La economía mundial en busca de un nuevo equilibrio

El reto de la política económica es preservar la resiliencia de un sistema económico cada vez más complejo, interconectado e incierto. Y ser conscientes de que la dificultad no reside tanto en desarrollar nuevas ideas como en escapar de las antiguas, como advirtió Keynes.

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8 de juliol de 2026

El descenso de la incertidumbre geopolítica tras la firma del acuerdo entre EE. UU. e Irán y su inmediata traslación a los precios de la energía supone un reequilibrio en el mapa de riesgos a corto plazo, justo cuando entramos en la época del año con mayor sensibilidad de las variables financieras a cualquier perturbación. La respuesta del canal energético a la incipiente reapertura de Ormuz está siendo más intensa de lo esperado, teniendo en cuenta que los precios del barril de petróleo casi han vuelto a la casilla de salida (cerca de los 70 dólares), mientras que los futuros anticipan cotizaciones medias hasta finales de 2027 muy por debajo de las hipótesis utilizadas en la mayoría de los escenarios centrales de previsión. Es pronto para cantar victoria, ya que, de momento, solo estamos ante el fin del principio del largo proceso que supondrá la reconfiguración de los equilibrios geopolíticos en Oriente Próximo. El acuerdo no es un tratado definitivo, sino un memorándum de entendimiento (MoU) que abre un periodo de 60 días para negociar tres aspectos clave: la reapertura y la gestión del estrecho de Ormuz (de momento, el tráfico sigue siendo reducido), la liberación de los activos iraníes congelados (más las ayudas para la reconstrucción) y la resolución del conflicto en el Líbano.

Por tanto, no podemos descartar que las negociaciones se dilaten en el tiempo y continúen sujetas a una elevada volatilidad, pero, en el delicado ejercicio que supone realizar previsiones económicas en los últimos tiempos, la bajada de los precios de la energía automáticamente ha reducido los riesgos de cola y la probabilidad de los escenarios más negativos (estanflación), mientras que aumenta la verosimilitud de que toda la inestabilidad acumulada desde febrero se limite a un shock de oferta moderado. De manera que, tras el ruido de los últimos meses, la mejora del canal energético se está traduciendo en riesgos a la baja en inflación y al alza en actividad y, por tanto, en una composición más favorable del crecimiento nominal mientras se reajusta la brecha entre oferta y demanda, especialmente en algunos segmentos de los mercados de materias primas.

En este sentido, los datos de inflación de junio en Europa (2,8% vs. 3,2% en mayo) muestran que la distensión energética puede aliviar rápidamente las presiones de precios, con descensos de la inflación armonizada en tres de las cuatro grandes economías (Francia, Alemania e Italia). Aunque lo más importante ha sido el fuerte retroceso de las expectativas de inflación a corto plazo a ambos lados del Atlántico, que, por un lado, refleja la efectividad del moderado endurecimiento monetario de los últimos meses y, por otro, aumenta la flexibilidad en la respuesta de los bancos centrales mientras comprueban la intensidad de los efectos de segunda ronda en las cestas de precios. El resultado de todo ello ha sido una relajación de las perspectivas de política monetaria con los mercados ahora descontando tan solo una subida más de los tipos de interés en EE. UU. y Europa, tras el movimiento al alza de 25 p. b. del BCE y el cambio de la estrategia de comunicación en la Fed con la llegada de Warsh. En general, la percepción es que los bancos centrales seguirán manteniendo un rumbo restrictivo hasta que terminen de despejarse las dudas que rodean al complejo escenario internacional, aunque, con los futuros cotizados a finales de junio para el petróleo y el gas, el impacto directo de la energía sobre la inflación general en 2026 podría reducirse en cerca de 3 décimas respecto a las estimaciones de hace un mes.

Algo menos de visibilidad se tiene en el frente de actividad, a la espera de los datos de contabilidad nacional del 2T, aunque parece que los efectos negativos en crecimiento serán moderados, sobre todo si se confirman las últimas señales de mejora en los indicadores de confianza de familias y empresas. Ello refleja, una vez más, la resiliencia del ciclo de negocios global y el novedoso empuje de la inversión que, tras una década y media de atonía, está tomando el relevo al consumo privado a corto plazo, gracias al impulso de la IA, al gasto en defensa, a la transición energética y a los últimos coletazos de los NGEU en Europa. El cambio de paradigma que implica pasar de la eficiencia como objetivo de la política económica a la seguridad nacional, la resiliencia industrial y la competencia tecnológica entre bloques tendrá un coste muy elevado. Ahora solo hay que buscar la financiación y evaluar qué implicaciones puede tener el proceso en el delicado equilibrio entre fragilidad fiscal y financiera, como destacaba recientemente el BIS. Con la esperanza de que la búsqueda de un nuevo punto de equilibrio en la economía mundial terminará de forma exitosa, una vez que el shock positivo de la IA sobre productividad más que compense los choques negativos de los últimos años. Ahí estamos, con la economía mundial entrando en una nueva era caracterizada por dos grandes transiciones simultáneas: fragmentación geoeconómica y revolución tecnológica. En este contexto, el reto de la política económica es preservar la resiliencia de un sistema económico cada vez más complejo, interconectado e incierto. Siendo conscientes de que la dificultad no reside tanto en desarrollar nuevas ideas como en escapar de las antiguas y, por tanto, en liberarse de los marcos mentales heredados, como advirtió Keynes.