Existe un amplio consenso entre los economistas en que el precio de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) es la herramienta clave para facilitar la transición hacia una economía climáticamente neutra y contener el calentamiento global. Pero ¿hasta qué nivel debería llegar este precio y cómo afectará al crecimiento económico y la inflación?
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El escenario macroeconómico vuelve a estar condicionado por un conflicto geopolítico. La crisis entre EE. UU. e Irán, iniciada hace más de tres meses, se mantiene bajo una frágil tregua. Sin embargo, el estrecho de Ormuz continúa cerrado, lo que constituye, por ahora, la derivada más perjudicial para la economía mundial. España afronta este episodio desde una posición de fortaleza, pero el encarecimiento de la energía y el deterioro del entorno internacional restarán dinamismo a la actividad y elevarán la inflación. Por ello, revisamos el crecimiento del PIB hasta el 2,1% en 2026 y el 1,8% en 2027, frente al 2,4% y el 2,0% previstos anteriormente. La revisión es moderada y no altera el diagnóstico de una economía que crece con dinamismo.
Analizamos lo ocurrido en las economías avanzadas en cuanto a inflación y tipos de interés para tratar de apuntar a la dirección que tomarán los bancos centrales en los siguientes meses.
Después de haber puesto en marcha el proceso de endurecimiento monetario más intenso de las últimas décadas, parece que los bancos centrales están en vías de solucionar el inesperado repunte de la inflación que ha tenido que afrontar la economía internacional desde el primer semestre de 2021.
La capacidad de ahorro de las familias españolas se ha reducido de forma significativa en 2022, y lo ha hecho con rapidez a causa del contexto inflacionario.
La guerra en Oriente Próximo podría generar un nuevo shock económico a nivel global que también afectaría a la economía española. En este artículo, analizamos los tres principales canales a través de los cuales podría impactar: el primero es la inflación, a través del encarecimiento de la energía, de otros productos que provienen del Golfo Pérsico y del aumento de los costes del transporte marítimo; el segundo es la demanda externa, si el conflicto frena el crecimiento de nuestros socios comerciales; y el tercero es el canal financiero, en caso de que aumenten los tipos de interés y se endurezcan las condiciones financieras. A estos tres factores se añade el efecto de la política fiscal, sobre la que el Gobierno ya anunció una primera batería de medidas el pasado 20 de marzo para amortiguar el impacto del shock.
La relativa mejora de los precios internacionales de los bienes agrícolas apenas se ha reflejado en las cestas de precios al consumo mundiales. La principal razón es la depreciación de las divisas de muchos países frente al dólar, intensificada con la primera subida de los tipos de interés por parte de la Fed.
Las cadenas de suministro globales se han visto sacudidas, una vez más, tras el ataque conjunto de EE. UU. e Israel a Irán y la posterior extensión del conflicto a otros países de Oriente Próximo. Con las reservas propias de la incertidumbre actual sobre su severidad y duración, este nuevo shock se perfila como la mayor disrupción del comercio internacional desde la COVID-19.
El conflicto bélico en Ucrania ha truncado las perspectivas de que 2022 iba a ser el año de la reactivación definitiva de los intercambios con el exterior, especialmente los turísticos.
Una vez superados los tres meses de conflicto en Oriente Próximo, los efectos del shock de oferta provocado por la subida de los precios de la energía se irán manifestando progresivamente en los datos de inflación y crecimiento. La combinación de incertidumbre y resiliencia que ha caracterizado el comportamiento de la economía mundial en los últimos tiempos conforma un equilibrio frágil, sobre todo mientras el riesgo geopolítico permanezca en niveles muy elevados.
El acuerdo provisional entre EE. UU. e Irán alcanzado a mediados de mes, que prolongó la tregua militar y permitió la reapertura progresiva del estrecho de Ormuz, desencadenó una de las caídas más intensas del precio del petróleo de los últimos años. Esto llevó a un descenso significativo de las expectativas de inflación a corto plazo a nivel global. Sin embargo, la Fed y el BCE endurecieron su mensaje en sus respectivas reuniones y enfatizaron su postura antiinflacionista, lo que generó fuerzas contrapuestas en los mercados.
La intensificación en las presiones inflacionistas, un fenómeno agravado por la guerra en Ucrania, ha dado lugar a un cambio de ciclo en la dirección de la política monetaria. Atrás están quedando las compras masivas de bonos por parte de los bancos centrales, mientras que los tipos oficiales ya se están ajustando al alza. En los mercados financieros, este giro se ha reflejado en un marcado ascenso en la rentabilidad de la deuda soberana, una tendencia que, debido a su papel de referencia, también ha afectado al resto de activos financieros.
La actividad económica se enfrenta a un contexto de mayores precios energéticos, mayores tipos de interés y mayor inflación. A la vez, el conjunto de las condiciones financieras es menos restrictivo de lo que podría aparentar, gracias al contrapeso que ejerce el buen desempeño de las bolsas en lo que va de año y la relativa estabilidad de los tipos de cambio, mientras el boom inversor asociado a la IA ayuda a contrarrestar el lastre del conflicto en Oriente Próximo.
En su lucha contra la inflación, la política monetaria se ha endurecido de manera notable, como es claramente visible en los tipos de interés oficiales y en los que afrontan empresas, familias y gobiernos. Pero estos tipos de interés no son un fin en sí mismos, sino que el objetivo último es enfriar la actividad económica y, de este modo, frenar la inflación. En este artículo analizamos el estado de la transmisión monetaria a través de uno de sus principales canales: las condiciones crediticias.
Los ingresos salariales por empleado aumentaron en media un 2,4% interanual en mayo según nuestro indicador de salarios. ¿Están creciendo al mismo ritmo las nóminas de los trabajadores de ingresos bajos que las de ingresos altos?
Desde el estallido de la pandemia de la COVID-19, los hogares estadounidenses se muestran mucho más pesimistas de lo que cabría esperar teniendo en cuenta el estado actual de la economía americana. ¿Por qué? ¿Sucede lo mismo en Europa?
La economía global mostró una notable resiliencia durante 2025, ofreciendo un buen punto de partida de cara a 2026, de tal forma que la economía mundial podría seguir creciendo a ritmos del 3% y con una inflación globalmente estable. Sin embargo, los riesgos sobre los escenarios globales centrales han aumentado significativamente tras el ataque conjunto de EE. UU. e Israel a Irán, que ha provocado una fuerte subida de los precios del crudo y el gas, e importantes turbulencias en los mercados financieros.
La resistencia exhibida por la actividad económica internacional, la reducción de la incertidumbre y la mejora de las proyecciones de crecimiento dibujan una mejora del escenario más inmediato. Pero esto no significa que la economía mundial haya salido de la encrucijada.