• Cadenas de valor globales: ayer, hoy y mañana

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    Las etiquetas Hecho en España, Hecho en EE. UU. e incluso Hecho en China cada vez tienen menos sentido en nuestro mundo actual. Desde que las empresas decidieron trocear sus procesos productivos y trasladarlos a otros países, seguramente Hecho en el Mundo represente mejor la naturaleza de la mayoría de los bienes manufacturados que consumimos. Repasamos el pasado, el presente y el futuro de las cadenas de valor globales, en un momento en el que las restricciones a la movilidad provocadas por la pandemia y las disrupciones en los suministros las han vuelto a poner de actualidad.  

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    La creación de las cadenas de valor globales

    En la década de los noventa se inició una profunda optimización de los procesos productivos más allá de las fronteras de un único país. Las empresas decidieron trocear dichos procesos y llevarlos a cabo en otros tantos países –con la finalidad de aprovechar las ventajas de especialización de cada uno de ellos–, dando lugar a las conocidas cadenas de valor globales (CVG). Distintos elementos promovieron la creación de las CVG, pero destacan, en primer lugar, los avances en las tecnologías de la información y comunicación (TIC), que permitieron la perfecta coordinación de los distintos eslabones de producción. Y, en segundo lugar, la disminución de los costes comerciales, favorecidos por los importantes tratados de libre comercio acordados en esa década,11 así como por las mejoras en transporte, en especial el aéreo.

    De hecho, las CVG impulsaron los flujos de comercio internacional hasta valores impensables hace unas décadas: las exportaciones de bienes y servicios en porcentaje del PIB pasaron de cotas en torno al 18% a principios de los noventa a niveles cercanos al 30% justo antes de la pandemia; y la relevancia de las CVG en el total de estos flujos comerciales pasó de niveles en torno al 40% a algo superiores al 50% en ese mismo periodo de tiempo (veáse el gráfico de la siguiente página).12 

    • 11. En 1994 se cerró la mayor ronda de negociaciones comerciales multilaterales (Ronda de Uruguay), en la que 123 países formaron parte. Asimismo, también en 1994, se cerró el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés). Ambos acuerdos comportaron una reducción sustancial de los aranceles a nivel mundial: de niveles en torno al 16% a principios de los noventa al 5% actual (según datos del Banco Mundial, promedios simples).
    • 12. El avance de las CVG fue especialmente dinámico entre 1990 y principios de los 2000, justo antes del estallido de la crisis financiera global. Desde entonces, la relevancia de dichas cadenas en el comercio parece haberse estancado.

    La importancia de las cadenas de valor globales en los flujos comerciales

    Última actualización: 11 abril 2022 - 16:29
    La pandemia: impacto presente y planteamientos futuros sobre las CVG

    La crisis de la COVID ha suscitado numerosas dudas acerca del elevado grado de globalización adquirido, así como de la idoneidad de las CVG. En un primer momento, en países como España, nos percatamos de la elevada dependencia exterior (más allá de las fronteras de la UE) de bienes que en ese momento eran de primera necesidad.

    En una segunda fase, con la fuerte reactivación de la demanda sesgada hacia bienes de carácter duradero y las disrupciones en algunas fábricas por los efectos de la COVID,13 nos hemos encontrado con un problema de escasez de suministros de carácter global que no habíamos vivido desde su creación. Y, en este mundo de manufacturas globales, la disrupción en uno de los eslabones de la cadena de producción comporta perturbaciones importantes en todo el proceso. Mayores cuanto más larga es la CVG (bullwhip effect). 

    Sin duda, estas disrupciones comportarán un replanteamiento de las CVG. Aunque todavía es pronto para conocer los cambios a futuro, sí podemos pensar en algunos replanteamientos estratégicos que perseguirán los gestores de las empresas para aumentar la robustez de la cadena productiva.

    En primer lugar, las cadenas probablemente serán más cortas, para evitar el efecto amplificador de las disrupciones. Serán más redundantes en los componentes clave. Es decir, habrá alternativas a la producción de dichos componentes. En tercer lugar, se dotarán de nuevas tecnologías digitales que les permitan una detección temprana de fallos en la cadena. Y, en el plano logístico, probablemente se aumentará la inversión en existencias: del just in time al just in case, como rezaba un reciente artículo del Financial Times 14 (véase el gráfico de la siguiente página).

    • 13. Véase el artículo «Cuellos de botella: del ¿por qué? al ¿hasta cuándo?» en el Informe Mensual de diciembre de 2021.
    • 14. Véase Financial Times (diciembre de 2021). «Supply chains: companies shift from 'just in time' to 'just in case'».

    Las cadenas de valor globales probablemente serán más cortas, para evitar el efecto amplificador de las disrupciones.

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    Con todo, hay que tener en cuenta que estos posibles cambios estratégicos, de producirse, pueden ser más graduales y menos intensos de lo que uno podría suponer tras el choque pandémico. Uno de los motivos es el aumento de costes que supone un cambio en esta dirección y su clara derivada en los precios que pagaríamos los consumidores. En un mundo globalizado, esto podría suponer una pérdida de competitividad importante frente al resto de países y/o empresas. Asimismo, tal y como analiza el profesor de Harvard Pol Antràs, la configuración de las CVG obliga a las empresas a incurrir en unos elevados costes hundidos, lo cual comporta una elevada rigidez en los cambios estratégicos de producción.15 

    En otras palabras, el choque de la COVID sí comportará un cambio en el planteamiento de la configuración de las nuevas CVG y seguro que puede llevar a cierto replanteamiento de las ya existentes. Pero, en este último caso, de forma menos radical y rápida de lo que algunos auguran.

    • 15. Véase Antràs, P. (2020). «De-Globalisation? Global value chains in the post-COVID-19 age». National Bureau of Economic Research, n.º w28115.
    El futuro de las CVG: factores de más y de menos

    Además del impacto de la pandemia, otros elementos (en su gran mayoría, nuevas tecnologías) tienen la capacidad de reformar la actual disposición de las CVG y de ellos, de manera precisa, queremos hablar brevemente (véase la infografía de esta página).16

     

    Automatización e impresión en 3D

    Aunque la automatización es un proceso que lleva siglos en marcha, los actuales robots, dotados con inteligencia artificial y con un coste que ha disminuido de forma sustancial durante las últimas décadas, suponen una revolución en toda regla. La mejora en la productividad de estos nuevos robots puede conllevar la vuelta, a los países avanzados, de algunos de los procesos manufactureros que en las últimas tres décadas habían enviado a los emergentes con la finalidad de aprovechar los bajos costes laborales. En otras palabras, pasaríamos de una tendencia de offshoring a otra de reshoring, lo cual comportaría cierta reversión en la globalización de las cadenas de suministros.

    Por otro lado, la impresión en 3D es un tipo de tecnología que podría empujar a un acortamiento de las CVG y, con ello, también a un reshoring de parte de la actividad manufacturera. En efecto, con esta tecnología no es necesario enviar los productos físicos, ¡basta con disponer de los archivos para fabricarlos! A pesar de ello, todavía no hay evidencia clara al respecto. De hecho, un trabajo publicado por el Banco Mundial muestra un fuerte aumento de los flujos comerciales tras la adopción de la tecnología 3D en la producción de audífonos, algo que no esperaríamos con un acortamiento de las CVG.17 Aunque se trata de un caso muy específico, nos muestra efectos interesantes que deben considerarse. En particular, el sector de los audífonos adoptó la impresión en 3D en prácticamente la totalidad de sus piezas cuando esta fue tecnológicamente viable –hace unos 10 años– y desde entonces los flujos comerciales ligados al sector han aumentado un 60%. El motivo principal del incremento es que la impresión en 3D ha comportado una reducción enorme del coste de producción de los audífonos a la vez que una mejora en términos de calidad, lo cual ha favorecido un fuerte aumento en la demanda del producto. Y con una mayor demanda, el comercio internacional en audífonos se ha intensificado.

    • 16. Basado parcialmente en Canals, C. (2020). «Revolución tecnológica y comercio internacional 4.0». Geopolítica y Comercio en tiempos de cambio. Publicación del CIDOB.
    • 17. Véase Freund, C. L., Mulabdic, A. y Ruta, M. (2020). «Is 3D Printing a Threat to Global Trade? The Trade Effects You Didn't Hear About». World Development Report.
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    El coche eléctrico

    Otro caso que también merece una especial atención es el de los coches eléctricos, que tienen el potencial de cambiar algunas de las CVG más relevantes (las del sector automovilístico), así como de reducir de forma considerable el comercio internacional. El motivo es que los clásicos coches con motor de combustión requieren de multitud de piezas y engranajes que suelen fabricarse en distintos países para aprovechar al máximo las ventajas competitivas de cada uno de ellos. De hecho, el sector de la automoción es responsable de una parte sustancial de los flujos comerciales de bienes intermedios en el mundo. Sin embargo, el coche eléctrico, con una mecánica mucho más simple
    –con muchas menos piezas y que, además, están menos sometidas al desgaste– podría suponer una reducción de estos flujos intermedios clásicos y, en consecuencia, un cambio radical de la disposición de las CVG automovilísticas.

    Por otra parte, la producción de baterías, pieza clave en los nuevos vehículos eléctricos, también marcará el futuro de numerosos flujos comerciales, que en este caso se centrarán en materias primas como el litio, el níquel o el cobalto.

     

    Tecnologías digitales y la emergencia de nuevos servicios

    La continua evolución de las TIC, de la mano del 5G o de la tecnología blockchain, seguirá disminuyendo los costes logísticos y, con ello, favoreciendo los flujos comerciales de bienes y servicios y la participación en las CVG. Así, por ejemplo, el 5G apoyará el desarrollo del internet de las cosas (Internet of  Things, en su voz inglesa), que permitirá el rastreo de los envíos de forma más rápida y segura en el caso de los bienes, y mejores conexiones en los intercambios de servicios. Asimismo, el blockchain tiene el potencial de facilitar enormemente los pagos internacionales.

    Por otro lado, estas tecnologías digitales favorecerán la aparición de nuevos productos, especialmente servicios, los cuales podrían organizarse de forma descentralizada por distintos países conformando nuevas CVG a imagen y semejanza de las cadenas ya establecidas para la producción de manufacturas.

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    La historia nos recuerda que el desarrollo tecnológico y el comercio internacional no son elementos independientes de lo que sucede en el ámbito geopolítico.

    Geopolítica

    Por último, no se debe olvidar que la geopolítica siempre ha jugado un papel esencial en el comercio internacional. En este sentido, la política estadounidense de desacoplamiento con respecto a China, en especial en el ámbito tecnológico, puede suponer un cambio muy relevante en el comercio mundial y en la ordenación de las CVG del sector tecnológico especialmente. Más aún, porque se trata de un distanciamiento en el que EE. UU. no está solo. Así, por ejemplo, Europa también parece dispuesta a reducir su dependencia extranjera en algunos segmentos tecnológicos, como el caso de los chips, con la European Chips Act.

    En definitiva, aunque no esperamos un cambio radical y abrupto en la disposición de las CVG, puesto que estas tienden a ser relativamente estables en el tiempo, sí que podríamos observar en los próximos años un cambio de tendencia de la mano de las distintas tecnologías 4.0. Asimismo, a estas tendencias en marcha se añaden elementos como la crisis del coronavirus que agudizarán aún más ciertas dinámicas tecnológicas. Con todo, la historia nos recuerda que el desarrollo tecnológico y el comercio internacional no son elementos independientes de lo que sucede en el ámbito geopolítico. Y en este frente, las tensiones comerciales-tecnológicas entre EE. UU. y China tendrán un papel decisivo.

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Las raíces profundas de la polarización, o sobre la necesidad de recuperar el relato perdido

Históricamente, cuando se han producido cambios económicos profundos, la polarización política ha aumentado. El auge de la polarización política que observamos hoy en día tiene sus raíces en el cambio tecnológico, la globalización y el cambio demográfico. Las democracias liberales se enfrentan al enorme desafío de rehacer un relato común.

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"La libertad guiando al pueblo" de Eugène Delacroix

La polarización política ha aumentado. En algunos países, el fenómeno toma la forma de la aparición de nuevos partidos, cuya presencia en los parlamentos los torna más fragmentados que en el pasado. En otros, en cambio, la polarización se materializa principalmente en una mayor dispersión sobre temas centrales en la sociedad en el seno de sus partidos tradicionales. Y, finalmente, algunos combinan ambas expresiones del fenómeno. En Europa se han dado la primera y tercera variantes, mientras que EE. UU. es el caso paradigmático de la segunda (los votantes demócratas son más progresistas y los republicanos más conservadores que en el pasado).1 Aunque a veces la opinión pública tiene la percepción de que el auge de la polarización política es reciente, la literatura académica tiende a avalar que, aunque se ha acelerado en las últimas dos décadas, el recorrido al alza ya es detectable desde finales de la década de los setenta. Estamos, pues, ante un fenómeno de largo recorrido que representa, se mire como se mire, un cambio estructural en las democracias liberales.

Ahora bien, ¿equivale cambio estructural a reto decisivo? ¿Encierra el aumento de la polarización riesgos de calado sobre el funcionamiento de la propia democracia? En definitiva, ¿podemos afrontar una cuestión tan central como compleja desde una perspectiva rigurosa y obtener, sino una respuesta definitiva, sí un terreno algo más firme sobre el que poder hacer aportaciones que contribuyan al debate social? Bien, intentémoslo al menos.

 
El pasado como guía

De entrada, veamos lo que nos dice la experiencia histórica. Una primera constatación es que, en el pasado, el aumento significativo de la polarización política ha sido un elemento presente en muchos cambios económicos y sociales profundos. Aunque los contemporáneos de cada momento no utilizaban nuestra terminología, el aumento de la dispersión de las preferencias de los ciudadanos se puede identificar en la crisis de la polis griega, en el paso de la República romana al Imperio, en la crisis de la Baja Edad Media, en las revoluciones burguesas del s. XVIII y del s. XIX y, por supuesto, en la debacle de los años treinta. Pero la historia nos puede dar más información: en todos estos casos, los cambios de régimen político que se produjeron se vieron acompañados por una serie de transformaciones estructurales de calado.

Específicamente, en estos episodios de aumento de la fragmentación de las preferencias políticas, se combinan algunos, o todos, de los siguientes elementos: una ampliación del área económicamente relevante para la sociedad de su momento (lo que podemos asimilar a una cierta forma de globalización), un cambio significativo de las tendencias demográficas y una transformación tecnológica. Así, por ejemplo, en el paso del mundo clásico al helénico detectamos globalización; en la caída de la república romana, demografía y globalización; en la crisis bajomedieval, demografía y globalización; en las revoluciones burguesas, cambio tecnológico, demografía y globalización, y, finalmente, en la crisis de los treinta, de nuevo los tres anteriores. Por tanto, de esta primera exploración, la histórica, se desprende tanto que la polarización política parece estar presente en muchos cambios políticos sistémicos como que la polarización parece convivir con los tres fenómenos que hemos denominado globalización, cambio tecnológico y demografía.

El siguiente paso en este viaje intelectual tiene que ser, precisamente, tratar de clarificar las relaciones que se pueden establecer entre globalización, cambio tecnológico y demografía, y aumento en la polarización política, ya que si fueron importantes en el pasado aún lo deberían ser más en la actualidad al estar las tres tendencias plenamente presentes. Y bien, ¿qué dice la literatura existente sobre esta cuestión? La conclusión esencial es que los tres ámbitos son significativos para explicar la polarización y que esta afirmación la podemos hacer basándonos en una evidencia empírica que, sin ser todavía abundante, sí apunta en la dirección mencionada con razonable solidez.

 
A vueltas con la compleja relación entre cambio tecnológico y polarización política

La transformación tecnológica incide sobre el aumento de la polarización mediante dos canales principales, el del mercado de trabajo y el de los medios de comunicación. Comencemos por el primero de estos mecanismos. En los países avanzados está estudiado que el cambio tecnológico ejerce presión y aleja las retribuciones de los grupos de trabajadores de alta cualificación respecto a los de baja cualificación, lo que a su vez se refleja en un aumento de la llamada prima educativa: si el cambio tecnológico intensifica la demanda relativa de personal altamente cualificado, y parte de esta capacitación exige niveles educativos también relativamente más elevados, es lógico pensar que se va a constatar que, a mayor nivel educativo, el salto retributivo va a ser más que proporcional. En definitiva, el cambio tecnológico contribuye a generar «ganadores» y «perdedores» que, probablemente, diferirán en sus preferencias políticas en mayor medida que en el pasado.2

No obstante, hay que manejar la relación entre desigualdad salarial y polarización política con cautela. Ciertamente, alguna medida de desigualdad suele incluirse como variable explicativa en los ejercicios empíricos que tratan de establecer los factores determinantes de la polarización.3 Los resultados son variados y, por extensión, no exentos de controversia. En términos generales podemos decir que, aunque la asociación aparente entre desigualdad y polarización es elevada, establecer de forma rigurosa la causalidad no es sencillo. Los trabajos más serios abren las puertas a una posible bidireccionalidad entre desigualdad y polarización.4 Se trata de un resultado que tiene lógica, toda vez que, a largo plazo, es posible que cambios en la polarización, que puede deberse a diferentes causas, pueden tener como resultado respuestas de políticas públicas que afecten a la desigualdad. Un ejemplo paradigmático es el norteamericano, en el cual el aumento de la polarización de los votantes de los dos partidos principales ha complicado la defensa de medidas de carácter redistributivo.

La desigualdad salarial tiene, a su vez, una derivada quizás menos central pero que, en EE. UU., se ha mostrado con cierta relevancia en el debate que nos ocupa: la de cambios en el «mercado» matrimonial que podrían incidir sobre el aumento de la polarización. Concretamente, la existencia de la mencionada prima educativa también parece trasladarse a una dimensión más cercana a la demografía, ya que algunos autores, como Fernández y Rogerson (2001),5 sugieren que se está intensificando el emparejamiento entre personas con niveles educativos más similares, lo que, en última instancia, comporta que en la sociedad empiezan a prevalecer parejas compuestas de solo «ganadores» y solo «perdedores» del cambio tecnológico, y menos de parejas «mixtas». El resultado es que las demandas políticas que derivarán de esta sociedad demográficamente más fragmentada son, previsiblemente, también más polarizadas.

Junto a la vía del mercado de trabajo, y como se ha mencionado anteriormente, el segundo ámbito importante para entender cómo los cambios tecnológicos inciden en el cambio de preferencias políticas es el canal de los medios de comunicación. Esta es una cuestión que se ha estudiado profusamente en los últimos tiempos, al calor de cuestiones como el auge de los medios digitales, la crisis del modelo de negocios de los medios convencionales o la dificultad para establecer la veracidad de la información en este nuevo ecosistema. Aunque se está lejos de llegar a conclusiones definitivas, la literatura parece convenir que, una vez constatada la fragmentación de oferta y demanda (o en términos más propios del sector, la de medios y audiencias), ambos lados del mercado se retroalimentan a través de dos mecanismos. El primero es lo que a veces se conoce como «efecto silo», es decir, que el público se autodirige hacia medios cuyo sesgo informativo tiende a reforzar los apriorismos de espectadores y lectores, lo que contribuye a aumentar la polarización de la sociedad. Un segundo elemento es lo que podría denominarse «sesgo de contenido», esto es, la basculación que se ha observado en las últimas décadas (con salvedades temporales y geográficas notorias, todo hay que decirlo) a favor del contenido de entretenimiento en detrimento de los programas y espacios propiamente informativo-políticos. Dada la prevalencia del presente en nuestras miradas, conviene recordar que esta dinámica no nace con internet, que ya tiene su edad por cierto, sino con la introducción de las cadenas de cable en EE. UU.

 
La globalización, acelerador de la polarización

El impacto del cambio tecnológico sobre la polarización, por tanto, opera a través de dos grandes esferas de actuación, la del mercado de trabajo y la de los medios de comunicación, pero también incide en el segundo de los determinantes estructurales que mencionábamos, la globalización. Este es un campo en el que es complejo discernir los canales causales específicos, ya que, de hecho, globalización y cambio tecnológico interactúan estrechamente. Eso se debe, en particular, al hecho de que una de las formas en las que se produce la difusión tecnológica es mediante el comercio internacional y a que la propia globalización es el resultado, al menos en parte, del cambio tecnológico. Pero a pesar de esta dificultad notoria, se han hecho intentos de cuantificar la importancia específica del comercio internacional sobre la polarización. Los resultados, incipientes porque la vía de exploración es relativamente novedosa, parecen apuntar a un efecto significativo tanto en EE. UU. como en Europa. En el primer caso, como defienden Autor y sus coautores (2016), se ha constatado que en los distritos electorales más afectados por el aumento del comercio con China han tendido a reducirse los representantes más moderados, mientras que en Europa, según Colantone y Stanig (2017), el crecimiento de las importaciones chinas se puede asociar con un mayor apoyo a posiciones políticas más polarizadas.6

En términos más generales, se puede defender que la globalización (más o menos reforzada por el cambio tecnológico) es un factor que refuerza, más que determina, líneas de fisura ya existentes en las sociedades occidentales. Esta es la tesis de, entre otros, Rodrik (2018),7 que menciona como algunos de estos puntos divisorios la oposición entre profesionales móviles y productores locales, entre regiones y sectores competitivos en la globalización de aquellos que no lo son o, la ya mencionada anteriormente, entre trabajadores cualificados y no cualificados.

 
El vector demográfico: generaciones y migraciones

El tercer gran ámbito estructural que antes se mencionaba es el del cambio demográfico. Este es un terreno resbaladizo que se presta a lecturas simplistas, con lo que es importante ser preciso. De entrada, parece lógico pensar que si la población es más diversa que en el pasado en las sociedades occidentales, la expresión política de dichas sociedades podría ser también más heterogénea. Dos de las vías principales a través de las cuales la diversidad de la sociedad se ha materializado en las últimas décadas son la mayor polarización de valores y opiniones entre generaciones (lo que usualmente se conoce como gap generacional) y la fragmentación de preferencias que genera el fenómeno de la inmigración. La primera de estas cuestiones, la del gap generacional, ya ha sido estudiada anteriormente en las páginas de nuestro Informe Mensual (Murillo y Ruiz, 2018) y ante la cuestión de si son los millennials más «extremistas» que las generaciones precedentes, se constata que, efectivamente, en los primeros las posiciones extremas de la distribución de preferencias ideológicas están más «pobladas» que en las generaciones anteriores (conocidas como Generación X y baby boomers).8 Además, las cifras apuntan a que las posiciones de ambos lados del espectro ideológico son más extremas que las generaciones precedentes, pero lo son en prácticamente el mismo grado en izquierda y derecha. En cualquier caso, y para no sobreleer el «extremismo», conviene recordar que los millennials de extrema izquierda o extrema derecha son, como sucede en todas las generaciones de las que existen datos, una minoría (algo más del 11% en los millennials, sumados ambos extremos).

El segundo factor que ha hecho más diversas las sociedades occidentales es la inmigración. Aquí entramos en un campo trufado de prejuicios y, por tanto, debemos ser especialmente cuidadosos al separar lo que parece verosímil de lo que realmente sabemos a partir de la evidencia empírica. De entrada, hay que recordar que tener una proporción de inmigrantes significativa no implica, por sí mismo, una fragmentación política elevada. La experiencia histórica más exitosa de integración de poblaciones diversas en una comunidad de valores relativamente homogénea es la estadounidense, capaz de sumar diversidad sin dejar de conseguir lo que Francis Fukuyama denomina una identidad, es decir, el disponer de un conjunto de valores compartidos que te convierten en miembro de una comunidad (el famoso melting pot norteamericano).

No obstante, incluso en EE. UU., en las últimas décadas, parece haberse dado algún cambio de calado, ya que la percepción pública sobre la inmigración se ha fragmentado, tesitura que complicará seguir llegando a ese crisol común que caracterizaba al país. Así, según datos del Pew Research Center, en 1994, cuando a los votantes demócratas y republicanos se les preguntaba si la inmigración era una carga en términos de empleos perdidos y gastos sociales (así es la pregunta en la encuesta), la cuestión suscitaba prácticamente el mismo porcentaje de respuestas afirmativas en ambos grupos (con solo 2 puntos de distancia entre ambos). En cambio, en 2014, la proporción de encuestados republicanos que consideraban la inmigración problemática era 19 puntos mayor que la de los demócratas.9 En Europa puede estar sucediendo algo parecido, aunque con tintes propios. Según datos del propio Pew Research Center de 2018, se comprueba que, en una muestra significativa de países europeos, la opinión negativa sobre la inmigración es mayor en las colas de la distribución ideológica de derecha que en las del centro o de izquierda.10 Así, cuando se calcula la diferencia de encuestados de derecha y de izquierda que consideran que la inmigración «es una carga», los primeros superan en 23 puntos a los segundos. Parece, por tanto, que la cuestión de la inmigración es un factor importante en la forma en la que se está manifestando la polarización en el seno de los dos principales partidos estadounidenses y también en el espectro ideológico europeo.

¿Agotan estos tres factores (cambio tecnológico, globalización y demografía) todas las posibilidades explicativas? En aras de la exhaustividad, tenemos que recordar que existe un debate muy rico sobre el peso relativo de otros tipos de factores, los que se denominan culturales. En esencia, la idea de fondo es que los cambios seculares en las sociedades occidentales, como la terciarización, han comportado un doble efecto, el que se podría denominar de inseguridad económica (de facto, ya implícita en los factores antes mencionados en el presente artículo) y el que se presenta como aumento de la diversidad, los cuales, combinados con un aumento en décadas anteriores hacia valores posmaterialistas y socialmente progresistas, han generado lo que autores como Pippa Norris y Ronald Inglehart denominan un repliegue cultural (cultural backslash) de los segmentos más conservadores en materia social de los países occidentales, lo que ha contribuido a un aumento de las posiciones ideológicamente más polarizadas. Aunque la tesis está siendo sujeta a un profundo debate académico, y dista de ser comúnmente aceptada, sí que es sugerente por lo que tiene de complementar los determinantes estrictamente económicos de la polarización con otros más cercanos a los valores y otros atributos soft. En ejercicios similares en estas mismas páginas, se ha llegado a conclusiones semejantes: el aumento de la polarización se puede vincular, en cierta medida, con factores culturales y, por tanto, no se puede circunscribir exclusivamente a determinantes económicos.

Y a pesar de todo... el futuro no está escrito

Momento de recapitular y de otear el futuro. Si acabásemos aquí el presente artículo, la síntesis podría ser la siguiente: la historia nos dice que la polarización política está presente en muchos cambios políticos sistémicos seculares y que los factores de fondo que en el pasado han alimentado el aumento de la polarización (en particular, cambio tecnológico, globalización y demografía; quizás también los factores culturales) están activos en nuestras sociedades contemporáneas. ¿Y qué conclusión se deriva? ¿Que vamos inevitablemente a un nuevo tiempo de cambio profundo político? Aquí el lector podría estar esperando una respuesta vaga, del tipo, «el futuro, ya se sabe, tan incierto...». Pero, por una vez, y sin que sirva de precedente, se va a apostar por una conclusión sin ambages: no está escrito que ese sea el resultado inevitable. Los factores estructurales marcan una dirección, pero no determinan el destino, especialmente en sociedades que tienen la fortuna de disponer de democracia. Churchill probablemente estaba en lo cierto, la democracia es el peor de los sistemas, con la salvedad de todos los restantes. En el mismo espíritu, las actuales democracias liberales son perfectibles y renovables, es indudable, pero su calidad y, sobre todo, su potencial de mejora deberían permitir que, incluso ante una polarización creciente, se arbitren formas de crear consenso y recuperar el imprescindible relato común que toda sociedad necesita para construir su futuro.

 

1. Para una caracterización amplia del fenómeno de la polarización política, véase el artículo «Polarización política: el fenómeno que debería estar en boca de todos» en este mismo Dossier.

2. Sobre la cuestión véase, por ejemplo, el artículo «Desigualdad y populismo: mitos y realidades», en el IM01/2017.

3. Sin ir más lejos, véase el Dossier «Polarización: el legado de la crisis y otras fuerzas coyunturales», en este mismo Informe Mensual.

4. Véase Duca, J. V. y Saving, J. L. (2016). «Income inequality and political polarization: time series evidence over nine decades», Review of Income and Wealth, 62(3), 445-466.

5. Fernández, R. y Rogerson, R. (2001). «Sorting and long-run inequality». The Quarterly Journal of Economics, 116(4), 1305-1341.

6. Véanse Autor, D., Dorn, D., Hanson, G. y Majlesi, K. (2016). «Importing political polarization? The electoral consequences of rising trade exposure». National Bureau of Economic Research n.º w22637. Y Colantone, I, y Stanig, P. (2018). «The trade origins of economic nationalism: Import competition and voting behavior in Western Europe». American Journal of Political Science, 62(4), 936-953.

7. Véase Rodrik, D. (2018). «Populism and the Economics of Globalization». Journal of International Business Policy, 1-22.

8. Véase el artículo «Millennials y política: mind the gap en el Dossier del IM04/2018.

9. Pew Research Center (2014). «Political Polarization in the American Public».

10. Pew Research Center (2018). «In Western Europe, Populist Parties Tap Anti-Establishment Frustration but Have Little Appeal Across Ideological Divide».

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