Analizamos el impacto que las variaciones en el precio de la energía a raíz de la guerra en Ucrania pueden llegar a tener sobre el crecimiento del PIB de España.
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La invasión de Ucrania por parte de las tropas rusas supone un punto y aparte en el contexto geopolítico internacional tras la caída del muro de Berlín. Las consecuencias de un evento de tal magnitud (un cisne negro en terminología financiera) son todavía difíciles de anticipar, pero podrían cambiar algunas de las tendencias de fondo que han definido el comportamiento de la economía mundial en las últimas décadas.
El conflicto bélico que ha estallado en Ucrania hace que ahora sea muy difícil pronosticar el curso que va a seguir la actividad económica, pero cada día que pasa parece más difícil que el crecimiento alcance el 5% que esperábamos superar.
El PIB portugués registra un exiguo avance en el 2T, y la creación de empleo y la inflación se desaceleran en agosto.
Tras la experiencia de los últimos años, ya sabemos cómo el riesgo político puede alterar el comportamiento de hipótesis clave en los escenarios de previsión económica.
La resiliencia que muestra la economía internacional a nivel agregado, destacable ante un entorno de gran incertidumbre geopolítica y condiciones financieras restrictivas, refleja dinámicas dispares entre las distintas economías internacionales, cada una en búsqueda de conseguir un aterrizaje ordenado ante sus propios retos. EE. UU. exhibe un crecimiento sólido y persigue normalizarse hacia ritmos más sostenibles, mientras que en la eurozona aparecen indicios de un crecimiento menos apático y China mantiene unas dinámicas mixtas entre la industria y la demanda interna.
Cada vez hay más presión para que el BCE empiece a subir los tipos de interés. Pero, en el actual contexto de desaceleración económica con multitud de riesgos a la baja, ¿es deseable que el BCE empiece a normalizar su política monetaria en los próximos meses? ¿Sería mejor esperar a que el crecimiento económico se recuperara?
En un mes en el que desgraciadamente el protagonismo lo vuelve a tener el riesgo geopolítico, repasamos en el Dossier de Perspectivas 2024 las principales claves y previsiones para el próximo año. Y la primera idea es precisamente lo compleja que será la vuelta a una macroeconomía en equilibrio en un mundo con unos niveles de inestabilidad geopolítica no vistos en muchas décadas.
La economía internacional vuelve del verano con señales de resiliencia, menos incertidumbre, pero más aranceles. Se observan indicios de mejora en la actividad europea en el 3T, señales de un mercado laboral no tan robusto en Estados Unidos, y una inflación divergente entre ambos lados del Atlántico.
El aumento de incertidumbre y el incremento en el nivel de los aranceles introducen riesgos a la baja sobre el crecimiento global, así como al alza para la inflación en EE. UU., siendo más incierto el impacto en precios para el resto del mundo.
La primera reacción del mercado a la victoria de Trump y el partido Republicano en las elecciones de EE. UU. fue acorde con unas expectativas en que sus políticas supongan una mayor inflación a medio plazo, así como un cierto impulso al crecimiento económico a corto plazo.
Si en diciembre de 2022 nuestra previsión de crecimiento del PIB para 2023 era del 1%, finalmente la economía española ha logrado crecer un notable 2,5%, a pesar de la incertidumbre geopolítica, una inflación todavía elevada pese a su descenso en los últimos meses y el alza de los tipos de interés.
¿Qué se espera en 2022 en lo tocante a inversiones sostenibles? Calibramos la importancia de la sostenibilidad medioambiental en los fondos europeos NGEU del Mecanismo de Recuperación y Resiliencia.
El conflicto en Oriente Próximo ha hecho que el entorno financiero diera un paso atrás y, sin sufrir un gran tensionamiento en agregado, sea menos favorable al desempeño de la actividad económica en los próximos trimestres. Los riesgos son elevados y, si bien una resolución rápida del conflicto podría distender las condiciones financieras, la prolongación del bloqueo de Ormuz amenaza con una activación exponencial de los costes económicos y financieros si las existencias de petróleo y productos derivados caen demasiado y dejan de acolchar la contracción de la oferta energética. Asimismo, cabe no olvidar la vigilancia de los mercados sobre dinámicas de deuda pública en varias economías avanzadas, ni los riesgos financieros alrededor de la IA, tanto por su capacidad de cumplir expectativas como de disrumpir estructuras económicas establecidas.
Encaramos la recta final del año tras un verano marcado por la celebración de las Olimpiadas en París y por un breve episodio de turbulencias financieras, debido, en parte, a los temores de que la economía estadounidense pueda entrar en recesión. Se ha demostrado que estos temores han sido algo exagerados, y la economía mundial mantiene la tendencia de los últimos trimestres, si bien las perspectivas para la última parte del año se han debilitado. Toca pues reajustar los escenarios económicos y financieros con toda la nueva información disponible en los últimos meses.
A falta de valorar el impacto que la DANA de finales de octubre en el levante peninsular haya podido tener sobre la producción agraria de la región, en los próximos trimestres esperamos que la tendencia positiva del sector se afiance, si bien seguirá muy condicionada a la evolución de los costes y la mejora de la situación de sequía.
La concatenación de shocks de oferta y de demanda que llevan aparejados los anuncios de las últimas semanas van a alterar los equilibrios de crecimiento e inflación, con la variable expectativas modulando los efectos que se desplegarán a través de los canales comerciales y financieros.
La economía española sigue mostrando un dinamismo mayor de lo que se esperaba en el arranque del año, gracias sobre todo al empuje del sector terciario, especialmente el turismo, y la creación de empleo. De cara a los próximos trimestres, contará además con factores de soporte, como una política monetaria menos restrictiva, unas tensiones inflacionistas en senda de corrección y la previsible aceleración de la ejecución de los fondos europeos NGEU.
Entre finales de septiembre y finales de febrero, el dólar estadounidense se depreció un 6% en términos nominales efectivos y un 10% frente al euro, cotizando cerca del 1,07, un nivel no visto desde hace casi un año. Exploramos a qué se debe este cambio de tendencia y si tendrá continuidad.