Globofricción (cap. 26)

La globofricción captura uno de los rasgos más característicos de la era actual: la atracción y la repulsión simultáneas entre bloques económicos. Por un lado, estos rivalizan por el liderazgo tecnológico, conscientes de que los beneficios asociados van mucho más allá de los que obtienen hoy las empresas que encabezan la innovación. Históricamente, los países que han liderado una revolución económica han acabado consolidándose como potencias globales en las décadas posteriores. Por otro lado, los bloques económicos siguen profundamente entrelazados por interdependencias comerciales y financieras. Es la fuerza de la globalización, cuyos beneficios son bien conocidos y siguen muy presentes.

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April 10th, 2026

No hay duda de que las fricciones se han intensificado en los últimos años, a medida que el potencial disruptivo de las nuevas tecnologías se ha hecho más evidente y que la capacidad para liderar el nuevo ciclo económico ha dejado de estar en manos de una sola potencia, léase EE. UU. El aumento de las barreras comerciales a escala global es, probablemente, uno de los fenómenos que mejor lo ilustra. Aunque pueda parecer un fenómeno reciente, no lo es. El número de medidas contrarias a la liberalización comercial empezó a crecer hace ya más de una década, durante la crisis financiera, y desde entonces no ha dejado de aumentar, atravesando gobiernos de todos los signos hasta dejar obsoleto el viejo orden internacional y las instituciones que lo sustentaban. Eso sí, la diplomacia con la que han actuado unos no tiene nada que ver con el descaro y el menosprecio mostrados por otros.

Los índices de incertidumbre económica y geopolítica también reflejan con nitidez las consecuencias de estas fricciones entre potencias. Ambos muestran una tendencia ascendente desde hace años, con repuntes intensos asociados a cada episodio de tensión. Sin embargo, observados con perspectiva, estos episodios tienden a ser relativamente breves. Las amenazas se intensifican hasta que se hacen evidentes los profundos lazos que todavía nos unen. Hasta ahora, la fuerza de la globalización ha ayudado a apaciguar las fricciones. En 2025, la escalada del conflicto comercial entre EE. UU. y China terminó cuando quedó patente la dependencia mutua: uno necesita los minerales críticos del otro; el otro necesita un gran mercado en el que exportar para seguir creciendo. Este año, esperamos que la guerra en Oriente Próximo llegue a su fin tras constatarse que todo el mundo necesita que las mercancías circulen libremente por el estrecho de Ormuz.

La pugna por liderar la nueva economía –o, al menos, por no quedarse excesivamente rezagado– también se ha traducido en un notable deterioro de las finanzas públicas. La presión por desplegar políticas de estímulo y transformación económica no ha dejado de aumentar y, con ella, la deuda pública de muchos países de referencia, que ha alcanzado niveles históricamente elevados. Además, en varios casos no se vislumbran señales claras de corrección en los próximos años. En el ámbito monetario, la presión política sobre algunos bancos centrales de referencia también se ha intensificado, aunque, por el momento, su independencia se mantiene intacta.

Probablemente, otra vez la globalización, en este caso la financiera, ha sido determinante para evitar males mayores. Cuando han surgido tentaciones de aplicar políticas fiscales abiertamente irresponsables o de cuestionar la independencia de los bancos centrales, la reacción de los mercados financieros internacionales ha sido rápida y, en ocasiones, contundente. Basta recordar la lección que recibió Liz Truss, que no llegó a durar dos meses en el cargo.

Mientras la batalla por el liderazgo de la nueva economía siga abierta, es previsible que las fricciones entre las grandes potencias económicas se repitan. El acuerdo entre EE. UU. y China tiene una duración de un año; la amenaza estadounidense de anexionarse Groenlandia continúa latente, y el capítulo de Cuba podría reabrirse en cualquier momento. La globofricción tendrá, sin duda, nuevos episodios. Espóiler: todo apunta a que la fuerza de la globalización seguirá imponiendo sus límites. Por cierto, el impulso que está dando la UE –ese espacio económico y de libertad democrática que a menudo genera más escepticismo que entusiasmo, que rara vez figura en las quinielas para liderar la nueva economía, pero en el que tenemos la fortuna de vivir– a los acuerdos de libre comercio resulta especialmente relevante en este contexto.