Analizamos a fondo la cesta de consumo para comprobar si las elevadas tasas de inflación registradas en los precios de la energía y de los alimentos se están extendiendo al resto de componentes.
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Analizamos los peligros que entrañaría una espiral salarios-precios en EE. UU. y en la eurozona, en el contexto actual de presiones inflacionistas.
En el actual contexto de elevada inflación, es ineludible preguntarse por su impacto en las dinámicas salariales. Para enmarcar esta cuestión tan candente y disponer de elementos suficientes para valorarla, es imprescindible analizar cómo ha sido históricamente la relación entre precios y salarios.
La inflación ha repuntado con fuerza a principios de 2021, pero la mayoría de los factores que la empujan son técnicos y temporales y no deberían condicionar la actuación del BCE.
Repasamos las fases del reciente ciclo inflacionista y analizamos la evolución de los costes intermedios para contener el desencadenamiento de los efectos de segunda ronda y asegurar la estabilidad de precios.
En 2021, la inflación ha alcanzado cotas no vistas en muchos años en la mayoría de las economías, un fenómeno que está centrando el debate económico, principalmente, por las implicaciones que tiene para la política monetaria. Nuestra visión, compartida con los principales bancos centrales, es que los elementos detrás de estas elevadas tasas de inflación son de naturaleza transitoria y deberían suavizarse a lo largo de 2022.
La inflación de la eurozona ha alcanzado máximos históricos superiores al 5,0%, valores de los que no bajará en los próximos meses, especialmente tras el repunte del precio de la energía a raíz del conflicto en Ucrania. Más allá del dato en sí, a menudo se pasa por alto que el impacto de una subida de los precios no afecta a todos los hogares de la misma forma y que, en buena medida, esto depende de las partidas responsables de la subida.
Como Vladimir y Estragon en Esperando a Godot, economistas, académicos y bancos centrales se han pasado la última década esperando a una inflación que no llegaba. Al menos hasta la irrupción en escena de la COVID-19. Los repuntes en los datos y en las expectativas de inflación con los que ha empezado el año 2021 han reavivado el debate sobre su llegada.
En los últimos años la inflación europea ha sido tozudamente inferior a lo deseado por el BCE y, desde 2018, incluso ha ido perdiendo dinamismo. Esta debilidad se ha intensificado con la crisis de la COVID-19. ¿Será esta temporal o permanente?
La crisis del coronavirus está suponiendo un shock sin precedentes para la economía europea: su efecto sobre la actividad económica es claramente negativo y las dudas se centran en la magnitud y la duración del impacto. En cambio, su efecto sobre la inflación genera más interrogantes. ¿Dominarán las presiones a la baja o al alza?
En marzo, los bombardeos entre Irán y EE. UU. e Israel causaron un estrés notable en las materias primas energéticas; el petróleo Brent fluctuó alrededor de los 100 dólares por barril a lo largo del mes y el gas TTF entre los 50 y 60 euros por MWh. Esto apunta a un repunte de la inflación y ha hecho que los mercados cotizaran subidas de tipos en las próximas reuniones del BCE.
Damos el punto de situación de las cuentas públicas en España y el impacto de la extensión parcial de las medidas de apoyo a los hogares y al tejido productivo para mitigar el impacto de la inflación, evaluando su coste fiscal.
Todo hace pensar que es difícil que en los próximos meses se vuelva a producir un repunte muy significativo de la inflación, y si se cumple este escenario, los hogares podrán seguir recuperando el poder adquisitivo que perdieron durante los últimos trimestres.
En este artículo analizamos qué factores explican el reciente ciclo de baja inflación en China y qué riesgos podrían transformarlo en una crisis deflacionista.
La escalada de la inflación está reduciendo la capacidad de ahorro de las familias. Aun así, el nivel de ahorro en 2021 fue todavía elevado.
Pese a que el BCE ha endurecido las condiciones para realizar una subida de los tipos de interés, ahora existen más elementos sobre los que apoyar la idea de que la inflación a medio plazo se sitúe en el 2% y el BCE pueda, tras más de una década sin hacerlo, subir los tipos de interés.