movimiento inicial de reducción del riesgo en las carteras fue moderado y, en algunos segmentos del mercado, prácticamente se ha revertido por completo. De manera que, al entrar en el tercer mes de conflicto, con distorsiones muy importantes en los flujos energéticos y comerciales, buena parte de los mercados bursátiles se sitúan por encima de los niveles previos al inicio de las hostilidades –en algunos casos, incluso superando máximos históricos–, no se han producido sobrerreacciones en los mercados de divisas y, por último, la rentabilidad de los bonos refleja escasa preocupación por la inflación y por los equilibrios fiscales a medio plazo, más allá de cotizar en el tramo corto de la curva los cambios en las perspectivas de política monetaria. Algo que todos hubiésemos firmado el 28 de febrero.

Puede ser calma antes de la tempestad o dificultad para incorporar el riesgo geopolítico en las valoraciones de los activos financieros, pero lo cierto es que esta brecha entre el canal financiero y la cruda realidad geoeconómica está suponiendo una importante palanca para mitigar el impacto del riesgo geopolítico sobre la economía real. Se puede argumentar que detrás de esta desconexión se encuentra la excesiva confianza de los inversores en la resiliencia del ciclo económico y en la capacidad de los bancos centrales para mantener las expectativas de inflación a raya y limitar los efectos de segunda ronda sobre los precios, un factor clave para la estabilidad financiera. Pero quizás el punto de apoyo más importante del optimismo de los mercados reside en los efectos beneficiosos que puede tener la inteligencia artificial (IA) sobre la productividad y los crecimientos potenciales a medio plazo, más que compensando el impacto de cualquier shock negativo en la curva de oferta.

Es decir, aunque nuestra atención va a seguir centrada durante un tiempo en la geopolítica y todas sus derivadas, el elefante en la habitación continúa siendo las implicaciones a medio plazo de la IA en las variables macroeconómicas. El riesgo es pecar de optimismo, pero la punta del iceberg de esta megatendencia es esperanzadora, considerando los primeros efectos positivos en el crecimiento americano y en los resultados de las empresas del sector. Como botón de muestra, la inversión en tecnología en EE. UU. (equipos de procesamiento, software e investigación y desarrollo) lleva creciendo a ritmos interanuales del 15% en los últimos seis meses, erigiéndose en la principal palanca de crecimiento. Desde la irrupción de ChatGPT hace tres años, las llamadas Siete Magníficas explican más de un 50% del incremento del beneficio del S&P 500 y un 60% del aumento acumulado en la capitalización bursátil.

En este contexto, hemos dedicado nuestro Dossier del mes de mayo a esta nueva tecnología que se está convirtiendo en un área prioritaria de competencia económica entre las grandes potencias. Con estratégicas muy diferentes entre el objetivo americano de definir la frontera tecnológica, aprovechando sus ventajas competitivas en capital humano y capacidades tecnológicas, frente a China, que prioriza optimizar la cadena global de valor industrial y la escala, además de la seguridad (véase el artículo: «Estrategias diferenciadas para gobernar la IA: ¿hacia la cooperación o el conflicto?»). Mientras, Europa, ante el riesgo de quedar rezagada, refuerza el debate sobre el equilibrio entre regulación, competitividad y escala, a la vez que intenta articular una gobernanza común para aprovechar la fortaleza que supone nuestra base científica e investigadora y reducir la elevada dependencia externa en semiconductores y modelos fundacionales. Además, en otros artículos se analiza la adopción de la IA en la economía española y cómo puede afectar al crecimiento de la productividad y al mercado laboral (véase el artículo «Productividad y empleo ante la IA generativa: ¿qué sabemos?»). Se pone de manifiesto que, aunque las estimaciones agregadas cambian mucho según los supuestos acerca de la proporción de tareas afectadas por la IA (y la ganancia media de productividad en esas tareas), en el escenario más razonable caben esperar mejoras de productividad a medio plazo de hasta 1 p. p. anual en EE. UU. y de alrededor de la mitad en Europa. No sería una revolución instantánea, pero sí un cambio de gran magnitud para el crecimiento potencial. Eso es precisamente lo que están descontando los mercados financieros, con o sin razón, cuando intentan mirar más allá del ruido de la geopolítica. Un movimiento en la delgada línea que separa las esperanzas de una nueva revolución industrial de los temores de sus efectos en desigualdad o en el empleo.

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