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Seguimos analizando el fenómeno del de-risking entre las grandes potencias económicas en una nueva entrega de artículos dedicados al comercio internacional y la geopolítca. En este primero, nos centraremos en Estados Unidos y China, y en segundo, en la Unión Europea.
En los últimos años, el precio de la vivienda ha intensificado su tendencia alcista y se ha convertido en una de las principales preocupaciones económicas y sociales de España. Este fenómeno se explica en gran medida por el déficit de vivienda acumulado desde 2021 a causa de una persistente brecha entre la oferta y la demanda. Dicho déficit de vivienda es significativo (estimamos que asciende a cerca del 4% del parque de viviendas principales en España), y más elevado en determinadas provincias, grandes municipios y zonas turísticas: precisamente donde se observan las mayores presiones alcistas sobre los precios.
La oferta de vivienda continúa siendo insuficiente para absorber una demanda que sigue creciendo con fuerza por la formación de nuevos hogares. Este déficit de vivienda y la presión que ejerce sobre los precios subraya la necesidad de acelerar la construcción de vivienda asequible.
El mercado residencial español se encuentra en plena fase expansiva, impulsado por la bajada de los tipos de interés, la mejora del poder adquisitivo y el crecimiento demográfico. La demanda sigue creciendo con fuerza, con un notable protagonismo del comprador extranjero, y la oferta poco a poco también va ganando tracción, aunque sigue sin compensar el déficit de vivienda acumulado desde 2021. El precio de la vivienda sigue acelerándose, superando ya el máximo alcanzado en 2007 en términos nominales, y se empiezan a detectar señales de sobrevaloración. Sin embargo, el contexto actual difiere del anterior al estallido de la burbuja inmobiliaria: no hay un exceso de oferta sino un grave déficit de vivienda y eso es lo que explica principalmente la presión sobre los precios; y la situación financiera de las familias, del sector constructor y promotor, y del sistema financiero es sólida. Prevemos que los precios y las compraventas seguirán siendo dinámicos los próximos trimestres, lo que acentúa la necesidad de aumentar la oferta de vivienda asequible.
El porcino se ha consolidado como el sector más relevante para la ganadería española, con más del 40% de la producción final ganadera. Lo componen unas 86.500 granjas y unas 2.600 empresas transformadoras, y la mayor parte de su producción se concentra en solo tres regiones: Cataluña, Aragón y Castilla y León. Recientemente, el porcino ha esquivado mejor que otros sectores cárnicos la caída de la demanda por la COVID-19, gracias a su menor dependencia del canal HORECA y al repunte de la demanda procedente de China, cuya producción doméstica se ha visto gravemente afectada por la peste porcina africana (PPA). Esta situación ha permitido al sector porcino español consolidarse como uno de los principales actores en la UE y en el mundo. Entre los retos del sector se encuentra la reducción de las emisiones contaminantes y seguir aplicando de forma estricta las medidas necesarias de bioseguridad para evitar la entrada de la PPA en territorio español.
Aunque la exposición del empleo español a la demanda estadounidense es limitada en términos agregados, su impacto varía considerablemente entre sectores. Actividades como la industria manufacturera (especialmente la farmacéutica), el transporte aéreo, las actividades profesionales o las TIC presentan una mayor vinculación, junto con el comercio y la reparación de vehículos.
La BRI se ha convertido en una pieza clave para el posicionamiento global de China. Enfrentándose a una demanda interna debilitada y un exceso de capacidad crónico, la iniciativa ha facilitado la apertura de nuevos mercados, la diversificación de destinos de exportación, el dominio de cadenas de valor de materias primas críticas esenciales para el desarrollo de su industria, y la disminución de la dependencia de rivales geoeconómicos, una dimensión que ha cobrado especial importancia en los últimos años.
Las cadenas de suministro globales se han visto sacudidas, una vez más, tras el ataque conjunto de EE. UU. e Israel a Irán y la posterior extensión del conflicto a otros países de Oriente Próximo. Con las reservas propias de la incertidumbre actual sobre su severidad y duración, este nuevo shock se perfila como la mayor disrupción del comercio internacional desde la COVID-19.