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Durante la última década, los mercados laborales han estado sometidos a una presión excepcional en todo el mundo: a los cambios estructurales provocados por la globalización y las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC) se les ha añadido una fuerte recesión, especialmente en los países desarrollados.

Aunque el análisis comparativo de los niveles salariales no resulte una tarea sencilla, los datos más recientes de la Organización Internacional del Trabajo muestran que, a pesar de la crisis, los salarios reales en el mundo siguen creciendo tendencialmente. Lo hacen de manera especial en las regiones emergentes, y así la distancia entre los niveles retributivos en los distintos países del planeta tiende a acortarse gradualmente, a pesar de que quede mucho camino por recorrer.

En el seno del mundo emergente, sin embargo, las mejoras son muy diversas. Destaca en positivo el continente asiático, mientras que las mejoras son más exiguas en África y en Sudamérica. Los crecimientos más acentuados se dan en países en los cuales, como en China, coinciden una liberalización gradual de la actividad económica, un entorno institucional previsible y un marco macroeconómico de estabilidad, al menos en términos de déficit público e inflación.

En el mundo desarrollado el efecto de la crisis tampoco ha sido uniforme entre países. La estabilidad macroeconómica ha sido también importante en estas economías, puesto que han sufrido menos la recesión las que han sido capaces de mantener el equilibrio financiero, evitando la acumulación excesiva de deudas públicas y privadas. A pesar de ello, la naturaleza de las instituciones de los mercados laborales ha sido el factor más determinante. Los efectos de la crisis en cuanto a la pérdida de puestos de trabajo han sido más acentuados en los países con un mercado laboral más rígido, ya que la insuficiente flexibilidad de la legislación laboral ha comportado que el ajuste ante la caída de la demanda se efectuara mediante la reducción del número de ocupados, y no con medidas alternativas que tengan efectos estructurales y sociales menos negativos, como la disminución de las horas trabajadas o el cambio en otras condiciones laborales.

Unas instituciones del mercado laboral más flexibles también facilitan el proceso de reajuste sectorial que ineludiblemente deben llevar a cabo muchas de las economías avanzadas. Estos cambios en la distribución sectorial del empleo se deben en parte a la propia Gran Recesión, en cuyo origen se encuentra la expansión excesiva de algunos sectores económicos, pero se refuerzan por los efectos persistentes de las tendencias estructurales antes mencionadas: la globalización y las TIC. Saliendo de la Gran Recesión, la generación de nuevos puestos de trabajo se centrará en las economías más dinámicas, especialmente en aquellas que faciliten la formación continua de sus trabajadores y la flexibilidad en las condiciones laborales.

Finalmente, unas instituciones laborales flexibles son también un elemento clave para garantizar que el crecimiento de los salarios reales sea sostenible en el tiempo y se convierta, así, en un factor de progreso social. La flexibilidad ha de permitir que, frente a los cambios estructurales y las perturbaciones macroeconómicas, el sistema económico comporte una evolución de las retribuciones reales que esté en línea con las mejoras de la productividad de cada país. En un mundo globalizado, esta es una restricción a la cual están sometidas todas las economías abiertas, desarrolladas o no, y un buen diseño del mercado laboral es fundamental para adaptarse con éxito.

Jordi Gual

Economista Jefe

31 de marzo de 2014

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