Jardín ornamental en forma de laberinto. Photo by Tobias Rademacher on Unsplash

Palabras para el laberinto económico

Si para la Fundación del Español Urgente (Fundéu RAE) la palabra del año 2025 fue "arancel", para el ejercicio recién inaugurado, en el abanico de potenciales candidatas deberíamos incluir desde "incertidumbre" o "geopolítica", si nos dejamos llevar por el vértigo de la actualidad reciente, hasta "asequibilidad", cuando se trata de incidir en las cicatrices causadas por los diferentes shocks que ha debido afrontar la economía internacional desde 2020. 

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12 de gener de 2026

En todos los casos, son palabras que reflejan los efectos de los movimientos tectónicos en el viejo orden económico internacional, sujeto a más cambios desde la pandemia que en las cuatro décadas anteriores. Algo que se ha vuelto a poner de manifiesto tras la intervención de EE. UU. en Venezuela, con el mercado de petróleo como canal potencial de afectación a la economía a medio plazo, teniendo en cuenta las abundantes reservas de crudo existentes en el subsuelo venezolano (casi un 20% del total mundial) y la escasa capacidad de producción actual (algo menos de un millón de barriles diarios) por la obsolescencia de sus infraestructuras. Por tanto, el principal foco de riesgo a corto plazo vuelve a ser la geopolítica, con una nueva aceleración del proceso de transición del multilateralismo a un nuevo marco sometido a esferas de influencia y a la competencia multipolar, lo que puede aumentar las tensiones en áreas de elevada importancia estratégica como Taiwán o Groenlandia. La UE está una vez más en el foco, obligada a tomar decisiones cuando todavía se encuentra a medio camino en el proceso de búsqueda de la autonomía estratégica, pese al avance que ha supuesto acordar la emisión de 90.000 millones de euros en eurobonos para cubrir las necesidades de financiación de Ucrania a corto plazo.

Todo este ruido ligado a los reequilibrios de la política exterior de la principal potencia económica del mundo no debería hacer pasar por alto algunas señales significativas de las últimas semanas, como un superávit comercial chino, que ya se ha situado en la psicológica cifra del billón de dólares en términos anuales y que refleja la capacidad de adaptación del gigante asiático a la nueva realidad geoeconómica; el descenso de la prima de riesgo española hasta mínimos de 2009, o el nombramiento de un griego como presidente del Eurogrupo poco más de una década después del rescate del país. Mientras, los indicadores de actividad siguen dando muestras de resiliencia y la inflación global prosigue su proceso de convergencia hacia los objetivos de los bancos centrales, con el interrogante de EE. UU. La duda es si estamos ante la calma que precede a la tempestad, pues, como recientemente recordaba Gita Gopinath, utilizando el ejemplo del brexit, los daños estructurales causados por políticas económicas inadecuadas como el aumento de barreras comerciales se manifiestan lentamente y, en la mayoría de las ocasiones, son difíciles de revertir.

A corto plazo, los efectos del boom inversor en inteligencia artificial y de una política fiscal expansiva, junto con unas condiciones monetarias más laxas, deberían permitir mantener la velocidad de crucero de la recuperación internacional y compensar las adversidades. Pero esa resiliencia de la economía global puede tener los pies de barro si termina gripándose alguno de esos motores. Además, hay que tener en cuenta que se está produciendo una recuperación en forma de K, con fuertes divergencias geográficas, sectoriales e incluso generacionales en algunos países, y con las dificultades económicas de segmentos de la población (lo que algunos denominan crisis de asequibilidad) explicando gran parte de los vuelcos electorales de los últimos años a ambos lados del Atlántico. La pregunta es qué políticas económicas pueden contribuir a revertir la situación y hacer más inclusivos los beneficios del crecimiento económico actual y del que debería venir de la mano del cambio tecnológico en ciernes. La respuesta no es sencilla sin tocar el delicado equilibrio entre eficiencia y equidad. Lo que está claro, como se pone de manifiesto en el Dossier de este informe, es que la productividad es el motor último del crecimiento económico sostenible y del bienestar a largo plazo. Un aumento sostenido de la misma permitiría aumentar la capacidad adquisitiva de los ciudadanos y, por tanto, mejorar sus condiciones de vida, abordar los desafíos que tiene Europa por delante (demografía, transición energética y autonomía estratégica, entre otros) y, en última instancia, mantener la relevancia de la región ante los desafíos del nuevo escenario global. Solo un dato, el crecimiento real por hora trabajada en la UE desde la COVID-19 ha sido del 0,5% (1,7% en el periodo 1996-2007), de manera que la palanca para aumentar el crecimiento potencial de la región está muy clara, como puso de manifiesto el informe Draghi el año pasado. Es hora de revertir esta tendencia y que productividad pase a ser la palabra económica más importante en Europa, no solo en 2026, sino en ejercicios venideros.