El despegue de la inversión, clave para consolidar el crecimiento de la economía española
En este artículo analizamos los factores que explican el comportamiento reciente de la inversión en España, comparando el ciclo inversor actual con el anterior (2014-2019) y contrastando la situación española con la de sus principales socios de la eurozona.
La inversión es un componente clave para el crecimiento a largo plazo y la competitividad de cualquier economía, pero también es uno de los más procíclicos y volátiles, con una elevada sensibilidad a las condiciones de financiación, a shocks externos o a alteraciones en la confianza de los agentes o en la demanda. Tras la pandemia, la inversión en España mostró una senda de recuperación más rezagada que otros componentes de la demanda. Los motores del crecimiento fueron el consumo público y las exportaciones netas, mientras que la inversión no recuperó los niveles prepandemia hasta el 1T 2023, un año después que el PIB, y su contribución relativa al crecimiento se redujo sensiblemente: entre 2021 y 2025 explicó el 21,3% del crecimiento anual medio del PIB, frente al 35% del ciclo expansivo anterior (2014-2019). A continuación, analizamos los factores que explican el comportamiento reciente de la inversión, comparando el ciclo inversor actual con el anterior (2014-2019) y contrastando la situación española con la de sus principales socios de la eurozona.
El ciclo anterior al estallido de la pandemia se enfrentó a un entorno con pocos sobresaltos y contó con el viento de cola financiero (liquidez y tipos de interés bajos), la recuperación de la actividad y el empleo tras la crisis financiera de 2008-2013, la mejora de la posición financiera empresarial y una normalización progresiva del sector inmobiliario. En cambio, el ciclo pospandemia sufrió una sucesión de shocks exógenos que sacudieron el escenario económico europeo, primero con disrupciones en las cadenas globales de suministros y después con la crisis energética derivada de la guerra en Ucrania, con el consiguiente efecto sobre la inflación y el rápido endurecimiento de la política monetaria, que redujo la capacidad de inversión de empresas y hogares.
A pesar de las dificultades, los datos de 2025 ya apuntaban a una reactivación de la inversión, en línea con la recuperación de la demanda y la confianza empresarial, y en un contexto caracterizado por unas condiciones financieras favorables y el impulso procedente de los fondos NGEU. No obstante, la guerra en Oriente Próximo aumenta la incertidumbre y puede condicionar la evolución de la inversión.1 En relación con los fondos NGEU, su papel ha sido muy relevante, al sostener tanto la inversión pública como parte de la privada: una proporción significativa de empresas reconoce que no habría llevado a cabo sus inversiones sin este apoyo.2
Por tipos de activo, el comportamiento de la inversión desde 2019 muestra una marcada heterogeneidad (véase el primer gráfico). Por un lado, la inversión en activos tecnológicos e intangibles (I+D, software, concesiones, patentes, licencias, etc.) es el segmento que ha mantenido una dinámica más positiva, con un crecimiento extraordinario, superior al 40% desde 2019, impulsado por el proceso de digitalización de las empresas y con el apoyo de los fondos europeos hacia la transición digital. Este fuerte crecimiento ha permitido que la inversión en esta tipología de activo gane peso sobre el PIB, pasando de un 3,4% en 2019 a un 4,0% en 2025. Esta dinámica, extensible a toda la eurozona, es clave para mejorar la capacidad de transformación del tejido productivo y acelerar la convergencia con los países líderes en innovación.
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Véase el Focus «La economía española en 2026», en el IM03/2026.
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Banco de España (2025): «La debilidad de la inversión empresarial en España tras la pandemia: un análisis basado en la EBAE», Boletín Económico, 2025/T1.
Por el contrario, la inversión en bienes de equipo es la más rezagada, ya que no recuperó los niveles prepandemia hasta finales de 2024, afectada inicialmente por la atonía de la demanda interna y la incertidumbre sobre el futuro económico. Dentro de esta categoría se observan claras diferencias por segmentos: frente a la prolongada debilidad de la inversión en material de transporte –en 2025 todavía se encontraba un 17% por debajo de los niveles de 2019–, reflejo de cuellos de botella pasados, de la transición tecnológica y de la cautela empresarial, la inversión en el resto de maquinaria presenta un perfil más resiliente y en 2025 se situaba un 12,1% por encima del nivel de 2019.
Por lo que respecta a la inversión en construcción, sus dos segmentos –vivienda3 y no residencial– se han recuperado en línea con el PIB, este último impulsado por las infraestructuras públicas. En todo caso, el sector constructor se enfrenta a algunos condicionantes, como el encarecimiento de los materiales y el repunte de los tipos de interés.
Al comparar con el ciclo anterior (véase el segundo gráfico), se observan ciertas diferencias en el comportamiento de la inversión. Dentro de una evolución también heterogénea por componentes, el protagonismo correspondió al segmento de la construcción, fundamentalmente el de vivienda, que creció un 47,8% entre 2014 y 2019, un ritmo que más que triplica el anotado por el PIB (15,0%). En consecuencia, la inversión residencial ganó 1,2 puntos en términos de PIB en dicho periodo, hasta el 5,6%. Más modesto en cambio fue el crecimiento de la inversión en activos intangibles (16,5%). En este último caso, su peso en el PIB se mantuvo estable (apenas aumentó 1 décima, hasta el 3,4%).
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Aunque la inversión en vivienda ha presentado un mejor comportamiento que otros segmentos, como el de inversión en equipo, este ha sido insuficiente para corregir el desequilibrio entre oferta y demanda que hay en el sector inmobiliario. Para más información sobre el déficit de vivienda en España, véase «Falta vivienda nueva donde más se necesita: un déficit creciente y geográficamente muy concentrado», incluido en el Informe Sectorial Inmobiliario 1S 2026.
Respecto a nuestros socios europeos, España presenta una recuperación de la inversión mucho más intensa, con un crecimiento acumulado del 13,1% desde 2019, 10 puntos más que en el conjunto de la eurozona (véase el tercer gráfico). En consecuencia, la tasa de inversión –entendida como el porcentaje de inversión sobre el PIB– crece medio punto hasta el 20,7%, de modo que la brecha con la media europea se reduce sensiblemente hasta apenas 3 décimas, tal y como se observa en el cuarto gráfico. Entre las principales economías de la eurozona, la evolución es desigual, con España en una posición intermedia. En el lado positivo, destaca claramente Italia, con un crecimiento cercano al 34%, explicado principalmente por el segmento de construcción, gracias a los incentivos fiscales (Superbonus, Transizione 4.0) y a la rápida ejecución de los fondos europeos, lo que ha elevado su tasa de inversión hasta el 22,4%, casi 5 puntos más que en 2019.
En cambio, la inversión en Alemania registra un descenso del 7,7%, situando su peso sobre el PIB por debajo del 20%, lo que constituye uno de los principales lastres estructurales de su crecimiento reciente. Destaca el deterioro de la inversión en bienes de equipo, afectada por la desaceleración industrial, la crisis energética, la menor demanda externa y la elevada exposición a China, así como en construcción, como consecuencia de las reglas fiscales y la menor inversión en infraestructuras. Por su parte, Francia presenta un comportamiento más estable, con un crecimiento y una tasa de inversión similares a la media (2,8% y 21,6%, respectivamente), gracias, en parte, a políticas industriales y fiscales que han amortiguado los shocks sufridos.
En conclusión, en el ciclo pospandemia la composición de la inversión ha mostrado un perfil distinto al del periodo 2014-2019. Los activos intangibles han ganado protagonismo, mientras que lo han perdido la inversión en bienes de equipo y la de construcción. En el agregado, España ha mostrado desde 2019 un dinamismo inversor superior al de la eurozona, lo que le ha permitido reducir la brecha con la media europea. De cara a 2026, el mantenimiento de unas condiciones financieras favorables y el apoyo de los fondos NGEU son un sostén relevante, aunque el entorno geopolítico puede condicionar unas perspectivas que a comienzos de año eran más favorables.