Controlar el virus, estimular la demanda a corto plazo, mejorar el potencial de crecimiento económico, pensar en la sostenibilidad fiscal a medio plazo e impulsar el proyecto europeo son cinco ámbitos esenciales para mitigar los efectos de la crisis e intentar superarla cuanto antes.
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Analizamos las perspectivas para 2019 en cuanto a la política monetaria de los dos principales bancos centrales, Fed y BCE, y las condiciones financieras de sus economías.
El inicio del nuevo curso económico viene marcado por la sensación de que podemos estar afrontando un punto de inflexión en el comportamiento de la economía.
El shock de la COVID-19 está teniendo efectos muy significativos sobre las economías emergentes y se está transmitiendo por canales reales y financieros de forma rápida e intensa. Cerca de 100 países, la mayoría emergentes, están explorando obtener ayuda del FMI o ampliar la que ya tienen. ¿Será el principio de una nueva crisis emergente como la de las décadas de 1980 y 1990?
A diferencia de la recesión de 2008, la crisis de la COVID-19 no tiene su origen en una toma de riesgos excesiva y un boom del crédito. Sin embargo la parálisis de la actividad tensionará la salud financiera de muchas empresas, y las fuertes turbulencias de los mercados y el endurecimiento generalizado de las condiciones financieras pueden activar vulnerabilidades latentes que amplifiquen el shock inicial.
A los seres humanos les encantan los ciclos. Ya sean vitales, históricos, políticos... o futbolísticos. Si no, que se lo pregunten a todos los entrenadores a los que han destituido con un manido «Su ciclo se había agotado». Los economistas, lo crean o no, también somos humanos y no podíamos ser menos.
El tipo de interés de equilibrio o natural es una referencia clave para determinar si la política monetaria de un banco central es acomodaticia (tipos oficiales inferiores al natural) o restrictiva (tipos superiores al natural). Sin embargo, un inconveniente del tipo natural es que no es directamente observable en los datos, de modo que hay que estimarlo a partir de modelos económicos.
La economía internacional vuelve del verano con señales de resiliencia, menos incertidumbre, pero más aranceles. Se observan indicios de mejora en la actividad europea en el 3T, señales de un mercado laboral no tan robusto en Estados Unidos, y una inflación divergente entre ambos lados del Atlántico.
Los últimos 30 años han sido testigo de una caída sostenida de los tipos de interés en las principales economías desarrolladas. Como ya hemos analizado en Dossiers previos, en última instancia este fenómeno refleja un declive del llamado tipo de interés natural, un concepto clave para la política monetaria y que tiene su origen en el economista sueco Knut Wicksell.1
- 1Véase el artículo «Tipos de interés bajos: ¿hasta cuándo?» en el Dossier del IM02/2019.
Los indicadores conocidos en las últimas semanas confirman la buena salud de la economía española, cuyo crecimiento en el 1T del año vuelve a sorprender al alza, siendo además el más elevado entre las grandes economías de la eurozona.
Pese a que el BCE ha endurecido las condiciones para realizar una subida de los tipos de interés, ahora existen más elementos sobre los que apoyar la idea de que la inflación a medio plazo se sitúe en el 2% y el BCE pueda, tras más de una década sin hacerlo, subir los tipos de interés.
El sector manufacturero mundial ha entrado en una fase de contracción de la actividad, un fenómeno generalizado entre economías avanzadas y emergentes, y especialmente intenso en la eurozona. Detrás de esta fase bajista se encuentran las tensiones comerciales, la madurez del ciclo macroeconómico y las disrupciones en el sector del automóvil.
En un inicio de un año con toda la atención centrada en cómo la Fed y el BCE implementarán el giro en la política monetaria y la sensación de que se puede abrir alguna divergencia temporal en el punto de partida de las bajadas de tipos de interés a ambos lados del Atlántico, durante las últimas semanas se han producido novedades que pueden arrojar algo de luz en el agitado mundo de la política monetaria.
La concatenación de shocks de oferta y de demanda que llevan aparejados los anuncios de las últimas semanas van a alterar los equilibrios de crecimiento e inflación, con la variable expectativas modulando los efectos que se desplegarán a través de los canales comerciales y financieros.
Perspectivas cautelosamente optimistas para la economía internacional, pero con un mapa de riesgos exigente. Estados Unidos destaca entre las economías avanzadas, mientras que la eurozona todavía no deja atrás la flaqueza de su actividad. Entre los emergentes, el crecimiento de la India encabeza a los BRICS, con China bajando al pelotón.
La evolución de la economía apunta a un cambio de fase: el inicio de una distensión de la política monetaria a nivel mundial.
Sin duda, las dos preguntas clave en la mente de los inversores y el hilo conductor de los mercados financieros durante gran parte del año, y claramente en el último mes, han sido cuándo bajarán el BCE y la Fed los tipos de interés y cuántas veces lo harán en 2024. Así, mayo y el inicio de junio experimentaron idas y venidas en la cotización de los activos financieros a medida que los inversores trataron de esclarecer las futuras decisiones de los bancos centrales.
La economía española sigue mostrando un dinamismo mayor de lo que se esperaba en el arranque del año, gracias sobre todo al empuje del sector terciario, especialmente el turismo, y la creación de empleo. De cara a los próximos trimestres, contará además con factores de soporte, como una política monetaria menos restrictiva, unas tensiones inflacionistas en senda de corrección y la previsible aceleración de la ejecución de los fondos europeos NGEU.