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La irrupción del coronavirus ha puesto en boga el trabajo en remoto y ha avivado el debate sobre su impacto social y nuestra forma de vivir. Sin embargo, el concepto de teletrabajo no es algo nuevo y, de hecho, fue el formato habitual para muchos trabajadores hasta bien entrado el siglo XIX.
La irrupción de la COVID-19 ha supuesto un cambio de paradigma en muchos aspectos de la economía, entre ellos el de los hábitos de consumo y, concretamente, el del e-commerce en el sector retail. ¿Cómo han contribuido al crecimiento del e-commerce los comercios que ya vendían por el canal online antes de la pandemia y los nuevos entrantes a este canal de ventas?
Aunque nuestra atención va a seguir centrada durante un tiempo en la geopolítica y todas sus derivadas, el elefante en la habitación continúa siendo las implicaciones a medio plazo de la IA en las variables macroeconómicas. El riesgo es pecar de optimismo, pero la punta del iceberg de esta megatendencia es esperanzadora, considerando los primeros efectos positivos en el crecimiento americano y en los resultados de las empresas del sector.
La crisis de la COVID-19 ha sido un shock a escala global, pero su impacto económico ha sido bastante desigual por países, lo que refleja diferencias de estructuras productivas y de respuesta de política pública. Dada la asimetría, no sorprende que el proceso de recuperación también esté siendo muy heterogéneo, exacerbado por lo discriminado que ha sido el acceso a la vacunación y los continuos rebrotes del virus.
El BCE y la Fed han iniciado un proceso de revisión de su estrategia cuyos resultados publicarán a lo largo de 2020. Ciertos cambios estructurales en las economías avanzadas, como la caída del tipo de interés de equilibrio o el aplanamiento de la curva de Phillips, han motivado esta revisión.
En estos tiempos líquidos que nos ha tocado vivir, en los que un entorno económico y político moderadamente estable ha dado paso a una realidad cambiante, impredecible y sujeta a un proceso continuo de transformación, de vez en cuando es necesario parar y reflexionar sobre las grandes tendencias para el futuro próximo. Eso es lo que intentamos hacer cada mes de noviembre en nuestro Dossier de perspectivas anuales.
Examinamos las razones y objetivos de la OTAN de aumentar el gasto en defensa hasta el 5% del PIB en 2035, y hasta qué punto es razonable esperar que la Unión Europea lo incremente en los próximos años.
Analizamos el enfriamiento del sector manufacturero mundial en un momento en el que confluyen distintos factores: las secuelas de la pandemia, el efecto arrastre de China y las repercusiones de la crisis energética en la industria europea.
Nos dirigimos hacia un contexto con aranceles más elevados y donde, probablemente, se produzca cierta reconfiguración en las cadenas de valor global para tratar de compensar, en la medida de lo posible, la pérdida de atractivo del mercado estadounidense. En consecuencia, vamos a un mundo con mayor fragmentación, menor crecimiento económico y riesgo de inflaciones más elevadas.
¿Mitigó el comercio on-line la caída del consumo de los hogares en Portugal? ¿Las empresas portuguesas estaban (están) preparadas para hacer negocios de esta manera? ¿Han cambiado los hábitos de los consumidores? ¿Cabe esperar que el comercio electrónico siga ganando terreno al comercio minorista tradicional?
Tras crecer un 3,2% en 2024, se espera que la economía siga creciendo en 2025 por encima del promedio de la eurozona, apoyada por el dinamismo del consumo de los hogares y la recuperación de la inversión. Los importantes desafíos geopolíticos y el débil crecimiento europeo se presentan como los principales factores de riesgo.
En su lucha contra la inflación, la política monetaria se ha endurecido de manera notable, como es claramente visible en los tipos de interés oficiales y en los que afrontan empresas, familias y gobiernos. Pero estos tipos de interés no son un fin en sí mismos, sino que el objetivo último es enfriar la actividad económica y, de este modo, frenar la inflación. En este artículo analizamos el estado de la transmisión monetaria a través de uno de sus principales canales: las condiciones crediticias.